San Juan de Uchucmarca,Provincia de Bolivar,Departamento de La Libertad

San Juan de Uchucmarca,sinónimo de olvido y pobreza
Autor: Edwin Navarro Vega
He visto y leído en algunos mapas y papeles del INC que el nombre de este pueblo a sido mal escrito, no se si es por la evolución de la escritura o la desnaturalización de ella. Lo correcto es como menciono en el título de mi escrito y no Uchumarca omitiendo la c intermedia dentro del nombre y quitando lo demás (San Juan de Uchucmarca). Esto me hace recordar a la mutilación original del nombre Villa de Truxillo por Truxilio, Trux, Trujilio, etc; hasta llegar a lo que ahora es Trujillo. San Juan de Uchucmarca que significa "Pueblo pequeño", de uchuc=pequeño;marca=pueblo y no " sitio de ají".La supresión de la letra C ha modificado su significado,ya que Uchu, sin C, equivale a Aji. Se ubica en los Andes Centrales del Norte Peruano. Tiene una altitud aproximada de 3,800 m. sobre el nivel del mar, con una temperatura de 14 ºC. Es un distrito de la provincia de Bolívar de la región La Libertad que formó parte de la etnia y cultura de los Chachapoyas; etnia constituida por Ayllus autónomos, cacicazgos integrados en una llacta principal y en aldeas secundarias. Cada cacicazgo se gobernaba por un jefe que reunía en su persona el poder militar, religioso y civil. Eran cacicazgos abiertos al diálogo y a la alianza militar, para defender su libertad, territorio y cultura. Las llactas que poblaron las zonas antes de la invasión Inca fueron: Casamarquilla, Cunturmarca, Pampamarca, Llamachibán, Uchucmarca, Michimal, Chibul, Llama, que fueron conquistados por el Inca Túpac Yupanqui en el año 1475. Este distrito con mayor población que el distrito de Bolívar cuenta con sus caseríos de Púsac, Chibul, San Francisco (La Quichua), Las Quinuas, Llamactambo, Chivane, Cascapuy, Chilcahuayco, Andul, Quinahuayco. Dentro del corazón de este pueblo, está el complejo preinca de Pirka Pirka, descubierto y estudiado por el arqueólogo Peruano Abel Vega Ocampo y dentro de sus trabajos a inventariado los restos de este complejo arqueológico como Pueblo Viejo(Chibul Viejo), El Lirio, Los Estribos, Inticancha, Walchum, Hondolep, El Churo, Shuenden, La Grada, Huayabamba, Púsac, en la circunscripción de esta comunidad. Pacariska, Ino, Opayén, Pururo, Maylora, Mallaka, La Laguna, Seventualla, Salompuy en Bolivar. Los Tambos que une a esta cultura como Ñamín, El Lirio, Callangate, Cujibamba, Bolívar, Llamactambo, Atuén, Tambillo, San Miguel, Lucmillas, Chillo, Zázcar, Molino pampa, Pucaladrillo y Bagasán. Pasaron por esta comunidad el ex mandatario Belaúnde y Fujimori; además otros candidatos políticos con su listado de promesas electorales que nunca resucitaron la palabra empeñada a sus electores. Es así como está en su letargo y olvido de las autoridades; San Juan de Uchucmarca pasa desapercibido y con profunda lejanía al desarrollo. Tanto es que en estas últimas actividades políticas ya ni siquiera se tomaron la molestia de ir a saber cuáles son las necesidades que tienen sus habitantes. El gobierno regional no ha sido de mucha cooperación en los presupuestos asignados para obras como la construcción de la carretera Púsac- San Juan de Uchucmarca, de mejorar la educación de sus escuelas y colegios porque no hay bibliotecas dentro de estos centros educativos ni siquiera una biblioteca municipal, la construcción de algún Instituto Superior con carreras afines al lugar, de equipar la posta medica no sólo con medicamentos si no con especialistas profesionales, de construir un hospital. Ahí impera la medicina folklórica. No existen servicios públicos, la tecnología no llega a ese rincón liberteño. La criminalidad y los abigeos avanza y los efectivos policiales están preocupados en sus juegos a los naipes y borracheras dejando pasar impune los delitos. Los jueces sin preparación están más en sus actividades del campo (agricultura) que resolviendo litigios.(articulo tomado del Diario Correo de Trujillo,Departamento de La Libertad,Perú) Documento revizado por Ramiro Sánchez Navarro
El Trágico amor de Inka Rípak.Relatos Prehispánicos

Autor: Ramiro Sánchez Navarro
La conquista del reino chachapuya había resultado crudelísima y en extremo sangrienta por la porfiada resistencia de sus heroicos defensores frente a la formidable arremetida del ejército invasor incaico. Túpac Yupanqui había tomado la firme determinación de no dar marcha atrás en la empresa conquistadora.
El saldo de aquella guerra aciaga y fratricida estaba a la vista: montones de cadáveres yacían regados por doquier. Innumerables heridos de ambos bandos, se quejaban de su desdicha y clamaban ayuda.
Los sitiados chachapuyas sabían de antemano, que la suerte la tenían echada ante el peligro inminente de la invasión de los orejones cusqueños, porque para ese entonces no contarían con más ayuda y auxilio que el de sus propias fuerzas. El ejército imperial incaico, en su arrollador avance, había subyugado a muchos pueblos del norte, los cuales pasaron a formar parte de la región incaica del Chinchaysuyo.
Aunque en franco retroceso, allí estaban los bravos chachapuyas combatiendo, exhibiendo sus menguadas y raleadas fuerzas.
- ¿Rendirse? Eso nunca! - preferible era morir combatiendo antes que perder la libertad. Es la idea - fuerza que domina a los más jóvenes, que, ante el empuje del adversario, se ven obligados a dejar sus emplazamientos, y escapar de las sitiadas fortalezas, para luego ir a ocupar otros pucaras o fuertes, que se hallan más al interior del reino.
En cambio, los más sensatos optan por la rendición y éstos son también los más maduros, de más edad, que han sacado provechosas enseñanzas de los avatares de la vida. Estaban convencidos que una guerra así sólo les traería la total destrucción.
Tras largos meses de lucha sangrienta, la guerra concluyó con el total sometimiento de los chachapuyas, quienes se habían hecho fuertes en la ciudad - fortaleza de Kuélap, la cual fue tomada al asalto por el ejército incaico.
Este último reducto, estaba considerado por los invasores, como el mayor campo de atrincheramiento de los sitiados y vencidos lugareños. Dentro y fuera de sus pétricos muros habíase registrado una crecida mortandad. Un sin número de cadáveres se hallaban en las más disímiles posiciones, en grandes charcos de sangre, con los cráneos destrozados y los sesos dispersos, con las lanzas y las flechas incrustadas en abdómenes y espaldas; o en su defecto, los rostros, geométricos y broncíneos horriblemente desfigurados por los golpes de las porras, de las macanas o las hachas. Negras aves de rapiña sobrevolaban, a baja altura, el tétrico lugar, donde la muerte se había ensañado y seguía ensañándose con los agónicos heridos, que clamaban ayuda y pedían agua, con la voz débil, para refrescar sus resecas gargantas.
Para Túpac Inca Yupanqui, aquella victoria era el resultado de una homérica proeza. En esa bravía región, el avance de su ejército tornóse sumamente penoso a causa de los abruptos caminos, con profundos abismos; el bloqueo de los pasos estrechos en los ríspidos desfiladeros, así como a las muchas fortalezas erigidas en sitios estratégicos y fuertes, desde donde se podía otear al enemigo.
Fueron numerosos los soldados incaicos que encontraron espantosa y horrible muerte al ser arrollados y arrojados hacía los tenebrosos abismos por súbitas galgadas de piedras y de igual modo cuando se desguindaban desde elevados precipicios, debido a la fragilidad de los suelos por las torrenciales lluvias, que los convertían en resbaladizos jabones.
Inca Rípac, el príncipe guerrero, de la mirada dulce y apacible, con su corta carrera militar había sobrellevado la dura campaña al lado de su poderoso padre, el Inca Túpac Yupanqui.
No obstante su mocedad, había dado suficientes muestras de audacia y arrojo en los combates. Al frente de sus hombres le tocó asumir un papel relevante en la derrota de los bravos huacrachucos. Ahora debía guerrear contra los belicosos chachapuyas; siendo de los primeros en lanzarse a la conquista de este último reino, cuyos primeros pueblos, del lado sur, conocieron la fuerza de sus armas y de su bravura en la batalla, pero también de su clemencia y generosidad con los vencidos. Los pueblos de Pías, Condormarca, Bambamarca, Cajamarquilla y Papamarca, fueron los primeros en resistir la invasión, en la zona sur de sus fronteras, convirtiéndose así en el foco principal de la resistencia y en el teatro principal de las bélicas operaciones.
El noble príncipe, prosiguiendo con la guerra de conquista, que su padre había desencadenado en aquella áspera y brava región, le tocó realizar una larga y penosa marcha. Por ironías del destino y gajes del oficio resultó gravemente herido, justo cuando la guerra estaba a punto de terminar con el asalto a Kuélap. Un flechazo en el brazo izquierdo y algunos porrazos propinados en diferentes partes del cuerpo, le habían colocado en estado de coma y al borde de la muerte. Por ello, se vió obligado a guardar reposo absoluto durante dos meses. En este lapso, su quebrantada salud quedó bajo los cuidados intensivos del curandero del Inca, el hampicamayoc Willca Cura, quien era secundado en su abnegada labor por un grupo de mujeres chachapuyas ganadas a la causa del Inca. Se caracterizaban por sus grandes atractivos físicos y por la especial dedicación que ponían en la curación de los heridos. De todas ellas, sobresalía una joven mujer, de larga cabellera y cuerpo esbelto. Se pasaba las horas al lado de sus pacientes, velando a cada instante por sus prontas mejorías. Inca Rípac habíase acostumbrado a tales compañías. Con seguridad disipaban su soledad y al mismo tiempo mitigaban su dolor. A los dos meses de haberse producido la batalla, los pacientes ya habían alcanzado cierta mejoría. Inca Rípac al despertar cierta mañana se llevó una amarga como desagradable sorpresa: las mujeres chachapuyas ya no estaban! En su lecho de enfermo encontrábanse únicamente el Willca Cura y Mama Suncu. Una honda pena se adueñó de su ser y por más preguntas que hiciera sobre el destino de aquel personal femenino, a su servicio, sólo había recibido respuestas confusas y contradictorias.
Tratando de disipar sus sombras de amargura y de pesar, pidió a sus ayudantes que lo llevaran en andas hacía uno de los cerros circundantes. Estando en la cima de uno de ellos, les pidió que lo dejaran sólo en compañía de su perro Illapa. A partir de aquel día, pasaba las horas en la cima del vistoso mirador, del Urcu pawana. El amplio y atractivo panorama, expresión típica de una naturaleza virgen y salvaje, le produjeron toda una gama de nuevas emociones, y sensaciones que en contínuas oleadas se fueron agolpando en su recio pecho. Eran días de sol radiante, esplendoroso, y reverberante, bajo un cielo profundamente azulado, salpicado de una que otra nívea nubecilla; cual blancos vellones de lana de llama, moteaban la opalina bóveda.
No podía menos que extasiarse contemplando el magnífico paisaje. Allí experimentó los cambiantes fenómenos de la naturaleza como las nevadas que deprimían y enfurecían a hombres y animales al bajar la temperatura y también los graciosos y violentos remolinos, como aquellos que, a ras del suelo, recorrieron en varías oportunidades, la sinuosa senda, alzando a su paso innumerables hojarascas y hojas arrancadas de los densos follajes de saúcos, chillcas y alisos, haciéndolos revolotear por los aires, con incierto destino. El inusual espectáculo lo encontraba siempre muy divertido y en forma inconsciente se veía recorriendo, con la mirada, el abrupto sendero que, entre líneas rectas, curvas y zig-zags, trepaba el lomo de los cerros para luego desaparecer tras los lejanos y enormes peñascos negro-azulados.
A lo lejos, muy a lo lejos, sobre unos elevados picachos, muchas aves de rapiña: buitres y gallinazos remontaban las alturas describiendo círculos concéntricos. Alargaban de contínuo los desnudos cuellos, como tratando de descubrir a sus presas, las cuales no eran otras que los cadáveres insepultos de quienes habían sucumbido en la batalla de Kuélap.
El aspecto imponente, hierático, a la vez sombrío de esas inhóspitas montañas le sobrecogieron de un repentino y vago temor, pero al mismo tiempo de un venerable respeto. Eran sin duda, aquellos extraños parajes, la segura morada de los temibles dioses, como el cóndor o wamani de las altas cumbres, considerado el soberano de las elevadas montañas y de los lagos, de aguas iridiscentes y espejeantes.
En esos instantes de abstracción y recogimiento, se agolparon a su mente los dolorosos recuerdos por lo acontecido en el cerro Chirmacassa, en donde las deidades tutelares y telúricas habían cobrado un elevado tributo en vidas humanas, pues nada menos que 300 soldados exploradores, luego de morir congelados, habían sido sepultados por una avalancha de lodo y nieve. A la resistencia de los naturales, se había sumado la furia de la naturaleza, que ahora le cobraba un crecido tributo de sangre al Inca conquistador, obligándole a detenerse por varios días, en su temerario avance; soportando la hostilidad de su clima, helado y frígido, que los entumecía y agarrotaba, haciéndolos tiritar y quejarse.
La sierra chachapuya indudablemente era una tierra de grandes contrastes. En épocas de lluvias ofrecía cuadros verdaderamente dantescos, aterradores. Y todo el ejército imperial incaico, era testigo de ello. Lo había experimentado en carne propia. El período invernal era particularmente crudo. La atmósfera se cargaba de enormes cúmulos de electricidad, que en forma brusca e inesperada se descargaba con sordos rumores y cuya magnitud alcanzaba la grandiosidad de los cataclismos y de los vientos huracanados, dando lugar a que los ánimos, hasta de los más templados y valerosos guerreros, se vieran de pronto invadidos por el temor y el espanto. En tales circunstancias, la visión del agreste paisaje no podía ser peor. Los expedicionarios pasaron noches oscuras y lóbregas, con lluvias incesantes y en medio de infernales rayos y truenos, intermitentes.
El fulgor de los cegadores relámpagos iluminaban los dilatados espacios de la áspera y colosal serranía. Los truenos, a cual más resonantes, estremecían todos los ámbitos y daban la fugaz impresión de que, en un abrir y cerrar de ojos, los cielos se vendrían abajo, luego de una violenta y brusca ruptura. Y como si todo ello fuera poco, los vientos ululantes e impetuosos sacudían con furia el denso follaje de los árboles y de los crecidos pajonales. Muchos saúcos, quina- quinas, alisos (lambras) y andamarcas, a más de gemir por la impetuosa agitación de los vendavales, terminaban con el tallo tronchado y las ramas desnudas. Miles de hojas desgajadas de los árboles se perdían en la oscuridad de las noches misteriosas e insondables.
En esos inhóspitos y desolados parajes, Inca Rípac, y sus hombres, en forma ineludible, habían soportado aquellas fuertes y copiosas lluvias, con esos broncos estruendos, que semejaban algunas veces galgadas de piedras rodando por las escabrosas pendientes, y en otras, la violenta erupción de un volcán. Arriba, en el tenebroso y oscuro firmamento, el rayo describía zig-zags, acompañado siempre de un sordo y descomunal trueno, que también guardaba semejanza con el tropel de una desbocada manada de guanacos y vicuñas, cuyas hirsutas melenas eran agitadas por los vendavales, que mantenían activa presencia en las temporadas de verano e invierno.
La conquista del reino chachapuya, significó para el romántico y apasionado Inca Rípac la irrupción en un mundo totalmente nuevo, ignoto, hecho a base de grandes contrastes. Allí todo era fascinación. Ante sus asombrados ojos había surgido una nueva naturaleza, increíblemente bella, incluso hasta en sus horribles tempestades.
Allí, su corazón de guerrero, comenzó a latir con más fuerza que nunca y de un modo extraño, no ante un pronto y esperado combate, sino ante la hermosura de sus nativas mujeres. Se distinguían por sus cuerpos esbeltos y senos protuberantes, carnosos labios y fornidos como musculosos miembros, y además por sus delicadas y suaves pieles blanquecinas y ambarinas.
Su padre, el sapainca, Túpac Yupanqui, subyugado por la belleza de aquellas regnícolas, no había vacilado en tomar como concubina a una de ellas, matrona de Cassamarquilla, a la que llamó Chunca Palla, hija predilecta del curaca Chiguala. Mujer hermosa y de carácter enérgico y audaz, gozaba de buenos atributos físicos. Otras, como ella, se desposaron igualmente con la gran mayoría de los guerreros incaicos. De este modo, la suerte de muchas féminas, de aquella comarca fiera y salvaje, pasó a ligarse con el destino de los invasores quechuas. Asimismo, un buen grupo de mujeres vírgenes, adolescentes aún, por la expresa voluntad del Inca fueron destinadas a los acllahuasis del Cusco y a la capital del reino chachapuya, que en fecha reciente se había fundado con el nombre de Cochapampa.
-"Después de todas las penalidades y sacrificios que implica esta guerra bien vale la pena haber llegado hasta aquí" - pensó el noble orejón, recorriendo una vez más desde la cima del Urcu pawana, (cerro mirador), el largo y tortuoso camino, el cual había transitado desde que sus plantas hollaron el suelo de los chachapuyas en medio de encarnizadas batallas.
El haber caído gravemente herido en la sitiada fortaleza de Kuélap, con el consiguiente obligado reposo, había dado lugar al retraimiento de su espíritu. La soledad y el retiro eran los seguros refugios para su alma herida por las viscisitudes de la vida. Inca Rípac vivía de los recuerdos. Como nunca, su alma conturbada por lacerantes evocaciones anhelaba, ahora sí, el amor de una seductora chachapuya. Por eso, la subida a la cúspide del cerro tenía como propósito acariciar el más bello sueño el de un idilio a corto plazo, el cual sin duda lo reconfortaría cual bálsamo reparador, en medio de la nostalgia y de la contemplación del paisaje arrobador. El príncipe cusqueño se sumergía en un mar de frescas reminiscencias. En un primer plano de su afiebrada y exaltada imaginación surgía el coloso río Marañón o Jatun Mayo, con sus aguas discurriendo por el fondo de la gran quebrada, ora tranquilas, ora furiosas y raudas, formando trágicos remolinos.
Luego la fragosa y frígida cordillera, por donde saltaba un caprichoso sendero sirviendo de enlace a los pueblos de Pías y Condormarca. De nuevo, en forma de instantánea, surgía en la mente de Inca Rípac el camino Real, el Cápac Ñam, abriéndose en dos extensos brazos: uno de ellos, descendía por el ramal oriental de la susodicha cordillera hacia los pueblos de Pajatén, Guayabamba y Mayu. Por aquel intrincado sendero, su padre había remitido parte de su aguerrido ejército con el objeto de reducir y someter a los naturales. Más adelante, una nueva columna fraccionada, del grueso ejército, partía de Levanto a Moyobamba, para consolidar la conquista.
Inca Rípac optó por la ruta que se abría paralela a la del Pajatén, la cual semejaba el gigantesco lomo de un dinosaurio. Por allí enfiló lo más graneado del ejército imperial bajo la suprema jefatura de su padre, el sapa Inca. Era este camino, precisamente, el que le llenaba la mente y el corazón de amargos y dolorosos recuerdos, debido a la gran resistencia de los lugareños, que se tradujo en cuantiosas bajas a sus huestes. Por esta ruta se alzaba majestuosa la llamada Conga de Ulila, un espléndido mirador de toda la región.
Desde aquella natural atalaya, su padre y su Estado Mayor habían obtenido una mejor orientación para la buena marcha de la expedición militar. Arriba, en la cima de dicho cuello, se acordó que el valeroso Inca Rípac, tomando la delantera con los hombres a su mando, descendiera a la cuenca superior del río Utcubamba. Desde este último lugar, era posible amagar y dominar uno de los flancos del gran campo atrincherado de Kuélap, cuyo formidable fortín se erguía en uno de los márgenes de este río, cuyas aguas discurrían por entre los cerros y las llanuras como una gigantesca y argentífera boa. Inca Rípac y sus huestes, atacando por el lugar indicado, habían contribuído a la derrota de los sitiados defensores.
Para Inca Rípac significó una terrible decepción saber que por órdenes de su padre se había prescindido de los valiosos servicios del cuerpo de enfermeras chachapuyas.
Su padre las había dado de baja cuando, él, aún se hallaba en estado de convalecencia. El pérfido Dios del amor, Cupido, le había lanzado sus dardos amorosos, seductores pero al mismo tiempo torturantes. El príncipe cusqueño se encontraba perdidamente enamorado de aquella mujer chachapuya, que rezumaba gracia por todos los poros, con gran derroche de belleza y juventud, que ahora sólo le causaban tristezas y aflicciones inefables.
Se había enamorado en secreto y no podía ser de otro modo porque las leyes sociales de la época no permitían la unión marital de cónyuges provenientes de estratos sociales opuestos y tan marcados. Pero el amor, ciego e ignorante de las barreras sociales, intentaba unir a un hombre de la realeza cusqueña con una mujer salida del pueblo chachapuya.
Valiéndose de la complicidad de algunos chasquis, Inca Rípac se dió maña para averiguar el paradero de la mujer amada. Con varios pretextos, que ocultaban los verdaderos motivos e intenciones, fue buscada por los principales pueblos del reino como Tulipe, Manco, Pausamarca, Lucanas, Suta, en el propio Kuélap. También en Llámac, Chíbul, Chuquibamba, Timpuy, Ampuy, Tácac, Uchucmarca, Cajamarquilla, Condormarca y Pías. Aquel denodado esfuerzo había resultado vano ¡Nadie daba cuenta de su paradero!. Frente a esta esquiva realidad, el joven orejón, quedó perplejo. Un mar de conjeturas martillaron su mente. Aventurándose un poco, pensó en la posibilidad de que su padre la hubiera trasladado al Cusco, junto con el resto de sus compañeras, en calidad de mitmas. Con fines políticos, por aquellos tiempos, pueblos enteros eran trasladados de un lugar a otro. Muchos hombres y mujeres del reino chachapuya fueron enviados a la capital del imperio, al Cusco; en compensación, numerosas colonias de Huancas y Collas arribaron a la comarca, para instalarse en diferentes puntos de la región subyugada, como una forma de compensar la pérdida de sus pobladores a causa de la guerra, y de doblegar la rebeldía de aquellos regnícolas, cuyo sometimiento y pacificación le habían costado muchos dolores de cabeza al inca. Pero también dicha medida política debíase al deseo de homogenizar y unificar el imperio en los campos socio-económicos, políticos y culturales. Tras la derrota de los Chachapuyas, el Inca había decidido edificar la capital de la nueva provincia del Tahuantinsuyo. Con tal fin eligió la hermosa altiplanicie de Cochapampa, que gozaba de buen clima, pródigas tierras y aguas cristalinas, como aquellas que discurrían por los cauces del Challwa Cancha. Y por los canales subterráneos del pueblo. Con este motivo Túpac Yupanqui mandó reclutar mucha gente de todo el reino. La Jatun Llacta de Cochapampa, poco a poco, fue adquiriendo perfil propio. Suntuosos edificios de cantería labrada comenzaron a levantarse. Entre estas piezas arquitectónicas figuraban el templo solar, el acllahuasi, el tambo y muchos almacenes estatales y eclesiásticos, también grandes estanques de piedra para servir de criadero de peces.
Era de ver para creer! La flamante ciudad lucía hermosa, exhibiendo edificios de alta calidad y estructura. Había sido concebida a imagen y semejanza del Cusco y solamente Písac y Ollantaytambo podían rivalizar con ella en belleza de líneas y solidez de muros. Dentro y fuera de sus flamantes paredes de piedra, la vida de más de tres mil almas comenzaba a bullir. La bella urbe, tenía un inconfundible aire cosmopolita; compartiendo un común destino, convivían chimúes, casamarcas, huancas, collas y kichuas.
Inca Rípac, entusiasmado, había secundado a su padre en la construcción de la urbe capitalina. Sin embargo, cuando recordaba el dulce encanto de Nunkaim, no podía evitar las nubes de tristeza que pronto ensombrecían la adustez de su semblante. Todo parecía indicar que la duda, la incertidumbre y un gran sentimiento de pesar lo iban consumiendo por dentro. No saber nada de la mujer, a la que había comenzado a querer y amar en silencio, era poco menos que una tortura. Muchas veces, le inducía a rebelarse, a perder la compostura, para gritar a los cuatro vientos, la causa de su desventura. Continuamente el príncipe se sumía en amargos desconsuelos. Por otro lado, un gran sentimiento de impotencia se fue adueñando de su ser. No podía franquearse con su padre, tampoco rebelarse contra su autoridad, para hacer lo que más convenía a sus particulares inclinaciones y deseos.
Los días pasaban lentos e inexorables, motivando a que el joven príncipe se mostraba como un hombre amargado y además abúlico. Aquella tendencia hacia la soledad y el retiro no se había disipado. Por el contrario, le acompañaba con particular persistencia. En tal estado de ánimo, sólo admitía la compañía de su perro Illapa. Con él que pasaba largas horas sobre la cima del cerro Achil. Arriba, sobre la enhiesta cumbre, su espíritu dejaba la humana envoltura y volando en pensamiento acaparaba la seductora imagen de la inubicable joven chachapuya. Tal obsesión por el ser amado lo hacían prácticamente sentir como ausente del resto de los mortales.
Esta anómala situación en la vida del príncipe, con el paso de los días adquirido visos de notoriedad y hasta de preocupación colectiva. Su padre el Inca, pensando en una nueva campaña bélica, comenzó asimismo a mostrarse inquieto por la salud del hijo guerrero.
La gente que conocía al noble orejón no dejaba de inquietarse y de formularse la pregunta:
"-¿Qué le estará pasando?-" y esta interrogante quedaba sin respuesta, flotando en el ambiente como un velado misterio. El común de la gente tampoco hallaba explicación.
Una tarde en que Inca Rípac se hallaba en su habitual lugar de retiro, se le presentó un viejo chachapuya, de cuya magra figura no se habría percatado, de no haber sido por los oportunos ladridos de su perro Illapa.
En un gesto que desconcertó al atribulado orejón, Illapa, luego de ladrarlo en actitud amenazante, fue al encuentro del desconocido meneándole la cola alegremente, pegando saltitos a su alrededor como si se tratara de un viejo conocido suyo.
El extraño, sin inmutarse, siguió caminando, avanzando en dirección al príncipe. Al cabo de algunos instantes le dijo:
- Perdona, hermano príncipe, que haya venido a perturbar tu tranquilidad, pero si he tomado esta decisión es porque quiero ayudarte. Sé que una gran pena te está consumiendo por dentro. Sé perfectamente lo que es tener el alma entristecida, deprimida y apesadumbrada. Todos en algún momento de nuestras vidas hemos pasado por esos trances.
Un breve intervalo de silencio medió entre esos dos personajes de largas y negras cabelleras, curtidas teces y edades contrastantes.
- Pero antes de decirte en qué consistirá mi ayuda, permíteme presentarme, soy Taluchi Coploana y yo vengo desde un valle que está situado tras de aquellos cerros.
El forastero alargó su brazo derecho en dirección a unos peñascos blanquinegros. El noble cusqueño apenas levantó su mirada. Parecía no importarle gran cosa. Había en él mucha indiferencia e incredulidad. Taluchi Coploana sin siquiera tomar en cuenta este detalle, prosiguió:
- En la semana que llevo por estos lares, obedeciendo las órdenes de tu señor padre, he podido darme cuenta de tu conmovedor estado de ánimo, por eso no he dudado en venir hasta aquí, a tu presencia.
- ¡Gracias, hermano Taluchi Coploana! Agradezco tus buenos deseos, más mi pena es tan grande que difícilmente tú me podrías consolar.
- Te diré, noble príncipe, en honor a la verdad, que tras aquellos cerros, que te los vuelvo a señalar, hay igualmente una joven mujer llamada Nunkaim que vive muy triste y siempre habla de un valeroso jefe incaico, a quien ella cuidó en su lecho de enfermo. Nos contaba que cuando él apenas se hallaba en estado convaleciente, su padre, el Inca, prescindió de sus servicios y del resto de mujeres chachapuyas. Dice también que como premio y recompensa de sus valiosos servicios, en vez de mandarlas como mitimaes a extraños y lejanos lugares, prefirió reintegrarlas a sus respectivos ayllus.
Taluchi Coploana, por unos instantes, tragó saliva y reflexionó, para agregar:
- Tengo la plena seguridad que ese príncipe de quien habla tanto, con mucho calor y muy bien, eres tú!
- ¡Oh! buen hombre. Al fin me has devuelto la alegría de vivir. Esa buena mujer es, hoy por hoy, la luz de mis ojos y es la única que hace palpitar aceleradamente mi corazón.
Ambos volvieron a sumirse en un conmovedor mutismo.
Meditaban. Inca Rípac, retomando el hilo de la palabra, añadió:
- Comprendo que ella nunca podría venir hacía mi por obvias razones - hablaba el príncipe con mucho sentimiento y con seguridad pensaba en el abismo social existente entre él y ella:-Tampoco podrá declararme su amor. En consecuencia, yo iré en busca de ella. Gracias buen hombre, te doy mis gracias de todo corazón. Que nuestros dioses premien tus buenas acciones.
De un momento a otro, Inca Rípac se sintió revitalizado con muchos deseos de volver a una vida pletórica de grandes acciones; pero, eso si, al lado de la mujer amada. Es decir de Nunkaím.
Taluchi Coploana, con la satisfacción de saberse un hombre útil, se alejó del príncipe, tras despedirse amablemente y desde aquella vez nunca más se volvieron a ver. Sin embargo, el noble orejón siempre le guardaba un gran sentimiento de gratitud, que perduró hasta el último momento de su violenta y gloriosa muerte.
Toda la tarde, de ese día inolvidable y también toda la noche, el joven guerrero cavilaba, tratando de encontrar una fórmula que le permitiera contar con la autorización de su padre. Y sin que éste llegara a sospecharlo siquiera y mucho menos a saberlo, le permitiera estar al lado de su joven amada.
Después de darle vueltas y más vueltas al complicado asunto, viendo todas sus aristas, creyó encontrar al fin la idea salvadora, la cual surgía como un destello de luz en medio de la más tenebrosa oscuridad.
Una mañana, muy de madrugada, en los momentos precisos en que el Inca permanecía sólo, en su flamante palacio, entregado a sus habituales meditaciones, recibió la inesperada visita de su valeroso hijo, quien llegaba en compañía de su fiel amigo Illapa. El Inca se sorprendió mucho de verlo ingresar. Pues, aunque se trataba de dos personajes afines como son padre e hijo, sin embargo, era muy cierto que pocas veces se habían reunido a solas para tratar sobre cuestiones personales o asuntos de familia. Problemas múltiples relacionados con la guerra y con la administración de las nuevas comarcas conquistadas, absorbían el tiempo de ambos.
- ¿Qué te trae por acá, hijo?- exclamó el Inca a modo de saludo, al tiempo que se incorporaba, dejando su trono, y con un ademán muy suyo, le ponía la mano derecha sobre el hombro respectivo.
- Vengo a pedirte, padre, que me permitas tomar un buen descanso. Necesito recuperar toda mi salud y por eso deseo estar a solas, libre de preocupaciones, que inquieten mi fatigado espíritu.
Después de las duras campañas, de las marchas forzadas, amén del intenso y agotador esfuerzo, mi cuerpo y mi espíritu se encuentran muy fatigados. A estas alturas, me caería muy bien dedicarme al pastoreo de nuestras llamas, seré un llamamichik. Me gustaría perderme una buena temporada con mi rebaño por los cerros y laderas de este reino, que tanto me ha impresionado. Esto es lo que más anhelo. Yo buscaría un lugar ideal para pastar. Tengo seguridad que aquí hay igualmente parajes muy similares a mi querida Chitapampa, al que yo añoro, porque allí solía pasar los días cuidando de nuestros hatos. No vacilaría en bautizar con el hermoso nombre de Chitapampa el sitio que me parezca apropiado.
El descanso que hoy te pido, buen padre, me servirá para cuidar mejor de nuestras llamas, que actualmente se encuentran muy menguadas en su número debido a las muchas ofrendas que tributamos a nuestros dioses tutelares luego de nuestra magnífica victoria en Kuélap.
¡Cuántas llamas mandamos al sacrificio! Ellas yacen dentro de aquel formidable bastión, último baluarte enemigo, en donde nuestros heroicos combatientes se cubrieron de gloria y se inmolaron.
Inca Rípac terminó de hablar con la exaltación y la emoción propias de su juventud. Era un hombre de convicciones y pasiones muy fuertes. Su padre, el Inca, que hasta aquellos momentos se había limitado a escucharlo con la atención debida, rompió con su silencio:
- Veo que no te falta razón en todo lo que has dicho. Por lo tanto, encuentro viable tu pedido. Bien, te concedo el permiso que tanto necesitas para que recobres tu salud y todas tus energías, pero a cambio de ello, deberás únicamente recordar una cosa: apenas nuestro glorioso ejército se ponga en campaña, deberás de inmediato hacerte presente. Tu concurso es muy indispensable a fin de proseguir con nuestras conquistas. ¿Me lo prometes?
- Si padre, te juro que regresaré de inmediato de cualquier parte que yo me encuentre.- Y fue así como el noble guerrero se alejó del lado de su padre por una buena temporada.
Cierto día, en horas de la mañana, Inca Rípac hizo su aparición por la Conga de Saucha. Hacía su arribo al idílico valle, al cual no vaciló en bautizarlo con el nombre de Chitapampa; cómodamente sentado en el anda dorada, la que descansaba sobre los fornidos hombros de seis indios cusqueños. Además le acompañaba una pequeña corte, cuyos integrantes no pasaban de una docena. Delante de su séquito, a una prudencial distancia, transitaban los nuevos senderos una veintena de llamas, conducidas por un llamamichick y el perro Illapa.
La presencia de tan noble personaje y su pequeña corte fue saludada de pronto con el estruendo de varios pututos y cornetas. La gente, entre curiosa y sorprendida, comenzó a afluir de todas partes. El joven cusqueño y su pequeña, pero sí vistosa comitiva, se vieron rodeados, en contados minutos, de una multitud de concurrentes.
El noble orejón no podía caber en si de contento. Con una alegría desbordante procedió a bajarse del anda. Abrió los brazos hercúleos, extendiéndolos como las alas de una ave de presa. Daba la impresión de querer abrazarlos a todos al mismo tiempo. De este modo, expresaba su agradecimiento por el recibimiento apoteósico que el pueblo chachapuya, de aquel hospitalario lugar, le tributaba.
- Hermanos chachapuyas - dijo el recién llegado y al instante el murmullo de voces quedó silenciado.- yo he venido hasta estos lares en busca de un poco de reposo para mi fatigado espíritu, harto de guerras. Queridos chachapuyas, no hay cosa más hermosa, que llevar una vida tranquila y sosegada, por este hermoso lugar que invita al descanso y a la reflexión. Por otro lado, hermanos aquí presentes, debo confesarme ante ustedes. Desde hace algunas semanas atrás mi corazón, atormentado por las guerras, ha comenzado a latir con fuerza por el amor de una mujer, que es de vuestra nación, y que por fortuna vive en este acogedor valle, al que yo he dado en llamarlo Chitapampa en memoria del mío, que existe allá, en el Cusco.
El orador cesó de hablar por breves momentos. Su acuciosa mirada la posó varias veces en el tumulto, que se hallaba pendiente de sus palabras:
- Mi mayor alegría -prosiguió-, y a la vez mi mayor ilusión será reencontrarme con ella. Quiero que sepan ustedes que he venido a testimoniarle el gran amor que siento por ella. Que su encantadora persona me inspira.
La ya numerosa concurrencia se quedó, por algunos momentos en suspenso, intercambiando miradas inquisitivas. Los hombres vanamente se esforzaban por descubrir a la elegida. Pues, ninguna de las jóvenes casaderas dábase por aludida. Una gran expectativa comenzó a reinar entre la concurrencia, la que no estaba exenta del suspenso. Repentinamente, del fondo de aquel grupo humano se fue abriendo paso una mujer, ricamente ataviada.
¡Era nada menos que Nunkaim! con pasos decididos fue avanzando por entre la compacta multitud que con tanta solicitud le fue franqueando el paso hacia el lugar en que se encontraba el joven guerrero, rodeado de su corte.
-¡Inca Rípac! Soy yo a quien tu buscabas. Fuí yo una de aquellas mujeres que por expreso mandato de tu señor padre me encargué de velar por tí cuando yacías grave y enfermo. Hoy ¡Oh noble príncipe! me tienes nuevamente a tus órdenes. Dispón de mi para lo que te fuera menester.
Inca Rípac, con la emoción desbordada y lleno de gozo se echó en brazos de su amada. Como nunca antes, aquella mañana del felíz reencuentro, ella irradiaba belleza y sumo contento. Lucía un cuerpo esbelto, largas y negras cabelleras, que sobre sus espaldas descansaban y desde el cuello se partían en dos largas shimbas. Fueron momentos en que los ojos, de mirar tierno y dulce, de la joven doncella despedían destellos de radiante felicidad. La retuvo a su lado un buen rato. Entre tanto la concurrencia, en medio de la general algarabía, discurría alegre y bulliciosa, con muchos deseos de festejar el magno suceso. A esas horas del día, el taita inti, era un disco incandescente, que despedía destellos de aúrea luz bajo un cielo increíblemente azul y poco le faltaba para arribar a su cénit. Cerca al grupo de gentes, los pájaros, celebraban su propia fiesta. Las pichozas, saltando y volando entre el follaje de las chilcas y Tayangas; los zorzales haciendo lo propio entre las ramas de los saúcos; chillaban alegremente antes de engullir los frutos morados, que colgaban de sus racimos, como uvas apetitosas y los Cocoteros, volando de un sitio a otro, se mostraban indiferentes a la reyerta de algunos pájaros que se les cruzaban en el vuelo, y como borrachos pendencieros, se desplumaban y picoteaban causando de paso gran alboroto.
Alegres y festivas comenzaron a sonar las tonadas, con las que el ambiente se vió súbitamente saturado. Bajo los efluvios de la chicha, la gente se mostraba animosa y alegre. Y por cierto no faltaron quienes pidieran a gritos, que la joven pareja saliera al ruedo a danzar una alegre y al mismo tiempo conmovedora cashua.
El pedido no se hizo esperar. En la altipampa, alfombrada de verdes gramíneas, Inca Rípac quedó maravillado al contemplar el espléndido paisaje que a su vista se ofrecía desde la meseta de Saucha. Desde allí era posible divisar los dos valles colindantes: Uchucmarca y Chitapampa. En este último los cultivos de pan llevar florecían a lo largo y ancho de artísticas y caprichosas terrazas.
El joven amante había pasado algunos meses al lado de su compañera, y de paso compartiendo la vida que llevaban los hombres de Chitapampa. Su carácter alegre y jovial, amén de sus graciosas ocurrencias bastaron para granjearse el corazón de aquellas gentes de vida sencilla y laboriosa; que construían sus moradas en las laderas y cimas de los cerros para protegerse mejor de sus enemigos y de los flagelos de la naturaleza. Cuando estas chozas o cabañas se erigían en las partes altas de las zonas templadas, donde las fuentes de agua no estaban a la mano, solían entonces descender hasta las profundas quebradas de los valles, con el único fin de recoger el líquido vital en grandes urpos; con cuyos recipientes, cargados a la espalda, retornaban a sus moradas, ascendiendo por cuestas tan subidas y derechas como una pared hecha a plomaba, causando el asombro y la admiración de otras naciones avecindadas en la costa y en la sierra.
Varias veces, Inca Rípac, tuvo la oportunidad de presenciar cómo, sus amigos chachapuyas, subían y bajaban de sus viviendas, por aquellas paredes de roca viva y compacta, colocando los pies y las manos en unos huecos poco perceptibles, hechos de antemano. Un espectáculo de tal naturaleza para el cusqueño orejón resultaba divertidísimo, y más aún si lo realizaban con las tinajas de agua sobre la espalda. En cambio, a los chachapuyas les hacía mucha gracia ver correr al forastero con las sandalias en una mano, y la waraka en la otra, con la que intentaba dar caza a los patillos y a las guachuas, esas especies de gaviotas andinas, que siempre moraban en las lagunillas de la pampa de Líclic.
Como hombre de guerra, Inca Rípac gustaba de la caza; la cual era para él una saludable diversión. En compañía de varios guerreros de la zona incursionaba en las intrincadas florestas de Lanchihuayco, Llibán y Sara Sara, las cuales servían de habitat a todo tipo de animales, pero sobre todo a pumas, osos, venados y zorros. Para dichos menesteres se premunían con todo tipo de armas: macanas, arcos, warakas, porras, hachas, lanzas, pucunas y boleadoras. Acostumbrado, como estaba, a correr tras los enemigos en fuga, no vacilaba en hacer lo propio con los asustadizos venados; que, todas las tardes descendían de los matorrales y laderas hacia las quebradas, con el propósito de aplacar la sed en los riachuelos.
Los Lluichus montaraces, ante la presencia de los cazadores, echaban a correr a campo traviesa. Era entonces el momento en que Inca Rípac y su perro "Illapa" corrían tras ellos, poniendo a prueba sus destrezas. Finalmente, el infeliz ciervo, caía atrapado por acción de las boleadoras que se enredaban en sus miembros, o bien, Illapa les cogía del cuello. Luego eran conducidos al redil de las llamas, donde permanecían a la soga, hasta que lograban ser domesticados. Contando con tan buenos cazadores era de esperar una caza abundante. En efecto así era. Después de dos o tres días de ausencia los expedicionarios retornaban cargados de muchas piezas codiciables: pavas de monte (paujiles), carachupas (armadillos), shipipas (perdices), añaces (zorrillos), atoces (zorros), Iluichus (venados), ucumaris (osos) y pumas (leones).
Otras veces, Inca Rípac, iba acompañado únicamente de Illapa hacia las cumbres del valle, a la hermosa meseta de Ventana. Desde allí contemplaba el vuelo de las aves de rapiña: águilas, buitres, halcones y gallinazos. Entonces, no perdía ocasión de ensayarse en tiros al blanco. Su adiestramiento, lo efectuaba pensando en la proximidad de la campaña bélica. Con certeros warakasos derribaba a las volátiles, en los precisos instantes, en que éstas pasaban cerca de él; una ancha sonrisa de satisfacción y de triunfo se dibujaba en su rostro broncíneo. Claro, así derribaría a sus enemigos en los campos de batalla. Se dedicaba después a pastar sus llamas por las envolventes laderas del apacible valle, en las antiplanicies de Yumi Yumi, Pampa Verde, Puémbol y Pachíl. Cansado de tanto arrojar piedras con la honda, se entregaba a la contemplación del paisaje o bien a cantar y tocar la antara, la quena o la flauta. Repentinamente, la atmósfera del lugar se saturaba con las alegres notas musicales de la llamaya, la danza del pastoreo; la consabida cashua, el baile de la alegría y el galanteo, que salían de su quena o de su flauta, y también de su antara. O en su defecto, del bombo o wankara. En estos casos, su mejor fuente de inspiración la encontraba en su bella compañera, en la seductora Nunkaim, que siempre solía acompañarlo en este tipo de menesteres. A los sonidos de sus melífluas voces, o de sus armónicos instrumentos musicales, los cerros respondían con prolongados y resonantes ecos.
Después de varios meses de estancia en el valle de Chitapampa, Inca Rípac recibía por fin la visita de un chasqui, mensajero real de su padre, el sapainca. Le traía el recado del autor de su vida. Le pedía su inmediato retorno a la jatun llacta de Cochapampa. El chasqui le informó que el ejército imperial, por decisión del Inca, pronto entraría en campaña. Esta vez para someter a las numerosas tribus que habitaban en la región norte del Chinchaysuyo, entre las que figuraban los bravos cañaris, huancavilcas, caras, quitus, caranquis y pastos.
La orden real le llegaba en el momento menos esperado y pensado. Inca Rípac, se había acostumbrado a su nueva vida. A decir verdad, pocos deseos tenía de reincorporarse a su vida anterior, que ya parecía cosa del pasado, pues vivía entregado a los amores y complacencias de la hermosa chachapuya, de quien esperaba un hijo, producto de su tórrido romance, de su volcánico idilio. En ese fruto, aún en formación y que ya comenzaba a vibrar en el vientre de Nunkaim, Inca Rípac veía al futuro regente del reino chachapuya o bien a la compañera del curaca principal, que de todas maneras vendría a consolidar la anhelada unidad monolítica del imperio incaico.
La sorpresiva visita del mensajero real, con su inesperada noticia, le había caído como un baldazo de agua helada. Una lucha sorda y titánica se desencadenó en su fuero interno. Tentado estuvo en desacatar la orden de su padre; pero, comprendió que tamaña desobediencia, con toda seguridad, le llegaría a costar la vida, porque en el Tahuantinsuyo no había lugar para quienes osaban infringir sus leyes o bien los mandatos del Inca, que eran la misma cosa, al final de cuentas. Las sanciones eran drásticas y se castigaban con severidad ejemplar, tanto así que, hasta los hermanos de su abuelo Pachacútec, llamados Cápac Yupanqui, Huayna Yupanqui habían encontrado la muerte al desacatar la orden real. Por lo menos, eso es lo que siempre oyó decir. Por otra parte, el propio Inca Rípac le había empeñado su palabra de honor. Y como dicen, lo prometido es deuda, estaba obligado a cumplir. Sin dudas ni murmuraciones debía emprender el inmediato retorno, sin importar el lugar en que se encontrara. Además, así lo demandaba la suprema autoridad, de suerte que el fogoso orejón no podía faltar a su palabra, más aún cuando de por medio estaba el alto concepto del honor y del deber normados por el código jurídico moral del ama quella (no seas ocioso), del ama sua (no robes), y del ama llulla (no mientas).
-¡Bella y amorosa Nunkaim, con el dolor de mi alma, de mi corazón y de todo mi ser, debo decirte que muy pronto me alejaré de tu lado. Me iré de esta tierra hospitalaria, y no sé por cuanto tiempo. Mi padre me llama. Dentro de algunos días su ejército se pondrá de nuevo en campaña. Sin embargo, debo confesarte, mi amada Numkaim, que al irme de aquí, de tu lado, me sentiré muy triste, porque dejo una parte de mi existencia contigo, y por eso debo regresar. Espero que nuestros dioses oigan mi súplica.
Con el semblante triste, demudado y la mirada perdida en la hilera de cerros lontanos reanudó aquella suerte de monólogo:
- Confío en que esta próxima campaña no sea muy prolongada. Mi padre ha mandado levantar mucha gente de guerra y siendo así, las nuevas conquistas serán rápidas, eso me dará la posibilidad de retornar a tu lado dentro de algunos meses. Si la suerte nos acompaña, con la venia de nuestros dioses, yo regresaré para vivir contigo, para toda la vida. ¿Qué más puedo pedir?. Sólo la muerte nos podría separar, aún así estoy seguro que nuestras almas se juntarán en el más allá.
Los ojos del guerrero se bañaron en lágrimas. Trabajo le había costado seguir hablando, porque la ñusta se hallaba sumida en un profundo mutismo. No obstante, el joven príncipe, recobrando la serenidad y la calma acotó:
- Cuida de nuestro rebaño de llamas. Tengo la plena seguridad que ellas fecundarán. El lugar se presta para ello. Además, quiero decirte que he tenido un sueño bastante revelador. He soñado al misterioso Taluchi Coploana, al hombre que hizo posible nuestro feliz encuentro, quien poniendo una mano sobre mi hombro me recordó que este sitio, llamado en otros tiempos Paripacucha está bajo los buenos augurios del Incaychu, del Illallama protectora, la que permitirá la fecundación de nuestras llamas. Tendrás muchas llamas que te serán de mucha utilidad. Las lágrimas afloraban en los ojos de la joven pareja; y entre furtivas y silenciosas, cual gotas de rocío, resbalaron por las demacradas mejillas de ambos para caer en el suelo sediento, que luego las bebió con avidez.
Inca Rípac partía del idílico valle de Chitapampa en compañía de su pequeña corte y de su perro Illapa, el cual iba adelante husmeando el camino. Atrás quedaba el mundo mágico, de dulces ensoñaciones y encantos: la amorosa y tierna Nunkaím y el pequeño hato de llamas, cuyos colores iban del blanco al negro pasando por el marrón.
Embargado por la pena y los recuerdos, el príncipe cusqueño parecía hundirse en el más profundo silencio. Acudía al llamado de su padre prácticamente contra su voluntad.
El noble orejón coronaba la Conga de Saucha sobre el anda dorada. Quienes fueron a despedirlo, tuvieron la oportunidad de verlo por última vez. Desde aquel mirador varias veces alzó la mano en señal de despedida. Luego vendría el descenso. Entonces la figura del noble orejón se fue empequeñeciendo para luego ya no ser vista; dejaba, si, la fugaz sensación de que la tierra lo devoraba con todo su séquito. Inca Rípac simplemente había transpuesto la enhiesta cumbre, y ahora descendía a paso ligero la senda que conducía al valle de Uchucmarca y de allí enrumbaría hacia Cochapampa.
El tiempo pasó y las noticias que llegaban muy de vez en vez al reino de los chachapuyas eran totalmente favorables a la causa del Inca. Se destacaba el arrojo y la bravura de sus soldados, así como el sometimiento de las belicosas tribus. Las noticias no podían ser más halagadoras. Nunkaím abrigaba la secreta esperanza de reencontrarse pronto con su amado príncipe. El tiempo fue transcurriendo, mas una mañana lluviosa y fría, recibió la visita de un mensajero real. El enviado de Túpac Yupanqui súbitamente apareció en el umbral de la puerta, en circunstancias en que ella y los suyos tomaban desayuno:
- Malas noticias te traigo buena mujer. El príncipe Inca Rípac ha ido a mejor vida, ha muerto en uno de los recios combates librados contra los Caranquis. Los enemigos han pagado muy caro su osadía. ¡Todos han sido pasados a cuchillo!. Ahora en sus cráneos toman chicha los vencedores- tras una breve pausa, el visitante, añadió:
- Sus últimos deseos, del príncipe moribundo, fueron que se te hiciera entrega de su chuspa y de sus ojotas. Aquí las tienes. También dejó dicho que cuides bien de su hijo, el que llevas aún en las entrañas, en tu vientre, que ya lo tienes abultado -el bolso y las sandalias, las recibió con trémulas manos, pues a Nunkaim le bastó saber de su muerte, para romper en un llanto amargo e histérico, desgarrador, que desembocó en una aguda crisis de nervios. Sus padres, y vecinos del lugar, acudieron presurosos a darle los auxilios del caso.
La muerte del joven guerrero fue muy sentida en todo el Tahuantinsuyo. El Inca decretó un mes de duelo, de riguroso luto. El cadáver de Inca Rípac se cubrió con la enseña imperial, la unancha, que llevaba los siete colores del arco iris, al cual llamaban Turu manya o cuichi. Mas, aquella unancha era el símbolo de la fraternal cooperación entre los hombres; ahora flameaba a media asta.
Después de cumplir con el recado, el mensajero real, aquel mismo día retornaba a la jatun llacta de Cochapampa. Mientras tanto, la desdichada Nunkaím permanecía en estado de inconsciencia. Pero, al cabo de algunas horas, había recobrado el conocimiento. Los días fueron pasando y no obstante, la terrible impresión de la trágica muerte, de su muy amado príncipe, seguía reflejado en su rostro pálido y demacrado. Había perdido además varios kilos de peso.
Embargada por una insondable tristeza, desde entonces buscó la soledad. En tan dolorosa como lastimosa situación sólo el llanto le servía para desahogar sus penas. Entretanto, el fruto de sus amores iba abultando su vientre, su gravidez crecía y pocas semanas quedaban para el parto, pero ¡oh desdicha! la de tropezar y rodar por una pequeña pendiente. Esa mañana aciaga y negra, prescindiendo de sus servidores, había ido por agua, hacia el puquio de la huequera. Al regresar con la tinaja sobre la espalda, una pisada en falso determinó no sólo magulladuras y golpes en todo el cuerpo sino que tuviera un parto prematuro; lo cual significó la tumba para madre e hijo. Después de dos días de velorio, ambos cuerpos inertes, fueron momificados siguiendo la vieja costumbre Chachapuya, cuando se trataba de gente noble.
Sus amores con el príncipe cusqueño la habían sacado del oscuro anonimato otorgándole una merecida fama. Muchos curacas del reino, los Apus Tomallaxa, Chuquillaja, Zuta y de otros reinos colindantes como el de Huacrachuco y Casamarca, sabedores de su fin trágico, se hicieron presentes en aquel inolvidable valle de Chitapampa. En memoria de la princesa muerta, Túpac Yupanqui ordenó, 30 días de duelo en todo el reino chachapuya. Los cadáveres momificados de madre e hijo fueron envueltos con el emblema de los siete colores del arco iris, para luego ser depositados en un sarcófago antropomorfo, hecho con lajas de piedra y pegado con arcilla. Por último, fue colocado en su última morada, el cerro Colpacucho, donde ella había pasado momentos gratos e inolvidables. La muerte inesperada de la joven fue muy sentida y no faltaron quienes en su afán de acompañarla en su viaje a la otra vida, del más allá, se suicidaran ahorcándose con sogas de chila o de cabuya.
Con el devenir de los años la famosa pareja, ingresaba al campo de la leyenda. Los moradores del valle de Chitapampa juraban y rejuraban haber visto al príncipe Inca Rípac y a su amada Nunkaím, sentados muy juntos, en la ladera del acogedor paraje, en la tarea de pastar el rebaño de llamas. No faltaron también quienes decían haberlo visto algunas veces, sólo al príncipe, corriendo en las noches de plenilunio, a través de la pampa de Líclic, tras los patillos de la laguna. Pues tales visiones, ocurrían únicamente en aquellas noches de luna llena, cuando el astro nocturno bañaba a raudales con su luz plateada todo el valle de Chitapampa, así como las mesetas y cerros que lo circundaban.
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GLOSARIO
(1) Bambamarca.- Pueblo y distrito de la provincia de Bolívar, Departamento de La Libertad (3555 mts.) Otro de los pueblos principales del reino chachapuya. Proviene de Pampamarca o "pueblo de la llanura".
(2) Blancas mujeres.-Pedro Cieza de León sostiene: "Son estos indios naturales de Chachapoyas (el nombre de todo el reino) los más blancos y agraciados de todos cuanto yo he visto en las Indias que he andado, y sus mujeres fueron tan hermosas que por sólo su gentileza muchas de ellas merecieron serlo de los Incas y ser llevadas a los templos del Sol; y así vemos hoy día que las indias que han quedado de este linaje son en extremo hermosas, porque son blancas y muchas muy dispuestas" (La Crónica del Perú, 1973, pág. 191).
(3) Cajamarquilla.- Nombre prehispánico con el que se conoció al actual pueblo y distrito de Bolívar, de la provincia del mismo nombre, Departamento de La Libertad (3100 m.) proviene de CASSAMARQUILLA. Inca Garcilaso de la Vega afirma: "En Cassamarquilla hubo mucha pelea por la mucha y muy beliciosa gente que el pueblo tenía, mas pasados algunos reencuentros en que los chachas conocieron la pujanza de los Incas, considerando que la mayor parte de su provincia estaba ya sujeta al Inca (Túpac Yupanqui) tuvieron por bien sujetarse ellos también" (Los Comentarios Reales, 1973, pág. 81).
(4) Cashua.- O cachua, baile alegre y festivo.
(5) Cochabamba.- Caserío o anexo actual del distrito de Chuquibamba, provincia de Chachapoyas, Departamento de Amazonas.
Tras el sometimiento del reino chachapuya, Túpac Yupanqui, en Cochabamba mandó erigir la capital política y administrativa. Allí los Incas construyeron grandes palacios, templos, viviendas; dotaron a la ciudad de agua que hicieron llegar en grandes canales desde "Las Lagunas Misha cucha, y chanchi. Durante la guerra civil, se sabe que fueron los propios chachas, quienes destruyeron la Jatun llacta o pueblo grande, porque albergaba a más de 4 mil almas.
En la actualidad quedan aún algunos restos pétreos de manufactura incaica. Es bueno anotar que esta ciudad o llacta no está consignada en los libros textos de historia oficial. Sin embargo, es el historiador Waldemar Espinoza Soriano, quien la ha rescatado del olvido. En su libro "Los Incas" (1990: 330) pero yerra al ubicarlo en el actual distrito de Leymebamba (Raimipampa).
Sobre el particular, el propio historiador nos habla que "una de las pruebas más fidedignas del espíritu y plan imperial y colonizador de la etnia Inca, que la sindica como un pueblo que conquistaba señoríos y reinos para dominarlos y controlarlos en forma permanente, es su programa de fundación de llactas. En dicho aspecto se comportan como insignes constructores de asentamientos humanos urbano-administrativos siguiendo la tradición Huari-puquina" (:330).
Más adelante, tras anunciar las numerosas llactas incaicas, aparte del Cusco, nos dice que "cada llacta regional representaba una réplica de la ciudad del Cusco, la que servía de modelo para delinear las otras". (pág. 330).
La revista Imágenes (1987) señala que "Cochabamba, por estrategia, era la ruta obligada por donde pasaba el camino Caxamarquilla-Raymipampa cruzando el Hatun Mayu (Río Grande), conocido hoy como el caudaloso río Marañón" (pág. 38).
Cochabamba es voz castellanizada, proviene de cuchapampa, que quiere decir laguna de la llanura (cucha=laguna; pampa=llano). En dicho lugar existe una hermosa laguna artificial.
(6) Condormarca.- Pueblo y distrito de la provincia de Bolívar, del Departamento de La Libertad (3420 mts.). Inca Garcilaso de la Vega dice: "En el pueblo de Kúntur Marca hicieron gran resistencia los naturales, que eran muchos; pelearon valerosamente y entretuvieron la guerra muchos días, mas como ya en aquellos tiempos la pujanza de los Incas era tanta que no había resistencia contra ella, ni los chachas tenían otro socorro sino el de su valor y esfuerzo, los ahogaron con la inundación que sobre ellos cargaron; de tal manera que les fue forzoso rendirse a voluntad del Inca. (Los Comentarios Reales 1973: 81).
(7) Conga de Saucha.- Cuello o desfiladero del cerro Saucha, desde donde se mira al pueblo de Uchucmarca y por donde se descuelga el camino que nos lleva. Saucha es un cerro acolinado, de suave pendiente, donde se ha establecido un caserío de igual nombre.
(8) Conga de Ulila.- Cuello del indicado cerro, el cual circunda al pueblo capitalino del distrito de Uchucmarca, en la provincia de Bolívar, Departamento de La Libertad. Por dicho cuello, el camino del Inca desciende a través de la famosa Grada del Inca, hacia Cochabamba.
(9) Chachapuya (Reino).- Perteneciente a la cultura de igual nombre, del intermedio tardío, Surgió como nación entre los años 1000 y 1500 de nuestra era. Sobresalieron por su belicosidad guerrera y amor a la libertad.Se extendió por los actuales Departamentos de Amazonas y San Martín, y las provincias de Pataz y Bolívar, del Departamento de La Libertad. Se establecieron de preferencia en la orilla derecha del río Marañón, siendo sus centros principales, Kuélap, Gran Pajatén, Leymebamba, Yaro, Llamachibáni, Cajamarquilla, etc.
Hacia 1475 fueron sometidos por el Inca Túpac Yupanqui. A esta cultura también se le conoce como chachapcolla, Sachapuyu o simplemente Chacha, y posiblemente Chachapoyas, viene del quechua Sacha-puyus: "montes con nubes". Inca Garcilaso de la Vega dice de esta cultura... "La cual pudiéramos llamar reino, porque tiene más de cincuenta leguas de largo y veinte de ancho, sin lo que entra hasta Muyupampa, que son otras 30 leguas de largo". (Los Comentarios Reales, pág. 80).
(10) Chirmacassa.- Nevado ubicado en el distrito de Bolívar, de la provincia de igual nombre, del Departamento de La Libertad (4200 mts.) Garcilaso de La Vega dice al respecto: "Del pueblo del Pías pasó adelante (Túpac Yupanqui) con su ejército, y en una abra o puerto de Sierra Nevada que ha por nombre Chirmac Cassa, que quiere decir puerto dañoso, por ser de mucho daño a la gente que por el pasa, se helaron trescientos soldados escogidos por el Inca" (Los Comentarios Reales, pág. 81). En la actualidad dicho nevado es conocido como Chirimoyacaja.
(11) Chitapampa.- Es el nombre de un valle ubicado en el distrito de Uchucmarca. Es zona productora de tubérculos, legumbres y cereales. Tiene clima abrigado. Chitapampa es voz quechua compuesta. Quiere decir "tierra del ganado", porque era una zona comunitaria, donde pastaban las ovejas y en épocas anteriores, llamas y alpacas. A Chitapampa también se le llama Shitapampa o Shitapamba.
(12) Chunca Palla.- J.V. Larrabure dice de la concubina de Túpac Yupanqui, refiriéndose al debelamiento del motín de los chachapuyas por Huayna Cápac"... y huyeron a los montes, quedando en los pueblos los viejos y las mujeres que no pudieron huir; entre estas vivía CHUNCA PALLA, noble y respetada matrona, que había sido una de las mujeres de Túpac Yupanqui. Toda la población fue a rogarle que saliera a ver al Inca (Huayna Cápac) antes que este llegase a la ciudad, y le implorase el perdón del pueblo, para que no fueran todos exterminados. ("Huayna Cápac, novela histórica", 1918: 76-77).
(13) Guayabamba.- Valle ubicado en la provincia de Rodríguez de Mendoza, Departamento de Amazonas. Antonio Raimondi dice de él que es "donde se fabrica azúcar (Chancaca) que se consume en el Departamento de Amazonas" (pág. 291) y que la población de Santa Rosa es la capital del distrito de Guayabamba. Observa que "sus habitantes no viven en los pueblos sino en las casitas diseminadas a cierta distancia una de otra, y donde tienen sus cultivos. Sólo en los días festivos van a la población" (El Perú, Huallapampa. 1956: 2929,T.I). Guayabamba es una corrupción de Huallapampa.
El capitán Gustavo Arboleda A., por su parte señala que los habitantes de este valle, los Guayas "han dejado vestigios propios de una civilización muy antigua y avanzada y como tal, procedente quizás, de los primitivos Antis que tomaron la región de la selva para defenderse mejor de las tribus numerosas que ocuparon la parte llana del Bajo Amazonas, consiguiendo dominar y afianzar. Monografía de la provincia de Bolívar, 1951:45).
(14) Hatun llacta.- Palabras quechuas, que significan: hatun=grande; llacta=pueblo. Es decir "pueblo grande". Cochabamba fue uno de esos pueblos grandes que los incas fundaron a lo largo y ancho de sus dilatados dominios.
(15) Huacrachucos.- Hombres pertenecientes a esta cultura, que se desarrolló en el actual pueblo y distrito de Huacrachuco, capital de la provincia del Marañón, Departamento de Huánuco. Inca Garcilaso de la Vega señala en sus Comentarios Reales (1973: 78), que tal nombre obedece a que llevaban como tocado y distintivo un sombrero de cuerno: llaman chuco al tocado de la cabeza, y huacra al cuerno.
Fueron sometidos por Inca Yupanqui, ya que "antes de la provincia chachapuya hay otra que llaman Huacrachucu; es grande y asperísima de sitio, y de gente en extremo feroz y beliciosa". Al Inca le era necesario conquistar primero aquella provincia Huacrachucu para pasar a la chachapuya; y así mandó enderezar su ejército a ella" (1973: 78).
(17) Incaychu.- Illa, Illamama "Pequeñas esculturas que representan alpacas, llamas u ovejas. Son de piedra, por lo general de cuarcita, basalto, granito u otras rocas de grano fino. Muchas son de origen precolombiano, de las que se conocen en forma difundida como CONOPA ("pastores de puna", 1977: 216).
(18) Kuélap.- Ayllu Chacha, donde existe una gran fortaleza de igual nombre. fue el mayor campo atrincherado con que contaron los bravos chachapuyas. Se ubica en el distrito de Tingo, provincia de Luya, Departamento de Amazonas.
(19) Levanto.- Distrito de la Provincia de Chachapoyas, Departamento de Amazonas. Levanto es voz castellanizada; proviene de Llahuantu, Garcilaso afirma que el ejército incaico partió de Suta a otro pueblo grande principal de la provincia de Chachapuya, el cual cedió como los demás de su nación, viendo que no se podían defender, y así quedó el Inca (Túpac Yupanqui) por señor de toda aquella gran provincia" (Los Comentarios Reales", pág. 82).
Francisco Izquierdo Ríos, refiriéndose a este pueblo, señala: "Los danzantes de Levanto son naturales del pueblo que llevan el nombre, y que se halla a dos leguas de Chachapoyas, al otro lado de la montaña de Puma-Urco, por el Sud-oeste". Agrega que "Lo más valioso de este afamado conjunto de bailarines es su música prehispánica, india, litúrgica, guerrera, que aflora cautivante, del fondo de los siglos, como la de otras zonas de la Sierra Peruana" ("Pueblo y Bosque, folklore amazónico" pág. 262).
(20) Llamamichik.- Pastor de llamas.
(21) Moyobamba.- ciudad, distrito, provincia del Departamento de San Martín. De este pueblo dice Garcilaso: "Desde Llahuantu envió el gran Túpac Yupanqui parte de su ejército a la conquista y reducción de una provincia llamada Muyupampa, por donde entró el valeroso Ancohuallo cuando desamparó sus estados por no reconocer superioridad a los Incas, como se dijo en la vida del Inca Wiracocha; la actual provincia está dentro de los Antis, y por confederación amigable o por sujeción de vasallaje, que no concuerdan en esto aquellos indios, reconocía superioridad a los chachas, y está casi treinta leguas de Llahuantu al Levante".
Los naturales de Muyupampa, habiendo sabido que toda la provincia chachapuya quedaba sujeta al Inca, se rindieron con facilidad y protestaron abrazar su idolatría y sus leyes y costumbres ("Los Comentarios Reales pág. 82-83).
(22) Pajatén.- Centro urbano principal del reino chachapuya, en la provincia Mariscal Cáceres, del Departamento de San Martín. Allí existe un importante Complejo arqueológico, descubierto en Agosto de 1963 por el entonces Alcalde de Pataz Carlos Tomás Torrealba. Pajatén es también el nombre de un río, afluente del Jelache.
(23) Papamarca.-
Nombre de los uno de pueblos principales del reino chachapuya, que ya no existe. Se presume que dicho nombre correspondió a los ayllus vecinos de Llama y Chibani, que fueron los núcleos de la reducción de Uchucmarca, establecida en 1573, y que hoy es el pueblo y distrito de Uchucmarca, de la provincia de Bolívar, Departamento de La Libertad. Sobre el particular, Inca Garcilaso afirma: "De Cassamarquilla pasó a otro pueblo principal, llamado Papamarca, que quiere decir, pueblo de papas, porque son muy grandes las que allí se dan. El Inca ganó aquel pueblo como los pasados" (Los Comentarios Reales, pág. 82).
(24) Paripacucha.- Nombre supuesto de una quebrada o huequera en el valle de Chitapampa.
(25) Pías.- Pueblo y distrito de la provincia de Pataz, del Departamento de La Libertad (2700 metros), fue el primer pueblo chachapuya en ser ocupado por el ejército de Túpac Yupanqui.
(26) Pichozas.- Gorriones
(27) Sarcófago Antropomorfo.- El historiador Waldemar Espinosa Soriano refiere que: "en el ámbito chachapuya, a los nobles se les inhumaba en pintorescas urnas funerarias hechas de arcilla pero con apariencia de cuerpos humanos, incluyendo una cabeza. Urnas a las que instalábanlas en altas cuevas u oquedades, cuyas vías de acceso las destruían totalmente, para eludir su profanación. Enterrar a un noble bajo el suelo, entre los chachas, era signo de vilipendio" (Los Incas, pág. 479).
(28) Chimbas.- Trenzas
(29) Ulila (cerro) es uno de los picos del distrito de Uchucmarea, la provincia de Bolívar, llamada zona del Collaí o Collaos, en atención a su altura y los habitantes seguramente de origen colla que allí moraban, en calidad de mitmas.
(30) Unancha.- Bandera
(31) Urpos.- Tinajas, botijones.
(32) Utcubamba.- Río tributario del Marañón. Es también el nombre de la nueva provincia del Departamento de Amazonas, cuya capital es la ciudad y distrito de Bagua Grande. El indicado río sirve de lindero natural entre los pueblos y distritos de Cajaruro y Bagua Grande. Utcubamba es voz castellanizada, proviene del quechua utcu=algodón; pampa=llanura. Es decir "llanura del algodón", planta cultivada por los pueblos de dicha región en el período prehispánico.(ramirosn@yahoo.es)
Nota.- La foto es propiedad de John Servayge y corresponde a los sectores de Vira Vira y Las Quinuas de Ulila, en el Distrito de Uchucmarca,Provincia de Bolivar,Departamento de La Libertad,República del Perú.
El Grado de Inversión y la realidad de las inversiones

Autor: Ramiro Sánchez Navarro
En marzo del 2008, una empresa norteamericana,calificadora de riesgos financieros,le ha asignado al Perú,un grado de inversion,lo que se traduce en otras palabras,en que somos un pais confiable,donde el estado peruano puede ser sujeto de créditos internacionales,especialmente de los organismos financieros como el Fondo Monetario Internacional,el Banco Mundial,el Club de Paris,etc.En realidad, esta es una buena noticia,porque le da al pais una buena imagen .Ello se ha debido a que el gobierno ha venido pagando puntualmente los servicios de la deuda externa antes de las fechas programadas.Pero eso no significa de que ya seamos un pais rico,una potencia económica,como ya se viene publicitando.Debemos tener mucho cuidado con este tipo de espejismos.Pues, el Perú sigue siendo un pais de muchas carencias,donde el desarrollo socio económico está todavia muy lejos de alcanzarse,lo cual obedece a una serie de causales de orden interno y externo.No olvidemos que el Perú está aún bajo la imposición de las recetas del Fondo Monetario Internacional,del Banco Mundial,etc.,con Cartas de Intención de por medio ,que no nos permiten alcanzar el desarrollo anhelado,porque el gobierno debe hacer todo lo que estos organismos le han impuesto en esas Cartas de Intención.Está probado que los paises que se hallan bajo la vigilancia y control de estos organismos dificilmente podrán desarrollarse,ya que las recetas que les imponen son con la finalidad de recaudar dinero para el pago de los servicios de una abultada deuda externa,que al final del gobierno del presidente Toledo bordeaba los 28 mil millones de dólares,si la memoria no me traiciona.En este contexto,las inversiones,que se han llevado a cabo en el Perú,bajo la modalidad de concesiones y privatizaciónes de empresas públicas , solamente han contribuido al encarecimiento de los bienes y servicios ofertados,porque operan en el mercado nacional como monopolios.Este tipo de inversiones son, de hecho, de tipo especulativo,porque la venta de un bien patrimonial,no ha generado nueva riqueza,debido a que solamente han cambiado de dueño.Hasta el presente, solamente se han dado este tipo de inversiones,que como se ve ,lo que han hecho es encarecer la vida de los peruanos en general.Ahora resulta mucho más caro estudiar,medicinarse,conseguir un empleo,etc.No vemos por ningún lado la tan cacareada justicia social y la igualdad de oportunidades.Para que un pais, como el Perú,sea de verdad rico,una potencia económica,en todo el sentido de la palabra,deberia emprender su propio camino hacia el desarrollo.Y esto pasa por diseñar un Proyecto Nacional,con objetivos nacionales concretos y politicas de estado y no de gobierno cuando se trate de ejecutar los planes de gobierno,que en resumidas cuentas se refieren a la ejecución de obras públicas,las que siempre han quedado truncas con los cambios de gobierno, que se han operado.La inversión productiva implica el empleo de capitales,tecnologías, mano de obra y de recursos naurales en la creación de riqueza y esto significa a la vez que estos deben servir para la construcción de nuevas fábricas, la construcción de Centrales hidroeléctricas,caminos carreteros,puentes.etc.Y eso no los veo por ningún lado.Por el contrario,la privatización y la concesion de empresas públicas han servido asimismo para que el Perú pierda importantes empresas como fueron las lineas de aviación comercial,la marina mercante,etc. Esto es como si a alguien se le ocurriera vender su única casa para que después viva en cuarto alquilado.Lo que el Perú requiere con suma urgencia son las inversiones productivas.Queremos inversionistas nacionales y extranjeros para que construyan en el Perú nuevas fábricas,nuevos caminos carreteros,etc.donde se utilice la mano de obra nacional y nuestros insumos . Solamente cuando haya este tipo de inversión estaremos en la senda segura hacia el progreso.Pues de lo contrario viviremos de ilusiones y espejismos.
El Problema de la Educación en el Perú

Nos parece bastante efectista la medida que ha tomado el actual gobierno.que preside el doctor Alan Garcia Pérez.Esto es como si a un enfermo,en vez de devolverle la salud,optarian por matarlo.Aqui se critica mucho la mala calidad de la enseñanza y también se critica que haya muchos abogados,pero esta es la expresión de un pais subdesarrollado,poco tecnificado,con una industria incipiente,que suscribe telecés para exportar productos primarios.Este es un pais donde los grupos de poder y las clases gobernantes no se han preocupado por la industrialiazación como tampoco promover el deasarrollo integral del pais.Pero porqué la educación es de mala calidad? Veamos:
1.- porque se ha convertido en una suerte de monopolio.Se incide mayormente en las metodologias de la enseñanza y no en los contenidos conceptuales.Esto no sucedia antes de que se monopolizara la educación,porque profesores eran los profesionales de cualquier especialidad.Pero ahora quien quiera ser profesor necesariamente tiene que salir de un instituto pedagógico o de una Facultad de Educación.
2.- El presupuesto destinado a educación siempre ha sido infimo.Los gobiernos de turno no se han preocupado por dotar a los pueblos del interior de buena infraestructura educativa.Siempre se aplican politicas de gobierno y no de Estado.
3.- Se han realizado varias reformas educativas que han empeorado la educación.Estas no han planteado ninguna solución al problema.En los tiempos del general Velasco,por ejemplo,se suprimió la instrucción premilitar,el uniforme beige,se dejó de lado el manual de buena conducta de Manuel Antonio Carreño.Y cuáles han sido las consecuencias? Relajación de la disciplina,alumnos mal educados y el surgimiento del pandillaje,que asola ya no solamente a Lima sino a muchas ciudades capitales del interior del pais.
4.- Se han suprimido los colegios agropecuarios,los técnicos y comerciales,las escuelas por correspondencia,con lo que se ha empeorado el problema de la educación.Porque la educación debe contribuir al educando a dotarlo igualmente de un oficio,de una profesión.Eso ya no existe.
5.-Ahora ,en plena globalización,la educación se ha convertido en un gran negocio y casi todo se lo ha dejado a la iniciativa privada.Por eejmplo las carreras de enfermeria técnica y otras afines están totalmente en manos de institutos privados,que cobran un ojo de la cara y aquel que no tiene dinero,porque no tiene trabajo o porque gana poco, simplemente no puede estudiar,porque no hay instituciones del estado,como alternativa para quienes no cuenten con los recursos indispensables.
6.-Podrian ser suprimidas definitivamente las facultades de educación y los institutos pedagógicos,pero igual no se resuelve el problema,porque los gobernantes de turno no rompen con este monopolio,donde se privilegia más la discución sobre qué metodologias aplicar, con el consiguiente problema de si se ha de aplicar el conductismo o el estructuralismo,etc.Y de poco sirve,aquello de qué enseñar,de poco sirve si el profesor conoce sus temas,si investiga y tiene una gran cultura.Eso no cuenta.
7.-Se critica que un profesor no cuenta con mayores niveles académicos,que debe tener maestrias y doctorados.Pero el gran problema es que estudiarlas demanda una gran inversión de dinero,que no está al alcance de cualquier persona.Tanto las universidades privadas como las estatales cobran precios prohibitivos y esto ya no importa a gobierno alguno.En el Perú,todo es cuestión de dinero.Si se lo tiene se puede hacer un montón de posgrados y aquel que carece de medios económicos simplemente está frito como pescadito en una sartén.Lo que no sucede en otros paises donde este tipo de estudios son módicos y no caros como en el Perú.Ningún gobierno ,en el Perú, hace nada por evitar estos abismos sociales.No existe la igualdad de oportunidades.Pese a que siempre nos hablan de la lucha por la justicia social,la lucha por la reducción de la pobreza,etc. Empero,las desigualdades sociales y económicas se reducen cuando el Estado da facilidades al pueblo para estudiar una profesión, para medicinarse,para alimentarse y para obtener un trabajo digno y decoroso.Pero para todo esto,el estado debe cumplir su rol promotor,orientador y regulador,garantizando la gratuidad de los servicios públicos como son la salud,la educación, la alimentación.el trabajo,etc. Bajo el esquema neoliberal,el Estado asume el papel de un simple gendarme y se rige por el principio de "dejar hacer y dejar pasar",el clásico lema de los fisiócratas y de los liberales,dejándolo todo a las leyes del mercado,de oferta y demanda.
Historia del toro bravo,color barroso

HISTORIA DEL TORO BRAVO, COLOR BARROSO
Por:Florencio Llaja Portal
Recuerdo, una vez tuve unas conversaciones con el señor José Gil Villanueva para que me vendiera algunas cabezas de ganado vacuno, en su fundo “El Nochapio”, quedando para una fecha fija y sin permitir tregua alguna, en la fecha señalada, me conducí a su domicilio en Chilcahuayco. Llegué por la tarde. Me quedé en su casa. Fui bien atendido. Llegó la noche. En esas alturas el frío es intenso. Pero nada me fue extraño. Para dormir me protegieron buenos colchones de pura piel de carnero, colocados en forma yuxtapuesta, mil veces mejor que “comodoy”. De igual manera las frazadas, unas sobre otras, mas complicadas que una biblioteca, de manera que el frío desapareció y se alejó por tras las montañas de “Cumullca”.
Por la mañana bien temprano yo me puse de pie, demostrando un semblante varonil. Aunque los dueños de casa insistieron, que no me levantara todavía, que era muy temprano, yo les contestaba con toda broma. En fin, ya la señora Tomasa junto a su fogón, preparaba el desayuno, Ardían las llamas que producían las leñas de paja hualte, moduladamente trenzadas a mano y secadas con el rigor del templado sol.
A medida que aprovechábamos el sabroso desayuno, de ricas papitas nuevas sancochadas, con sus cascaritas reventadas en forma de un capullo de rosas, abiertas de par en par y nos íbamos tomando un caldazo de carne de res, bien gorda, al cual se agregaba las hojitas de cebolla, ruda, paico, perejil bien molido, más su ajicito...
Por otro lado, ya estaba preparando el buen fiambre: un charqui de carne, hecho picadillo, bien doradito en pura grasa de vacuno. Al momento de la partida al potrero, yo me encargué de echar al hombre una buena lapilla, asegurado en precioso mantel; lo puse en mi alforjita de viaje, más ni “laciadera” enrollada. Nos despedimos de la señora Tomasa. Don José tomó la delantera. Toda la travesía hasta llegar a la rinconera de Auchán la marcha fue normal, pero al principiar el alpinismo, la subida, hacia la fila de Nochapio, este ganadero comenzó a correr una maratón; yo pensé que lo hacía de broma; bueno, yo tenía que seguirlo. Al cabo de una larga distancia volteó la mirada para verme donde me encontraba y como yo estaba aún distante, él se sentó para dar unas cuantas chacchadas de coca, que guardaba en una guayaquita de lana de oveja y lo llevaba bien asegurada en el brazo izquierdo.
Cuando yo llegué a su lado, me di cuenta que él había corrido a propósito. Después de unos cinco minutos de descanso, se levantó y me dijo: ¡Vamos! Comenzó nuevamente a correr, a velocidad y así, a este paso, tuve que seguir la jornada del viaje. De trecho en trecho volteaba la mirada para ver si yo me retrasaba. Entonces pude advertir cómo el sudor ya se dejaba notar en él y por su rostro se deslizaba, secándolo pronto con una esquina de su poncho, el cual cubría su cuerpo. Se sentaba un breve tiempo para chacchar. Yo, desesperado, también me sentaba ha descansar, porque la respiración me faltaba. Me sentía todo cansado, pero jamás podía sentir un solo grado de calor, pues el aire allí es muy duro y frío para alguien nuevo, que se atreve a cruzar esas alturas, siendo asimismo sumamente complicado.
Después de tanto sacrificio para mí, al fin llegamos a la cumbre. Sonriente, el ganadero me admiró y me aseguró que yo era el único que pude seguirlo en esa escalinata, en esa clase de caminata. Otros compradores de ganado habían fracasado.
Caminando jadeantes y sudorosos coronamos la altura y luego comenzamos a bajar una entrada llana y pantanosa, rodeada de una cadena de montañas, sereñas, embiestas y rocallosas, las que dan origen a muchas quebradas. Por algunas de ellas, se deslizaban corrientes de aguas puras y cristalinas. Todo este sector lo encontramos cubierto de neblina, la cual se desplazaba empujada por los vientos iracundos de la jalca, que rompían igualmente las nubes en capullos. Cuando esta fuerza del aire chocaba entre las rocas producía sonidos estruendosos, más potentes que los mugidos de un conjunto de toros rivales, que se acometen.
Cuando llegamos a la pampa nos sentamos a descansar y comer el fiambre. En esos instantes don José Gil sacó su largavista para ubicar su ganado, el cual reconoció cerca de laguna verde. Me pidió que me quedara donde estaba, descansando, mientras él se fue con su perro a bajar el ganado.
Después de descansar un momento, me levanté y me dirigí a una alturita para observarla como eran esos terrenos. Cuando retorné hacia donde me encontraba, me di con la sorpresa de que un famosos toro bravo me esperaba. Era el rey de ese potrero. Estaba echado frente a mí. En cuanto me vió se levantó con un nasal mugido. Dio dos rascadas al terreno y embaló hacia mí. Yo que estaba con mi poncho en el hombro, con toda agilidad lo convertí en capa y me puse a torearlo. El toro pasó como un relámpago por mi lado, dejando a su paso una fuerte regada de aire que azotó todo mi cuerpo. Su irrefrenable velocidad lo llevó hasta un puquial, donde el toro bravo se hundió hasta las costillas, pero desde allí con su furiosa mirada parecía devorarme. Aquel manantial fue mi providencial aliado y aunque el astado animal hubiera querido matarme, con su maldad a cuestas estaba aprisionado allí hasta la muerte.
Mi ponchito, que me sirviera de capa, era nuevo y estaba bien perchadito y riveteado a mí agrado. Pensé que el toro con el asta lo había roto, o que se hubiera llevado alguna franja, pero felizmente estaba conforme, perfecto. También observé cuidadosamente mis costillas y me di cuenta que todas estaban ilesas y perfectamente en su lugar. Créanme, amigos lectores, que yo también era ganadero como don José Gil pero nunca fue capaz de torear ni siquiera un becerro. En esta oportunidad me hice torero para salvaguardar mi vida.
Dios me favoreció. Cuando llegó a mi lado don José Gil, que había presenciado aquel peligro, me felicitó muy de verdad y me dijo con sinceridad que podía llegar a ser un torero de gran prestigio. Me confesó que él lo había observado todo, como digo, inclusive me había llamado avisándome que allí estaba el toro bravo, pero yo no había escuchado sus advertencias por la fuerza del viento. Don José Gil fue a su domicilio y retornó con su escopeta. Le dio un tiro de gracia y el toro acabó con sus padecimientos. “Ahí quédate! Tantos hay para tu reemplazo.... – exclamó don José Gil mientras se alejaba con el arma asido y dejando en el puquial al toro muerto. Luego nos pusimos a separar el ganado que me había vendido, con los que emprendimos el retorno. Cuando estábamos a media subida volvimos la mirada y vimos que un sin número de rapaces buitres y gallinazos daban buena cuenta del toro.
Confieso que para mí ese momento inesperado fue un profundo espasmo, pero pasado el peligro, y al recordarlo en otros instantes de mi vida es un jolgorio. Aun sigo recordando cómo miraba el toro, cómo revisaba mi ponchito y cómo palpaba mis costillas... Pues son actos imprevistos de la vida. Al recordar estos trances que me parecen fantásticos y lúgubres de mi pasado me ocasionan tanta alegría, semejantes a ciertas gotas de rocío cuando caen en un desierto o bien cuando caen sobre los pétalos adorables de una flor moribunda para hacerlo revivir y prolongar su vida. Así fue la historia del toro bravo, color barroso.
Lima, 1° de mayo de 1999.Florencio Llaja Portal.
La Serpiente de Oro,una novela inolvidable.

Esta novela costumbrista es del escritor peruano Ciro Alegría Bazán (1909-1967).Con ella obtuvo, en 1935,el premio de novela por la Editorial Nascimiento de Chile, donde se encontraba desterrado a causa de sus ideales políticos, pues era militante del Partido Aprista Peruano-PAP, opositor al régimen del general Oscar Benavides Larrea (1933-1939).En esta obra, que pertenece a la corriente literaria del realismo costumbrista, el autor humaniza el paisaje y presenta al río Marañón , tributario del Amazonas, el más caudaloso del mundo, como uno de sus principales personajes y al que ,metafóricamente , lo llama asi ,porque el río es visto desde arriba, desde el cerro Campana como una gran serpiente... y como es tan rico! en oro el nombre resulta apropiado .El Marañón aparece ante los ojos de los hombres, que viven a sus orillas, como una deidad, que sabe infundir temor y respeto, ya que "con la bravura de un puma acosado",se abre paso de la sierra a la selva rompiendo montañas. Es el río de la vida y de la muerte, ya que en épocas de crecidas, a consecuencia de las lluvias torrenciales, inunda las playas de los valles, arrasando con los cultivos de pan llevar.La novela tiene como escenario principal de sus personajes, el valle de Calemar ,una comunidad andina, ubicada en el norte del Perú, concretamente en el distrito de Bambamarca ,provincia de Bolívar, departamento de La Libertad. En Calemar, los balseros se pasan la vida a bordo de sus frágiles embarcaciones ,con las que diariamente atraviesan el río Marañón, yendo de una orilla a la otra, transportando pasajeros y carga , en tanto que el ganado vacuno y caballar, etc. lo cruzan a nado.La parte troncal y central del relato está conformado por la familia del viejo Matías Romero, que representa a la sabiduría, porque conoce mucho sobre la vida y sabe narrar historias. La integran su esposa doña Melcha y sus hijos, entre ellos Rogelio y Arturo, dedicados al trabajo de balseros. El primero, Roge, muere ahogado en las aguas del Marañón al zozobrar la embarcación a causa de un mal paso y el segundo, Arturo, se irá del lugar, luego de haber raptado a la chola Lucinda, a la que sedujo en la fiesta patronal del pueblo, celebrada en honor de la virgen del Perpetuo Socorro.Hay igualmente otros personajes que cumplen un papel secundario como el ingeniero limeño Osvaldo Martínez de Calderón, quien muere mordido por una víbora Intihuaraka cuando se disponía a recoger el oro de los lavaderos del Marañón. Aquella culebra amarilla como el codiciado metal, que iba a explotar, al acabar con su vida, dejaría de paso viuda a la chola Hormecinda, que traería al mundo un niño rubio como el difunto ingeniero. El cura Casimiro Baltodano, oriundo de la vecina provincia de Pataz, es descrito por el novelista como un depravado que se torna bailarín y bebe licor en las fiestas patronales y gusta de las mujeres, de las que abusa sexualmente. Acusado de autoritario, borracho y mentiroso es obligado a huir del pueblo a lomos de bestia y aprovechando la complicidad de la noche. Primero fue acusado por el pueblo de haber oficiado misa para todos los cristianos cuando debió efectuar misas por separado, aduciendo que los dos soles que cada cristiano le había dado no le alcanzaba pero ni para comprar el vino y que si ellos querían misas aparte tenían que pagar cinco soles por persona, lo que motivó el enojo y la indignación del pueblo, que lo buscaron por su alojamiento para propinarle una paliza. Florencio Obando, el Teniente Gobernador, es descrito por el novelista como un hombre analfabeto, que manda redactar sus documentos con su hijo y encargándose él únicamente de estampar su sello de autoridad política. Ignacio Ramos, conocido como Riero, aparece en la novela como un ser desdichado, perseguido por la justicia en forma implacable desde que mató a un hacendado cuando este lo atropello con su cabalgadura y él se defendió con su cuchillo, con el que los destripo y luego tuvo que matar a dos policías y un teniente con su revólver cuando lo perseguían.Por último, debemos señalar que en esta obra se presenta dos tipos de conflictos. El primero ,la lucha del hombre contra la naturaleza, un combate desigual y heroico y por lo tanto un duelo épico entre el cholo del valle de Calemar con la selva y el río Marañón. El segundo conflicto es el choque que se produce entre el centralismo limeño y las regiones apartadas del Perú, que se hallan desoladas y postergadas. Este choque se expresa mediante el ingeniero Osvaldo Martínez de Calderón, que simboliza la modernidad de la urbe limeña y los hombre de Calemar, que viven postergados y aferrados a sus costumbres tradicionales.
Llamactambo.Relatos prehispánicos.

Autor: Ramiro Sánchez Navarro
La quietud y el silencio de la noche se vieron alterados por los gritos desaforados, de horror y desesperación, lanzados por Wáman Quispa, el octogenario curaca. Cuando el curandero Oncho Shel acudió en su auxilio, lo encontró sentado al borde de su camastro. Sudaba copiosamente y aún le temblaba el cuerpo.
- ¿Qué le pasa, Apu?
- Nada grave, hijo. Ha sido sólo una pesadilla, que me estuvo atormentando. Vuelve a tu aposento. Cuando requiera de tus servicios no dudaré en llamarte- le pidió con el semblante demudado, descompuesto, aunque tratando de minimizar su malestar.
La luz mortecina de un candil, alimentado con sebo de llama, dábale aspecto lúgubre al dormitorio del curaca. Las ráfagas de viento que afuera soplaban, lograban filtrarse hacia adentro por las rendijas de la puerta y el hueco de las viguillas amenazando con apagarla.
El curandero abandonó el dormitorio del curaca poseído de una súbita preocupación:
- Algo grave, muy grave y extraño le está pasando; si al menos pudiera saberlo! - Largo rato se mantuvo despierto y en estado de alerta. Cuando se percató que el jefe de la tribu había reanudado el sueño, recobró la calma y él también se durmió.Cinco años antes, el anciano curaca había sufrido una crisis similar. En ese entonces, se vió asaltado por las pesadillas. Y el canto agorero del pájaro Chushék, en altas horas de la noche y cerca al amanecer, era el anuncio de malos presagios. El curaca temió su propia muerte o en cambio la de algún miembro familiar. Un año más tarde, cuando ya no recordaba aquel canto malagüero, perdía a Mamaik Chuquimis, su mujer, quien por salvar a una tierna llama, que no podía salir de un puquial, aventuróse a sacarla. Pero, Mamaik resbaló y cayó, igualmente, al fango, hundiéndose irremediablemente junto al animalito, al que pretendía evitar la muerte. Desde entonces el curaca quedó viudo y sus doce hijos, al formar nuevos hogares, lo fueron dejando solo, rodeado únicamente de sus servidores.
Mientras la noche se tornaba más profunda en medio de aquella quietud, la fortaleza de Pirca-Pirca emergía sobre la cima de un cerro, envuelta en un manto oscuro. Dentro de sus pétricos muros, la vida humana bullía. Por razones de seguridad y estrategia defensiva, servía de morada al curaca y a los demás miembros de su gobierno, integrantes de los camachics o Consejo de Ancianos, pertenecientes a la alta jerarquía social.
La magnífica fortaleza, rodeada por el denso verdor de los pajonales y arbustos, contaba en la entrada con una sucesión de marcadas sinuosidades y a manera de escudo protector tenía por delante una piedra enorme que era precioso rodearla para llegar hasta ella. Por unos de sus flancos, sus paredes de piedra se alzaban al nivel de un enorme desfiladero, por donde era prácticamente imposible un asalto del enemigo. Precisamente, aquel desfiladero iba a morir en una huequera, en cuyo fondo espejeaba la laguna de Michimal, y en la ladera de la colina contigua, se alzaban en forma escalonada las casas de la llacta, de igual nombre.
En épocas de verano, los niños acudían a dicha laguna para nadar y jugar. Lo propio hacían las guachuas y demás aves palmípedas en horas de la mañana.
Tres horas después el curaca despertó. Y como le seguía preocupando la suerte del rebaño, se aproximó hacia la puerta, tras ponerse el unku y las ojotas, para ver si ya amanecía. En efecto, el amanecer estaba cercano. Afuera corría un viento helado y ululante. En el sombrío firmamento, las estrellas se tornaban invisibles, y sólo chaska, el lucero del amanecer, despedía una luz pálida y blanquecina sobre el idílico valle de Chitapampa.
El apu de la tribu no se atrevió a abrir la puerta. Tiritaba y castañeteaba de frío, de aquel frío que subrepticiamente se colaba al interior de las viviendas, por las rendijas de la puerta y por los huecos de las paredes. Volvió a sentarse sobre la Para o camastro. Crispando los puños exclamó con incredulidad:
- ¡No puede ser! No puede ser! ¡Eso nunca!
En esta ocasión, el curandero no acudió a prestarle algún tipo de auxilio. En la habitación contigua dormía plácidamente, doblegado por el sueño.
Lo que a Wáman Quispa le preocupaba sobremanera era haber soñado que los grandes rebaños de llamas y alpacas, base y sostén de la economía de su ayllu, habían muerto de hambre y de sed y también devoradas por las fieras. En dramáticas escenas, que se sucedían unas tras otras, vió horrorizado cómo las extensas praderas, las Wayllas eran consumidas por el fuego. Así, las Michina Allpacuna de Huampatén, Quinahuayco, Chilcahuayco, Andul, Cascapuy, Michimal y Auchán, tras el voraz incendio quedaban reducidas a tierra quemada y calcinada.
Cuando Wáman Quispa se devanaba los sesos buscando una lógica explicación del lamentable siniestro, se le presentaron unos hombres extraños y estrafalarios, armados de arcos y flechas, que entre risotadas burlonas le decían:
- Ahora ya no tendrás donde pastar tus animales, tus llamas y alpacas!
- De la decena de hombres, uno de ellos que dijo llamarse Tokup, adelantóse unos pasos, señalándole con el índice derecho, le dijo:
-Dejarás de ser un Llamamichik, un cuidador de llamas. De hoy en adelante serás un huaccha. Nosotros hemos quemado tus pastos disparando flechas incendiarias.Entre burlas y carcajadas estrepitosas los vió desaparecer, en la enmarañada vegetación de la selva colindante, donde moraban los chunchos infieles, de caras tatuadas y pintarrajeadas. Tras reponerse de aquella crisis, le pareció que el sueño era bastante extraño, irreal, pues la relación entre tribus selváticas y andinas era amistosa, pacífica, de mutuos intercambios. No habiendo motivos para posibles discordias o desavenencias, que involucraren nefastamente a la gente de ambas regiones.
En ese mismo sueño, Wáman Quispa, advirtió que por donde aquellos malvados indios habíanse introducido, aparecían intempestivamente una larga fila de zorros y pumas famélicos, cuyas costillas podían ser vistas y contadas a simple vista, dirigiéndose de prisa a las Canchacuna de Llamactambo, deseosos de darse un opíparo banquete con las llamas y las alpacas.
Aquellas oníricas escenas, por demás truculentas, lo sumieron en la desesperación. Con ambas manos cogió su cabeza, como si de pronto temiera que estallara. Con incredulidad, varias veces la movió negativamente. Se incorporó y con aire resuelto se ciñó en la frente una hermosa Wuaraka, el arma principal en sus luchas y al mismo tiempo tocado y distintivo de su tribu. Enseguida cogió el arco de chonta y el bolso repleto de flechas. Abandonó su dormitorio envuelto en las sombras claroscuras del nuevo amanecer. Con andar sigiloso y felina agilidad ascendió las escalinatas internas, que conducían hacia la terraza de piedra. Luego descendió las escaleras externas y como si temiera ser sorprendido, se encaminó presuroso hacia las Canchacuna de Llamactambo.
Después de varios minutos de esforzada caminata había arribado a su destino. El numeroso rebaño de llamas y alpacas aún dormitaba, totalmente ajeno a sus temores. Aliviado y reconfortado exclamó:
- Ha sido sólo una pesadilla, un sueño amargo. Gracias padre Sol. Extendió sus dos fornidos brazos, como alas de cóndor, en la dirección por donde el astro del día hacía su aparición todas las mañanas. De pronto, los ojos taciturnos y su rostro broncíneo, se iluminaron, exteriorizando una profunda gratitud a la deidad tutelar.Luego de inspeccionar los amplios y espaciosos rediles estimó poco probable que una plaga de zorros y pumas acabaran con la manada. Consideró exagerado el sueño. Pues los corralones estaban bien protegidos por defensas naturales, por muchos allcos y por los pastores, que siempre estaban atentos al menor ruido. Y como para alejar definitivamente la soñada amenaza, el propio curaca convocó a los hombres de su ayllu y de otros, entre ellos a los de Chíbul, Pomio, Chuquipampa y Cajamarquilla, a una gran cacería. Doscientos hombres expertos en este tipo de menesteres, disfrazados de felinos o de indefensas llamas y alpacas, y armados de porras, macanas, lanzas, warakas, arcos y flechas, incursionaron en las selvas de Llibán, Sara Sara, Nochapio, Chibuliaco y Guayabamba, resultando todo un éxito. Y fue así como muchos zorros, pumas y osos acabaron con sus vidas. Sin embargo, la sola idea de la muerte de sus rebaños en tan grande magnitud le llenaban de espanto y zozobras.
Wáman Quispa sabía de sobra que en los campos de pastoreo siempre habían peligros. Los zorros, los pumas y los cóndores, burlando la vigilancia de los perros y de los pastores y contando además con la complicidad de las tupidas neblinas, hacían presa fácil de aquellas llamas y alpacas que se apartaban o extraviaban del grupo.
Aunque aquellas mermas en el rebaño no representaban amenazas mayores, y hasta parecía natural que tales cosas sucedieran. Sin embargo, él siempre temió que aquello que había visto en sueños se convirtiera en una horrible realidad. Acosado por las dudas y temores decidió ir en busca de Quen Pillavish, el más renombrado chamán de toda la región, quien residía en la wasicuna de Pualán. Anciano de venerables canas, que holgadamente sobrepasaba los 100 años.
Gozaba de buena salud, gracias a su vida metódica y de disfrutar del aire libre y puro. Gozaba además de gran lucidez mental y de una proverbial sabiduría. Alternaba su estancia entre su morada y el muchaywasi de Huacaloma. Aunque en los últimos años de su vida solía permanecer más tiempo en el adoratorio consultando los oráculos de los dioses tutelares, que cada vez exigían mayores sacrificios en llamas y alpacas y ofrendas de comidas.
También se ocupaba en inspeccionar las tarpuna allpacuna de Huacaloma y Gualchún, donde los runas del ayllu sembraban tubérculos como papas, ocas, mashuas y ollucos. En las cuales igualmente se cultivaba quinua, tarwi, cañíhua, kiwicha, habas, paico y huacatay.Apoyándose en un bastón de lloque, Wáman Quispa había llegado hasta la puerta del chamán. Al verlo sentado en el interior de su vivienda, le dijo:
- Quen Pillavish, te saludo en nombre de nuestros dioses (Alzó su mano derecha y luego se prosternó en clara señal de reverente saludo).
- Que nuestros dioses tutelares nos protejan. Que la Pachamama nos alimente y que nuestro padre el Sol brille siempre sobre nuestras cabezas- Respondió el anciano adivino. Luego lo invitó a ingresar a su morada.Wáman Quispa tomó asiento sobre una piedra artísticamente tallada y rematada en una cabeza de puma rugiente. Quedaron sentados frente a frente. Deshaciéndose en atenciones, el dueño de casa quiso celebrar la visita de tan ilustre personaje brindando con la dulce chicha de jora. De una botija de barro escanció la reconfortante bebida a dos mates de calabaza.
- Celebremos tu visita, hermano curaca. Luego me dirás lo que te trae por aquí. Veo tu rostro preocupado. Algo malo te debe estar sucediendo...
Levantaron cuidadosamente sus mates y refrescaron sus gargantas. Wáman Quispa comenzó a narrarle en forma detallada y minuciosa el drama que lo venía atormentando desde algunos meses.
- Consultaré los oráculos, pero una respuesta inmediata no es posible, porque para ello, primero se requiere de ayuno y abstinencia, así como de algunas ofrendas en alimentos y bebidas a nuestros dioses a fin de predisponerlos para alcanzar estos favores.
Al cabo de tres días, el curaca retornó a entrevistarse con Quen Pillavish.
- Días terribles nos esperan hermano curaca.- Sentenció el experimentado chamán con la voz grave y el ceño adusto. Quen Pillavish, en efecto, había consultado los oráculos de Huacaloma.
Qué nos podrá suceder? - Inquirió el curaca, intrigado y frunciendo el entrecejo.
- Nuestros dioses hablan del exterminio de nuestra raza. Vendrá otra humanidad, otras gentes. Se acabarán las llamas, las alpacas, los guanacos, las vicuñas y los pulluhuacras. En nuestro reino quedarán sólo los nombres como meros recuerdos de nuestra existencia. El adivino hizo una pausa. Miró en rededor suyo, como si estuviera buscando algo. Wáman Quispa preguntó consternado:
- ¿Se acabarán las Canchacuna de Llamactambo?
Sí; pero su nombre quedará allí. Nos sobrevivirá como mudo testigo de que en dicho lugar mandaban guardar los rebaños del ayllu.
Tras algunos momentos de gran emotividad y suspenso, Quen Pillavish siguió hablando en forma serena y pausada:
- Yo estoy ya viejo y cansado de vivir. Necesito recogerme con los míos. Cuando tú, hermano curaca, eras apenas un niño, yo era un hombre adulto. A los de mi generación nos tocó vivir una amarga experiencia, una pesadilla. Nuestro pueblo tuvo que enfrentarse a los ejércitos de Túpac Yupanqui. Yo soy uno de los pocos sobrevivientes de aquella guerra infausta. Y aunque peleamos bravamente en defensa de nuestra libertad y de nuestras tierras, fuimos vencidos y subyugados. Mucha gente de ambos bandos murió, porque la guerra es así, trae sólo desolación y muerte. Sin embargo, el Inca contribuyó a acrecentar nuestra riqueza. Nos posibilitó un mejor vivir. Nos trajeron muchos conocimientos y gracias a ellos adoramos al Sol y la Luna, dioses benefactores, que nos traen la luz en el día y en la noche. Nuestras costumbres han mejorado y nos entendemos con ellos en su propio idioma. La serpiente y el cóndor, que nos llenan de admiración y de espanto, hoy son nuestros dioses menores. Pudimos aprovechar mejor aquellas laderas.- El anciano chamán se puso de pie y señalando con el índice derecho los andenes de Urniche y Ollapampa, visibles a través de su pétrica ventana, dijo: - Ahora están adornados con muchos andenes, acequias y estanques... pero, como te digo, lo que nos sobrevenga en el futuro será terrible y catastrófico.
Wáman Quispa, encerrado en su propio mutismo, retornó a su morada. Le había impresionado vivamente el viejo chamán, cuya voz temblorosa y desgarrada era portadora de los negros vaticinios a su nación; al recordarlos, parecían martillos que, inmisericordes, golpeaban su cerebro.
Quen Pillavish murió tiempo después. En tanto Wáman Quispa lograba sobrevivirle por muchos años más, sin que las dramáticas profecías llegaran a cumplirse. Empero, en el día menos esperado, tocaba las puertas del reino, la guerra civil entre los hermanos Huáscar y Atahualpa, que unos meses atrás había estallado. En el pueblo de Cajamarquilla, dos notables vecinos de dicho lugar, los hermanos curacas Lucana Páchac, tomaban abierto partido por la causa del emperador quiteño, pero la gran mayoría de los demás reyezuelos lo hacían en favor de Huáscar. En consecuencia, los chachapuyas de todos los ayllus procedieron a enrolarse en ambos ejércitos. ¡La fatal división se había producido!. Sobrevino una grande y terrible matanza. Muchos cuerpos inertes quedaron insepultos, a la intemperie, sirviendo de alimento a las aves de rapiña durante varios días. El aire se cargó de un hedor insoportable. Los shingos o gallinazos sobre todo estaban de plácemes. Hubo pestes... En todas las plazas o patacunas del reino corrió de boca en boca la noticia de que el Inca Atahualpa había sido hecho prisionero y muerto por unos seres extraños que parecían wiracochas. Se trataba sin duda de los conquistadores españoles, con Pizarro a la cabeza, quienes además se encargaron de ahondar la división de los chachapuyas y para ello no tardaron en enviar á Alonso de Alvarado como jefe de la expedición y a sus lugartenientes: Juan Pérez de Guevara y Gómez de Alvarado. La muerte del Inca trajo a la vez la muerte de muchos de sus adeptos. Hombres y mujeres, dando alaridos salvajes y llorando sin consuelo, optaron por el suicidio, con la única finalidad de acompañar al Inca en su viaje al más allá.
Vino igualmente una prolongada sequía, como para complicar aún más la situación. El agua de los ríos y riachuelos se secó. Las dilatadas tierras de pastoreo se cubrieron de amarillentos y secos pastizales. Las llamas y las alpacas enflaquecieron y pronto comenzaron a morir de inanición.
Los sobrevivientes buscaron internarse en las enmarañadas selvas de las comarcas vecinas por temor a esos seres extraños, que tanto daban que hablar.
Wáman Quispa se fue quedando solo...
Cierto día aparecieron cerca a la ciudadela de Pirka-Pirka muchos zorros y pumas muertos. Tenían el cuerpo cubierto de sarna o caracha, enfermedad contagiosa que no tardó en afectar al ya mermado rebaño, que con el correr de los días se iba reduciendo aún más.
- ¡Maldita caracha! -mascullaba el jefe de los llamamichicuna estrujando entre sus dedos el vientre de algunas llamas, haciendo brotar al instante sangre renegrida y pústulas maléficas. Víctimas de este terrible mal y a falta de pastos, el numeroso rebaño se fue extinguiendo en forma inexorable e irremediable.Frente a la dura realidad de los hechos, Wáman Quispa se sintió impotente y pareció desfallecer. Adolorido y entristecido abandonó por última vez la ciudadela de Pirka-Pirka. Previamente había enterrado sus pertenencias. Con paso vacilante se encaminó hacia los corralones de Llamactambo. Un buen rato permaneció con la mirada fija, inmóvil y contemplativa sobre el reducidísimo hato, que bien se podía contar con los dedos de la mano. Todas yacían en estado agónico. A pocos pasos, separadas del grupo, una alpaca y una llama juntas también se iban despidiendo de este mundo. Hacia ellas avanzó. Luego de contemplarlas, cayó de rodillas. Como prueba de su cariño las abrazó de sus cuellos, metiendo por entre aquellas dos lanudas cabezas, la suya, que estaba orlada con el tocado y distintivo de su reino. Cuando constató que todas estaban muertas, creyó entonces que su vida no tenía razón de ser. De su bolso extrajo una flecha, cuya punta filuda, la incrustó en su propio corazón; herido y sangrante, por allí la vida se le fue escapando. En los estertores de su violenta muerte, el viejo chachapuya pareció sonreír haciendo una extraña mueca. Poco a Poco, sus ojos de extraño mirar se tornaban vidriosos y se fueron cerrando para siempre. Wáman Quispa exhaló el póstrer suspiro y cayó de bruces.
En aquellos momentos, por el lejano horizonte, el Sol, convertido en bola de fuego, se ocultaba entre nubes rojizas y sanguinolentas. Tras su paso, en las Canchacuna de Llamactambo, quedaban varios cuerpos inertes e insepultos. Muy pronto, los campos desolados y tristes se fueron sumiendo en la oscuridad de una noche trágica, embargada y saturada de hondo pesar. En la laguna de Michimal, las aguas estaban quietas, ausentes del gorgeo y chillido de las aves y la alegría de los niños.
GLOSARIO
ALPACA.- (Lama pacus) camélido sudamericano doméstico, más pequeño que la llama y cubierto de abundante fibra.
ALONSO DE ALVARADO.- Conquistador español. Fue comisionado por Francisco Pizarro para someter a la nación chachapuya en 1536.
ALLCOS.- Perros, canes.
APU.- Nombre que se le da a los jefes de las tribus nativas peruanas.
ATAHUALPA.- Último Inca, gobernante del Imperio del Tahuantinsuyo. Murió en Cajamarca en 1533, a manos de los conquistadores españoles.
AYLLU.- Célula de la sociedad andina prehispánica/familia de familias.
CAJAMARQUILLA.- Término castellanizado, proviene de Cassamarquilla, topónimo con el que se conoce a varios pueblos peruanos, de procedencia prehispánica.Cajamarquilla fue uno de los principales pueblos del reino chachapuya. Hoy es el pueblo y distrito de Bolívar, situado en la provincia del mismo nombre, Departamento de La Libertad.
CAMACHICS.- Reunión o concejo de ancianos encabezados por el curaca principal, en las sociedades nativas americanas, cuyo fin era deliberar sobre cuestiones de Estado o de gobierno.
CANCHACUNA.- Rediles, corralones, apriscos// lugares destinados para guardar el ganado.
CAÑIHUA.- (Chinopodium pallicaule)
Planta oriunda del Perú, de tallo herbáceo, delgado y muy ramificado, de hojas alternas y trilobadas, de flores que crecen en espigas, de semillas cubiertas por un tegumento que se desprende fácilmente; son comestibles y gozan de alta estimación.
CARACHA.- O carachi, sarna// Enfermedad que diezmó en 1548 a millares de camélidos de las 4 especies: llama, alpaca, vicuña y guanaco. También acabó con la vida de ciertas fieras, zorros y pumas.
CURACA.- El jefe de una tribu peruana o americana // cacique.
CHACHAPUYA.- Sinónimo de chacha, sachapuya o cachapcolla. Nación o reino prehispánico que comprendía los actuales Departamentos peruanos de Amazonas, San Martín y las provincias de Pataz y Bolívar del Departamento de La Libertad. Fue sometido por el Inca Túpac Yupanqui en 1475, aproximadamente.
CHASKA.- El planeta Venus, llamado asimismo "lucero de la mañana" o "lucero de la tarde".
CHIBUL.- Nombre de uno de los ayllus del reino chacha. Está situado en el actual distrito de Uchucmarca. En 1536, el capitán español Juan Pérez de Guevara estableció allí una capellanía, bautizada con el nombre de San Antonio de Chíbul.
CHITAPAMPA.- Lugar abierto donde se apacienta el ganado, de preferencia lanar// Sector perteneciente al distrito de Uchucmarca, Bolívar, La Libertad.
CHONTA.- Palo duro, resistente y flexible. Es utilizado en la fabricación de arcos y flechas.
CHUNCHOS.- Nombre de una tribu amazónica del Perú, que en otros tiempos eran huraños y hostiles al hombre blanco y mestizo// Sinónimo de arisco, montaraz.
CHUSHEK.- Pájaro agorero, que deambula en altas horas de la noche.
FRANCISCO PIZARRO.- Conquistador español. En 1532 sometió al imperio incaico.
JUAN PEREZ DE GUEVARA.- Conquistador español. Tomó parte en la conquista de los chachapuyas. Actuó bajo las órdenes del Mariscal Alonso de Alvarado en 1536
GOMEZ DE ALVARADO.- Lugarteniente de Alonso de Alvarado en la conquista del reino chachapuya.
GUACHUAS.- Patillos, aves palmípedas, que viven en las lagunas de las punas.
GUALCHUN.- Un sector del distrito de Uchucmarca.
GUANACO.- Animal silvestre, que guarda mucha semejanza con la llama doméstica. Son de color castaño.
GUAYGUASH.- Gato montés pequeño y alargado, pumillo. Es muy dado a comer gallinas y cuyes.
HUACALOMA.- Santuario, templo o cementerio situado sobre un promontorio// Es el nombre de un lugar en el actual distrito de Uchucmarca.
HUACATAY.- Chincho// hierba que molida sirve de condimento. La gente del Ande suele comer las papas cocidas, así como otros tubérculos, untándolos con este condimento, al que se le añade sal molida.
HUACCHA.- Pobre, huérfano, desamparado.
HUASCAR.- Soberano Inca, que murió por orden de Atahualpa, durante la guerra civil que los enfrentó en la lucha por el trono (1530-33).
KIWICHA.- O Quihuicha (bot. amarantus edulis) planta herbácea, oriunda del Perú, se le conoce por varios nombres populares: achis, achita, coimi y coyo. Crece en lugares secos y templados desde los 300 a 2500 metros de altura y se le cultiva sólo en los pequeños fundos del Cuzco y Apurímac. En el norte del Perú crece en estado silvestre.
LUCANA PACHAC.- Es el nombre genérico de dos curacas del pueblo de Cajamarquilla (Bolívar). Durante la guerra civil pelearon contra Huáscar y a favor de Atahualpa, el Emperador quiteño. Se les conoce también como Lucana Pachaca.A la muerte de Atahualpa, ambos hermanos se pusieron al servicio de Francisco Pizarro y de la conquista hispana. Convertidos al cristianismo, Francisco Pizarro, en prueba de alianza, permitió que los dos curacas llevaran su apellido. Desde entonces se llamaron Don Fernando y Don Alonso Pizarro de Lucana Pachaca, respectivamente.
Don Fernando Pizarro de Lucana Pachaca encontró heroica muerte en el pueblo de Cumba, de la nación Chachapuya, que se había rebelado contra los españoles.
LLAMA.- (Llama glama) Especie de camélido sudamericano doméstico. Muy útil por su carne y fibra. Es utilizado como bestia de carga por los indios del Ande.
LLAMACTAMBO.- Voz castellanizada, proviene de Llamactampu// Depósito o lugar donde pernoctan las llamas. Actual caserío del distrito de Uchucmarca y asiento del antiguo pueblo de Llámac. Según la tradición oral allí se alojó Túpac Yupanqui, existiendo en dicho lugar un tambo real este Inca avanzaba hacia el norte, en una guerra de conquista.
LLAMACHIBAN.- Procede de llamak y Chibani. Es el nombre compuesto de dos ayllus o pueblos chachapuyas.
LLAMAMICHICUNA.- Voz Plural; pastores de llamas.
LLIBAN.- Nombre de un sector del actual distrito de Uchucmarca, provincia de Bolívar, Departamento de La Libertad.
MACANAS.- Armas incaicas en forma de mazo, de madera, provista de púas de cobre.
MATES.- Depósitos de calabaza. Son utilizados para beber chicha u otros líquidos.
MASHUAS.- (Bot. Tropasolum tuberosum). Tubérculos andinos, semejantes en el tallo a la oca, pero de sabor amargo y picante y no se las puede comer sino cocidas. También se le llama añus o anyu; en aymara, Isaño. Es una mata trepadora, cuyas hojas son como la palma de la mano, de flores campaniformes, sépalos amarillos y rojizos, raíces largas, nudosas, de diversos colores.
MICHIMAL.- Nombre de una laguna artificial en el actual distrito de Uchucmarca// yerba de este nombre.
MICHINA ALLPACUNA.- Tierras de pastoreo.
MUCHAY WASI.- Templo, adoratorio, santuario.
OCAS.- (Oxalis tuberosa) tubérculo andino. Es larga y gruesa. Se la come cruda porque es dulce y también cocida; para conservarla se la pone al sol, y sin echarle miel ni azúcar parece conserva, porque tiene mucho de dulce; entonces se le llama caui u oca macalada.
OJOTAS.- Voz castellanizada. Proviene del quechua ushutas. Sinónimo de llanques, sandalias de cuero.
OLLUCOS.- (bot. ullucus tuberosum) olluco o lisa. Planta propia de la región andina, posee hojas anchas, acorazonadas, flores tubulares, fruto oval, raíces feculentas y aguanosas; expuestas al sol y al frío se deshidratan y es posible conservarlas largo tiempo. Se las emplea en sopas y guisos diversos.
PACHAMAMA.- La tierra madre, considerada una deidad tutelar entre los habitantes del incario.
PAICO.- (bot. chenopodium ambrosioides). Planta herbácea. Su tallo es recto, bastante ramificado y velloso; sus hojas alternas y dentadas, exhalan un olor penetrante, y en pequeñas proporciones son empleadas como condimento o como vermífugo, en infusión.
PAPAS.- (solanum tuberosum). Tubérculos andinos. Es el alimento básico. Se le come cocida o asada y también se la echa en los guisos. Para su conservación se la pasa al hielo y al sol y se le llama chuñu.
PARA.- Sinónimo de camastro, tarima, parachaca, barbacoa.
PIRKA PIRKA.- Fortaleza prehispánica, en la comprensión del distrito de Uchucmarca, provincia de Bolívar, departamento de La Libertad, Perú.
POMIO.- Nombre de un sector del distrito de Uchucmarca.
PORRAS.- Armas ofensivas incaicas, hechas de piedra pulida en forma de estrella y provistas de un mango de madera.
PUALAN.- Nombre de un sector del distrito de Uchucmarca. Importante zona arqueológica, con resto de casas.
PULLUWAKRA.- Venado, ciervo, gamo, taruka// Especie de taruka de cuernos ramificados y de abundante pelaje, propio de las zonas frígidas. Esta especie está ya extinguida en la región. Proviene de las voces quechuas: pullu = peludo, lanudo; wakra = cuerno.
QUINUA.- (chenopodium quinoa), cereal andino. Sin. de mijo o arroz pequeño, porque en el grano y el color se le asemeja en algo. Las hojas tiernas de esta planta son comestibles en los guisos.
RUNAS.- Plural de hombres, gente del pueblo.
TAITA INTI.- El padre sol
TARPUNA ALLPACUNA.- Tierras de cultivo.
TARWI.- (lupinas) Sin. tauri, chocho, altramuz// planta leguminosa, produce un fruto en forma de vaina que contiene granos muy amargos; por su tamaño son parecidos al frejol. Antes de ser consumidos se requiere hervirlos a fin de que libere su sabor amargo.Los campesinos emplean el agua del chocho o tarwi que toma un color amarillo, para lavarse la cabeza y la ropa cuando está infestada de piojos.
TUPAC YUPANQUI.- Soberano Inca. Sometió a las tribus de la nación chachapuya (1475). Durante su reinado (1460-1493) sus dominios se extendieron por Sur y Norte abarcando territorios de Ecuador, Colombia, Bolivia, Argentina y Chile.
WANKARA.- tambor, bombo, tinya.
WARAKA.- Sin. de honda// Está conformada por un lazo de longitud y ancho considerable. Es más ancha en la parte céntrica donde se coloca la piedra o proyectil y se va angostando a los extremos. Se le dobla cogiéndola de ambas puntas. Con fuerza y rápido se lo bate, dándole vueltas y vueltas sobre la cabeza, luego se suelta uno de los cabos, de tal forma que el proyectil sale disparado, merced a la fuerza centrífuga, siguiendo la dirección de la tangente.
WASIKUNA.- Ciudadela, pueblo, caserío, aldea.
WAYLLAS.- Praderas, herbazales.
WIRACOCHAS.- Dioses, concebidos como seres humanos, de teces blancas// señores, caballeros.
"Wiracocha o viracocha era el nombre aplicado a los españoles que entraron en el Perú, porque los indios los vieron con barbas y todo el cuerpo vestido... diciendo que eran hijos de su Dios Viracocha, que los envió del cielo para que sacasen a los Incas y librasen la ciudad del Cuzco y todo su imperio de las tiranías y crueldades de Atahualpa, como el mismo Viracocha lo había hecho otra vez, manifestándose al Inca Viracocha". (Garcilaso)// Viracocha (quechua; "espuma del mar") Octavo Inca. Hijo menor de Yahuar Huácac y de la coya Mama Chiclla.
VICUÑA.- (glama Vicugna). Especie de camélido sudamericano en estado silvestre. Es animal delicado, de pocas carnes y de lana fina. Es de color castaño. Son más altas de cuerpo que una cabra y son muy ligeras al correr, pues no hay galgo que las pueda alcanzar. (ramirosn@yahoo.es)
Nota.- Momias encontrdas en el Distrito de Uchucmarca,Provincia de Bolivar,Departamento de La Libertad,República del Perú.La momia grande corresponde a una mujer y la pequeña a un niño.Ambas pertenecen a los habitantes del llamado reino Chachapoya.
Los Brujos de Copallin.Relatos Prehispánicos.

Autor:Ramiro Sánchez Navarro
El Curaca Puscán, deseoso de embellecer su templo y su palacete, ordenó a los hombres de su tribu explorar algunos yacimientos auríferos y argentíferos de su comarca. Abrigaba la secreta esperanza de que algunos de estos asientos mineros fuesen morada de los codiciados metales.
Algunas semanas atrás, el jefe de la tribu había sido invitado por Chimo Kápac, rey de los chimúes, donde había quedado deslumbrado por tanto esplendor y lujo. La chicha se tomaba en vasos de oro. La rica indumentaria de sus anfitriones, adornados con objetos de oro y plata, contrastaba con la suya pobre y humilde.
Al regresar a su tierra, Puscán creyó que tal estado de cosas no era digno de un curaca, como él.
Varios meses los copallines se habían pasado tratando de localizar alguna mina de oro y otra de plata, pero todos los esfuerzos resultaron vanos. Desalentados retornaron ante la presencia del jefe mayor, quien no dándose por vencido, convocó a todos los brujos de su región.
- Mi última esperanza la tengo depositada en ustedes. Quiero que con sus mágicos poderes, con la clarividencia que poseen, que descubran alguna mina de oro dentro de la comarca. Les doy plazo de una semana para que realicen este trabajo. Si lo logran ya les sabré recompensar con creces.
Seducidos por las recompensas, que generalmente consistían en obtener más mujeres, alimentos, coca, etc., los brujos efectuaron varias sesiones, pero con resultados negativos. En la zona no existía una sola mina de plata y mucho menos de oro.
El brujo mayor, llamado Imasita, se reunió con Puscán. Hablando en nombre suyo y de sus colegas le dijo:
- No hay una sola mina de oro en nuestra jurisdicción. En cambio si hemos visto mucho oro en toda la zona de Pataz. Hay incluso un pueblo, llamado Uchucmarca, que se asienta sobre pilares y vigas de oro.
Puscán suspiró con tristeza y al cabo de unos instantes dijo a su interlocutor:
-Si tengo conocimiento que en dicha comarca abunda el oro, como abunda la arena a orillas de nuestros ríos. Pero ese sitio está muy distante del nuestro. Además sería muy trabajoso recolectar el oro de las minas o de los arenales y eso demandaría tiempo y esfuerzo.
- Pero, jefe, nos ahorraríamos ese trabajo, si optamos por ir y sacar los pilares y vigas de oro de ese pueblo que le menciono.
- Sí, no estaría mal. Sólo que una decisión de tal naturaleza requiere no sólo de mucha audacia y sigilo, sino también de gran habilidad para obtener aquellos tesoros en un tiempo récord, de tal suerte que sus moradores no puedan percatarse a tiempo; pues, de lo contrario, tendrían grandes contratiempos. Es sabido que son muy belicosos y también cuentan con buenos brujos...
- Aquí lo que vale es la sorpresa. Esa operación la podríamos realizar en la noche, cuando ellos se encuentren dormidos. Nuestro trabajo se vería precisamente facilitado por la noche y por el descanso del pueblo. Además nosotros llegaríamos en contadas horas, ya que para ello, nuestros mágicos poderes nos permiten transformarnos en buitres.
- Muy bien. El plan es ideal ¡estupendo!. Tienen ustedes mi aprobación y ya pueden actuar. Imasita y sus colegas, tras unánime acuerdo, se reunieron en el palacete de Puscán, provistos de sogas, palos y herramientas de piedra. Pronto la tarde cedió el paso a la noche. La gente de aquel pueblo, ignorante de lo que acontecía en la corte del curaca, se refugió en sus respectivas casas para dormir.
Treinta brujos, encabezados por Imasita y bajo la atenta mirada del curaca, procedieron a iniciar una sesión de brujería. Tras la ceremonia de estilo, comenzaron a drogarse, a purgarse, bebiendo pócimas o brebajes, con plantas alucinógenas como el ayahuasca y el chamico. Danzaban unos tras otros describiendo círculos, cogidos de la mano y con las cabelleras largas caídas hacia adelante. Poco a poco, y ante el asombro del curaca, aquellos hombres musculosos y ágiles para la danza, se fueron transformando en buitres. Con las sogas y las líticas herramientas en las garras, alzaron el vuelo entre las sombras de la noche. En contados minutos remontaron alturas. Ahora volaban sobre el Utcubamba y luego sobre el Marañón para perderse tras los elevados cerros de la zona.
Tras varias horas de vuelo, irrumpieron en los cielos de Uchucmarca. Al pie, a muchos metros abajo, yacía el pueblo sumido en el reino de la paz, de la tranquilidad y del sueño. Extasiados contemplaron los brujos al idílico y pintoresco pueblo; el cual, ciertamente descansaba tranquilo y seguro sobre la base de un hermoso valle, circundado por cerros achatados y de suaves pendientes.
Visto desde lo alto, el plano del pueblo, adquiría la forma de una repisa, el suelo, relativamente llano, se había formado a base de aluviones y desmontes, a lo largo de varios milenios. Bajando aquellos huaycos de lodo y piedras desde los cerros adyacentes y lográndose detener sobre las grandes rocas que les sirven de sólidos soportes o muros de contención. Precisamente, tras aquellas rocas, estaban los pilares y las vigas de oro, ocultas para no despertar la codicia de propios y extraños. Esto es lo que descubrieron los brujos tras mirar y remirar las rocas, que allí se desbarrancaban en peñascos de largas dimensiones, con sendas vertientes a ambos lados, por donde discurrían ruidosas y cristalinas las aguas que se precipitaban en cascadas y chorreras.
Los brujos, tras sobrevolar por repetidas veces el pueblo, al fin acordaron asentarse en una loma cercana a Shotóbal, en el sector de Trigopampa. Estando en dicho lugar decidieron convertirse en hombres superdotados, potentes y hercúleos. Luego procedieron a sacar las indicadas vigas de sus respectivas colocaciones para llevarlas a su pueblo.
Ahora, la ambición inocultable de los brujos ya no era solamente embellecer la persona del curaca, de su palacete y de su templo, sino en ser ellos mismos los más ricos de la tierra, mucho más ricos que el legendario rey Midas.
-Seremos famosos y ricos, ricos.- Decía el brujo mayor riendo de buena gana, pero ¡Oh sorpresa y desventura! cuando estos hombres forzudos y poderosos daban comienzo a sus fechorías, sintieron súbitamente como que el mundo entero se estremecía bajo sus plantas. En efecto, un sordo rumor de la tierra provocó la alarma del pueblo. Los brujos, en la creencia de que aquello era el claro indicio de un cataclismo, que se anunciaba sembrando la destrucción y la muerte, no les quedó más remedio que volver a convertirse en buitres para escapar. Terriblemente asustados, los audaces ladrones, alzaron el vuelo hacia el pueblo de Copallín con gran estruendo y agitación de sus poderosas alas.
En sus precipitadas huídas debieron sortear una lluvia de piedras y flechas, disparadas por los bravos centinelas de Uchucmarca, quienes solían apostarse en lugares estratégicos, con el fin de cautelar la seguridad del pueblo. Aquí y allá se escuchó el bronco sonido de pututos y caracolas, clarines y tambores.
El peligro se había conjurado y como mudo testigo del fallido robo, quedaban en el lugar de los hechos las sogas y herramientas de los brujos, que el pueblo los tomó como trofeos.
VOCABULARIO
COPALLIN.- Pueblo y Distrito de la Provincia de Bagua, Departamento de Amazonas, Perú. En el período prehispánico formó parte del reino Chachapuya que fue sojuzgado por el Inca Túpac Yupanqui, hacia el año 1475, aproximadamente.
CHIMUES.- Habitantes del reino Chimú que floreció en la costa norte del Perú. Tuvo su centro principal en la ciudad de Chan Chan, a 3 kms. de Trujillo. Fue igualmente sojuzgado por el Inca Túpac Yupanqui en 1460 más o menos.
PATAZ.- Pueblo, Distrito y Provincia del mismo nombre, en el Departamento de La Libertad. Dicha comarca integró el reino Chachapuya.
UCHUCMARCA.- Pueblo y Distrito de la Provincia de Bolívar, Departamento de La Libertad. También integró el reino Chachapuya.(ramirosn@yahoo.es)
Nota.- La foto corresponde a los alreddores del pueblo de Uchucmarca,capital del distrito de igual nombre,provincia de Bolivar,Departamento de La Libertad,República del Perú.Foto de John Servayge.
La Guayunga.Relatos Prehispánicos.

Autor:Ramiro Sánchez Navarro
Erguido sobre la loma de Linguima, Guaychao Piondo semejaba una estatua o mejor diríamos un monolito. Era un indio de aspecto noble y enigmática mirada. Su rostro broncíneo, surcado por ligeras y tempranas arrugas, estaba curtido por el sol, las lluvias y los vientos de las jalcas, de las quichuas y de los temples. Contemplaba absorto la gran quebrada, que parecía una boca riendo a carcajadas y por donde el río Chibani, al discurrir, semejaba una enorme serpiente; el cerro Cashurco, sobre cuyo pico sobrevolaban varias aves de rapiña, revoloteando los aires; las laderas de Ollapampa, por donde una bandada de loros irrumpieron chillando.
El runa de Uchucmarca experimentó un susto tras otro. La presencia de los buitres y gallinazos, graznando y agitando las alas, en el cielo de su comarca, le hicieron temer por la muerte de alguna llama. Pues cada vez que esto sucedía, la zona se veía invadida por estos pájaros, grandes, de oscuros plumajes y desnudos cuellos. Ahora sobrevolaban la quebrada de TU, las laderas de Ollate y la meseta de Shélape.
La bandada de loros le recordaron que las sementeras de maíz en choclo, requerían con urgencia de los loreteros. Porque de no ser así, las runas del lugar corrían el riesgo de perder las cosechas. Estas aves eran tan voraces y angurrientas que podían pasarse todo el santo día comiendo y aún así no satisfacer su hambre.
Preocupado por esta situación, Guaychao pensó marcharse ese mismo día a sus chacras de Amet, en donde sus maizales verdeaban y florecían, debido a la fecundidad del valle. En las temporadas de lluvia recibían el limo y los detritus de las laderas del cerro Ollapampa. Esos valiosos abonos llegaban con las corrientes de agua. En horas de la tarde, de aquel día, bajó al valle llevando por delante sus llamas. Antes de abandonar la loma, desde donde había divisado el paisaje, un shingo, pasando sobre su cabeza con una serpiente entre las garras, le hizo momentáneamente olvidar sus preocupaciones.
Entonces, por unos instantes, dejó de chacchar su coca, de calear y de golpear rítmicamente el pequeño ishcupuru sobre los huesudos nudos de su mano. Una alegre sonrisa se dibujó en su rostro. Le pareció cómico, muy chistoso, el espectáculo que presentaba el pajarraco, atravezando los cielos en desesperado y raudo vuelo. Temía por cierto que la sierpe escapara de sus garras. El hambriento rapaz, indiferente a la protesta del cautivo reptil, que se contorsionaba y agitaba como chicote, aceleraba el vuelo. Tras un largo recorrido, por sobre la quebrada del Gobalín y del valle de Amet al fin aterrizaba en la cima del cerro Ollapampa. Allí la engulló con gran rapidez.
Guaychao Piondo pasó algunas semanas cuidando su maíz. Armado de una waraka subía a las laderas de Ollapampa, donde apacentaba sus llamas. Desde allí, al grito de "a loro, a lorooo", solía arrojar piedras con la honda, cada vez que las bandadas de loros irrumpían en el diáfano cielo quichuino y amenazantes se acercaban a sus maizales.
Desde aquella falda, el fértil valle de Amet semejaba un damero. Las chacras estaban separadas, unas de otras, por las pircas. Pese a los crecidos y densos maizales eran hitos claramente visibles. Cuando los tallos del maíz comenzaron a secarse y sus granos a endurecerse los loros abandonaron definitivamente la zona. Lleno de gozo, el runa contrató varias mingas para la inminente cosecha.
Trabajando duro y parejo, de sol a sol, el recojo del maíz, de los frijoles, de los zapallos y chiclayos, le demandó una semana. En las chacras quedaban únicamente hojas y tallos secos, plomizos, convertidos en rastrojos. Tras la cosecha, vino el acarreo. A partir de entonces, el quebradizo sendero que conducía a la llacta de Uchucmarca se vió trajinado por esforzados runas y briosas llamas que, en constante ajetreo, subían al pueblo con sus cargas de maíz, de frijoles, de zapallos y chiclayos. Y aunque era verdad que junto al maíz y demás semillas, Guaychao había sembrado caiguas, estas últimas las había consumido, en sazón, ya que al madurar se secaban, dejando de ser comestibles.
Las cosechas de maíz no culminaban con el acarreo y puesto en casa. Continuaba con la selección de las mazorcas y el desgrane. En lugar aparte se iban colocando las mejores, las más graneadas; con ellas se formaban buenas guayungas, racimos de dos a tres mazorcas, atadas entre sí de sus pancas. Quedaban colgadas, a horcajadas, de varas aseguradas con sogas de ambos extremos, y que colgaban de las vigas del entretecho.
En otro rincón de su vivienda amontonaba el resto de mazorcas; las desgranaban, dejando en la tusa los granos de maíz podridos o comidos por los shiuris.
Posteriormente, se las arrojaba al patio o al huerto para alimento de los pájaros.
Formar guayungas y desgranar las mazorcas eran tareas que se acometían con mucho entusiasmo durante el día e incluso hasta horas avanzadas de la noche. Rodeado de una atmósfera alegre y festiva; Guaychao, con la ayuda de su mujer, de sus hijos y de sus mingas, efectuaba dicha labor, y en las noches, alumbrados únicamente por la luz pálida y mortecina del fogón. Desde tiempos inmemoriales existía la costumbre de realizar este tipo de faenas, estimulados por la rica chicha de jora, las lapas de cancha, de mote y por las raciones de coca.
Fiel a la tradición, y en su afán por mantener contenta a sus mingas, Guaychao se deshacía en obsequiosas atenciones. Por este motivo, Intai Chiquican, su hacendosa mujer, no se cansaba de cocinar el mote en grandes ollas de barro, o bien de tostar el maíz, en una callana, con la ayuda de la caigüina o tostador.
Con bastante cuidado, Intai iba removiendo los granos de maíz. Así se tostaban parejos y no caían al suelo. Sin embargo, muchos granos salían disparados del tiesto reventando como cohetecillos, y caían en distintas direcciones, resultando un espectáculo muy divertido. Y daba lugar a la competencia de los niños, quienes corrían en pos de los granos tostados y forcejeaban para atraparlos.
Al final de la jornada, a Guaychao se le iluminaba el rostro de puro contento. Las grandes rumas de maíz en mazorca quedaban reducidos a guayungas y a simples montones de granos sueltos. Otro tanto sucedía con las tusas o corontas, que servían de leña. Las ishcupas y las que eran picadas por los Shiuris, formaban un solo montón.
Una vez más, el año había resultado bueno para los sembríos ¡Que duda podía caber!. Pese a ser chacras shihuas, la fertilidad de las tierras, con el indispensable auxilio de las lluvias, habían posibilitado una abundante cosecha.
Pensando en la proximidad de las precipitaciones pluviales el curtido chacarero estimó necesario y conveniente reforzar sus cercas de piedra. Eran éstas verdaderas murallas con las que se protegían las chacras del valle, sobre todo, de aquellas moles que se desprendían de las húmedas rocas, al falsearse el terreno, con las lluvias torrenciales. Necesitaba además ampliar sus cultivos de maíz, y por eso aprovechaba el tiempo en el desempedrado de algunas chacras, con cuyas piedras formaba grandes lugures o montones, en algunos puntos de sus sementeras, semejando pirámides de cono truncado. Los huaycos y derrumbes representaban, asimismo, un grave peligro para los cultivos.
Aquel año, Guaychao puso especial empeño y esmero en fortificar sus chacras. No obstante el tiempo transcurrido, quedaba en la memoria del pueblo, fresco aún, el recuerdo de una horrorosa tragedia. Galgadas de piedras, dando botes y rebotes, fueron a caer sobre el techo de una cabaña, en cuyo interior dormían sus ocupantes, Yonán Liclic y Sonche Shetálo. La muerte les había sorprendido en una noche oscura y lóbrega, con menudo aguacero y en medio del ruido intermitente y ensordecedor de los truenos, que tornaban inaudible los rugidos del puma. Las luces cegadoras de los relámpagos y los rayos, iluminaban fugazmente el valle, en cuyo cielo los rayos describían caprichosos gringos o zig-zig.
Cierta mañana en que Guaychao daba inicio a sus labores, recibió una extraña visita. De improviso se le presentó un anciano nunca antes visto en la comarca. Lucía una cushma a rayas. Ceñíase la entrecana y lacia cabellera con una vincha de lana; a la altura de su frente, remataba en dos blanquinegras plumas de ave. Para caminar se apoyaba en un rústico bastón de lloque. Plantándose frente a él le habló en tono profético:
- Soy Saracámac. He venido a premiar tu laboriosidad, esa gran virtud, esa gran joya, que adorna tu frente como diadema. También tu pueblo goza de tal virtud. Hizo una pausa y acotó:
- Este año tendrás varias cosechas de maíz, de caiguas, de frijoles, de zapallos y de chiclayos. En consecuencia, date por bien servido y satisfecho. No pasarán hambre en los años de sequía. Al decir esto, el misterioso Saracámac desapareció de su vista como una fugaz visión.Sin darle mayor importancia a tal encuentro, Guaychao retornó al pueblo de Uchucmarca, después que había concluído con sus ocupaciones de campo. Tras un período de duro e intenso trabajo sólo anhelaba tomarse un buen descanso. Al cabo de un mes, de haber concluído con las faenas agrícolas, tuvo un sueño muy extraño y revelador. Soñó que Saracámac volvía a visitarlo y le ordenaba:
- "Guaychao, baja a cosechar tu maíz y demás frutos". Al decir esto, Saracámac de nuevo desapareció- y como seguía soñando se vió en efecto cosechando dichos productos.Cuando despertó, la curiosidad y la duda se habían apoderado de su ser. El sueño había resultado bastante elocuente y persuasivo. Con la duda que corroía sus entrañas se preguntaba: "¿Será posible que eso ocurra en la vida real?" Quiso desengañarse. Como apenas rayó el día se levantó de la cama y luego de tomar un frugal desayuno, enrrumbó hacia el valle de Amet. Con gran sorpresa constató que en verdad una nueva y abundante cosecha le aguardaba. Era de ver y no creer. En las grandes sementeras, pujantes de fertilidad, los maizales, mostraban el tono plomizo de sus hojas secas. Desde lo más bajo de la nudosa caña hasta lo más alto del tallo, llenas y apiñadas, grandes y hermosas, se exhibían las mazorcas.
Guaychao, feliz de la vida, y convencido de que no se trataba de un sueño únicamente, convocó a sus mingas, quienes tipina en mano, dieron inicio a una nueva cosecha. A ella sucedieron otras más, de tal suerte que las pirúas y las colcas, los depósitos del pueblo, quedaron repletos, pletóricos. En sus chacras también depositó el resto de las cosechas; las fue amontonando en grandes y piramidales yulos. Guaychao y sus mingas experimentaban una sorpresa tras otra. Cuando les parecía estar realizando la última cosecha, de los rastrojos que iban quedando, surgían como por arte de magia y de encanto los tallos del maíz con sus mazorcas llenas, graneadas. Igual cosa sucedía con las demás mieses. Cansados de tanto cosechar y acarrear, decidieron tomar un descanso. Retornaron a la llacta de Uchucmarca, donde la noticia del raro prodigio corrió de boca en boca como un río de aguas torrentosas.
Las milagrosas cosechas, entre la gente del pueblo, causó inicialmente asombro, sorpresa, y después preocupación y alarma!. Pronto la superstición y la envidia tomaron forma. Se comenzó a decir que tales cosechas eran señales inequívocas de los malos tiempos que se avecinaban. Que el extraño fenómeno llamaba a la sequía, a la hambruna, y que era necesario conjurar esas amenazas dejándolas simplemente abandonadas en las mismas chacras para abono y alimento de los animales, principalmente de los pájaros.
Atemorizados por tales pronósticos, Guaychao resolvió acabar con la inusual bonanza. Con ese fin llegó una madrugada al valle de Amet. Y sin dárselo a saber a nadie por supuesto. Había llevado, colgando del hombro, una artística chuspa, con figuras de llamas y cóndores. De ella extrajo un puñado de yesca y dos pedernales. Después de entrechocarlas, de frotarlas entre sí, varias veces con trémulas manos, obtuvo el fuego requerido; lo transportó en una antorcha por diferentes puntos de sus chacras con el deliberado propósito de incendiarlas. Entonces, las llamaradas de candela, avivadas por el viento, surgieron en varios sitios del valle, voraces y abrazadoras. Desde una distancia prudencial, puesto a buen recaudo, el indio Guaychao contemplaba el siniestro con los ojos aterrados. Minutos después, el fuego avanzaba rugiendo por todas las chacras.
Las ígneas lenguas, enormes, agigantadas, que se alzaban hasta el cielo, provocaban un clamoroso crepitar de los maíces, de los frijoles, de los zapallos y chiclayos y en sus gemidos parecían implorar del cielo, del Janan Pacha, un severo y ejemplar castigo para el autor de aquella criminal y execrable acción. El cielo, de ordinario azul, se encapotó de humo. De la catastrófica vorágine que, en toda la extensión y amplitud de las sementeras, causaba la desolación y la muerte, una guayunga de maíz y una vaina de frijol, se elevaron por los aires, buscando salvación. Guaychao las vió con mayúsculo asombro.
Tras remontar rápidamente las alturas, quedaron flotando por algunos instantes sobre las siniestradas chacras. Luego se desplazaron con dirección al cerro Ollapampa. Al llegar allí quedaron prendidas del techo de una roca.
Un buen rato el atribulado chacarero recorrió con la mirada todas sus chacras, cuyos maizales habían quedado reducidos a humo y cenizas. La tierra calcinada presentaba una tonalidad negro pardusca. El valle de Amet se mostraba desolado y triste. El aire era trágico y fúnebre. Los pájaros dejaron de trinar y los grillos de chillar. Sólo el sempiterno río Chibani dejaba oír el murmullo de sus aguas.
Arrepentido y conmovido por tan fatal determinación, sintió desfallecer. Se dejó caer pesadamente sobre una piedra. Con mucha amargura y desconsuelo hundió su rostro broncíneo entre las manos callosas para prorrumpir en un histérico y patético llanto. En esos instantes, Saracámac, el enigmático personaje, hizo de nuevo su aparición. Visiblemente enojado y colérico le increpó su conducta:
- Guaychao, mientras vivas, éstas tus chacras de Amet, ya no producirán maíz, frijol, caiguas, zapallos y chiclayos. ¡No producirán alimento alguno! Tuviste el corazón endurecido como la piedra. Te despojaste de todo sentimiento de humanidad, piedad y compasión!.Saracámac temblaba de cólera. Sus ojillos, negros como los choloques, fulguraban y parecían despedir fogatas. Al cabo de algunos momentos retomó la palabra:
- Te digo una vez más que estas chacras no volverán a producir -Saracámac extendió el brazo derecho hacia las sementeras, señalándolas- Ese será tu castigo!. Así lo hemos acordado la Pachamama y Yo!.Aquella divinidad creadora y protectora del maíz, desapareció. A partir de entonces, el valle de Amet se cubrió de abrojos y cascajos. Dejó de producir maíz y toda clase de plantas alimenticias.
Con el correr de los años, la guayunga y la vaina de frijol se transformaron en pétricas estalacticas y sirven de mudos testigos de aquella tragedia. Son visibles para los pasajeros que transitan por aquella senda, larga y ondulante; comprendida entre las ásperas laderas del cerro Ollapampa y el valle de Amet. Esta ha tomado el nombre de "La Guayunga", para su permanente recuerdo.
VOCABULARIO REGIONAL
AMET.- Nombre de un valle en el distrito de Uchucmarca, donde transcurren las acciones del relato.
CAIGÜINA.- Palitroque, instrumento que sirve para tostar el maíz (cancha).
CALEAR.- Acción de sazonar el bolo de coca con la cal.
COLCAS.- Depósitos, graneros, silos.
COCA.- Arbusto peruano cuyas hojas son masticadas. "Es un excelente recurso natural antifatigante, euforizante, antidepresivo, calmante del hambre y la sed, elevador de la glucosa, ayuda inapreciable para adaptarse a las grandes alturas, alivio de dolor y sensación del frío", según César Guardia Mayorga, autor del Diccionario "Kechua castellano".
CONDORES.- Aves rapaces diurnas que habitan en los Andes peruanos y americanos.
CORONTAS.- Carozos o partes leñosas de las mazorcas de maíz. Sinónimo: tusas.
CUSHMA.- Especie de camisón, desprovisto de mangas que utilizan los indios del Perú. s. túnicas.
CHACCHAR.- Masticar la coca. s. coquear.
CHACRAS.- Huertos, sementeras, tierras de cultivo.
CHICLAYOS.- Calabazas.
CHICOTE.- Látigo, rebenque.
CHICHA DE JORA.- Bebida rubia de maíz fermentado, llamado jora.
CHOLOQUES.- Arbol silvestre de climas cálidos, cuyo fruto posee una cáscara negra muy compacta y resistente. Está cubierta por una capa gelatinosa que segrega una sustancia que sirve para lavar ropa (sapingos saponaria).
CHUSPA.- Bolso que utilizan los indios y que llevan colgado del hombro o adherido a la muñeca de la mano.
GALGADAS.- Pedrones que ruedan por las laderas de los cerros.
GOBALIN.- Nombre de un valle, ubicado al pie del pueblo y distrito de Uchucmarca.
GUAYUNGA.- Mazorcas de maíz, asidas entre sí de sus pancas, formando racimos y que cuelgan de las varandas, o canes de los techos.
GUAYCO.- Avalancha, alud // quebrada.
ISHCUPAS.- Granos de maíz podridos.
ISHCUPURO.- Poro calero / pequeño recipiente de calabaza que sirve para guardar la cal.
JALCAS.- Zonas de clima frígido.
LAPAS.- Depósitos y recipientes grandes y achatados hechos de calabaza, la cual es cortada por la mitad.
LUGURES.- Montes de piedra en las chacras.
LLACTA.- Pueblo, caserío, etc.
LLAMAS.- Camélidos andinos domésticos de la civilización andina.
LLOQUE.- Adj. Izquierdo // s. arbusto de la familia de las bixácias, cuya madera dura y nudosa se emplea en la chakitaclla, etc. y su corteza sirve para teñir. Abunda en la región de la sierra.
MINGAS.- Grupo de personas que realizan una tarea en común // Sistema de trabajo colectivo del incanato.
MOTE.- Maíz cocido.
OLLAPAMPA.- Nombre de un peñasco en el distrito de Uchucmarca.
Procede de las voces quechuas: Ullas = Gavilán, calvicie; pampa= llanura o terreno descubiero. Es decir terreno desnudo o terreno desnudo o terreno del gavilán. Ambas traducciones concuerdan con dicho lugar.
OLLATE.- Nombre de un lugar en el pueblo y distrito de Uchucmarca.
PACHAMAMA.- Diosa tutelar del Incanato representada por la madre tierra.
PANCAS.- Hoja que envuelve a la mazorca de maíz.
PEDERNALES.- Piedras que frotadas con otras o golpeadas con el eslabón y la yesca producen el fuego.
PIRCAS.- Paredes de piedra.
PIRUAS.- Graneros, silos.
PUMA.- León andino americano.
QUICHUAS.- Zonas de clima templado.
RUNAS.- Personas, gentes del pueblo.
SARACAMAC.- Divinidad protectora del maíz de las culturas andinas.
SHELAPE.- Pequeña meseta ubicada cerca al pueblo de Uchucmarca.
SHIGUAS.- Chacras, sementeras, tierras de cultivo, que han producido por muchos años.
SHINGO.- Cuervo, ave de rapiña.
SHIURIS.- Gusanos que se alimentan de maíz verde, llamado choclo.
TEMPLES.- Zonas de clima cálido.
TIPINA.- Instrumento delgado y puntiagudo de madera dura o de hueso que sirven para rasgar las pancas que cubren las mazorcas / s. tipidora.
TU.- Nombre de una quebrada en el pueblo y distrito de Uchucmarca.YULOS.- Montones, promontorios en forma de círculo.YESCA.- Médula de maguey que por su condición seca, fofa y ligera permite que las chispas de candela, ocasionadas por el pedernal y el eslabón, prendan en él y se haga fácilmente la lumbre o candela.(ramirosn@yahoo.es(
Nota.- Cabeza Clava al estilo de la cultura Chavin,encontrada en el sector de Shuenden,comprensión del Distrito de Uchucmarca,Provincia de Bolivar,República del Perú.Foto de John Servayge.
La Guerra de los Chachas.Relatos prehispánicos

La noche discurre clara y serena, iluminada por millares de estrellas que tachonan aquel cielo misterioso, en donde el disco rojizo de la luna hállase aprisionado por dos grandes círculos de arco iris.El Curaca Chuquillaja siente un vivo estremecimiento al contemplar aquel inusual espectáculo, pues cree que malos tiempos se están avecinando. Intrigado y desconcertado ingresa a su dormitorio, del cual ha salido minutos antes impulsado por ver el estado de la noche, que le dirá sí el día siguiente ha de ser bueno y promisorio, sin la presencia repentina de los aguaceros, que mojan los accidentados caminos convirtiéndolos en resbaladizos jabones.
El curaca sube al camastro, pero no puede conciliar el sueño. Le preocupa haber visto a la luna manchada de un rojo sanguinolento. Su cuerpo sufre un ligero estremecimiento al pensar en las posibles desgracias que le podrían sobrevenir a su pueblo. Y no es para menos, pues tantas cosas raras han ocurrido por aquellos días. El aullido monótono y dramático de los perros durante las noches pasadas, el furioso ulular de los vientos, los halcones cayéndose a tierra, luces misteriosas en el cielo y ahora la luna ensangrentada, son claros indicios de que algo malo, muy malo ha de suceder.
Se atormenta el Curaca Chuquillaja al tratar de identificar el posible mal que pudiera sobrevenir. Pues ¿qué mal podría ser aquel que no pudiera ser conjurado? Lluvias torrenciales o sequías que sólo traerían hambruna, pero que no le causan mayores zozobras, ya que en tales situaciones, la selva colindante les proveería del alimento indispensable. Además, la gente escarmentada con estos flagelos de la naturaleza toma sus precauciones y almacena alimentos para afrontar una amenaza como ésta. ¿Y si fueran epidemias? Se pregunta. Entonces él y su pueblo buscarían salvarse dispersándose por entre los montes. Las enfermedades son de temer, porque no siempre dan con la cura y por eso las gentes mueren. Si no son pestes, a lo mejor son temblores. ¿Qué otras cosas podría ser? ¿Tal vez guerra con los vecinos? No representan mayores amenazas para el pueblo y por lo tanto el Curaca puede librarse de las preocupaciones.
A medida que los días van pasando, deja de lado sus temores. La situación sigue normal. Más, de pronto, durante dos noches seguidas es asaltado por las pesadillas. En la primera noche aparece ante él una enorme serpiente, cuya hipnótica mirada lo deja alelado. Ante tales visiones, el curaca se siente impotente y atemorizado. Y aunque la serpiente es una deidad venerada por todos los moradores de su pueblo, la quiere matar, sabiendo del peligro que representa para su vida. Com mano trémula le arroja varias pedradas, pero ninguna de ellas la golpea. El enorme ofidio súbitamente desaparece tragado por la tierra y Chuquillaja queda preso de convulsiones epilépticas. Al día siguiente despierta cabizbajo y pensativo. Sin cruzar palabra con nadie se va a su chacra y allí pasa el resto del día ocupado en barbecharla con la ayuda de la chaquitaclla. En sus momentos de descanso chaccha su coca, sin poder apartar de su mente aquellas horribles visiones de la última noche.
La noche siguiente sueña que por el sector de Huampatén, una bandada de buitres aparece en raudo vuelo y luego de sobrevolar las numerosas aldeas, enrumban a Pirca Pirca, donde está la sede de su gobierno. Allí intentan aterrizar, sin dejar de graznar y aletear. Inicialmente intentan atacar a sus gentes. Luego, una lluvia de palos y piedras, lanzadas por su moradores, los obligan a huir por el sector de Llamactambo. El curaca no quiere contar a nadie de sus horribles sueños. Estas deidades de su pueblo, las plumíferas rapaces y las reptadoras serpientes, despiertan en él la curiosidad por saber el por qué se muestran tan enojadas y amenazadoras. Ha consultado su caso a una anciana vidente llamada Sagua Chuquichin. Ella le dice:
- Seguro que en tus sueños se está revelando la guerra que están librado los chimúes con los orejones del Cuzco, quienes se hacen llamar Incas. Los que vienen del otro lado del Marañón, cuentan que esa gente, que es muy belicosa y numerosa, le viene ganado la guerra a nuestros vecinos.
Aunque las explicaciones de la anciana no dejan de ser alarmantes, de todos modos, el curaca cree que no hay motivo suficiente para preocuparse hasta la obsesión. Para él, esa guerra está distante y no significa amenaza alguna para su pueblo. De vez en cuando, a su comarca han llegado algunos mercaderes, trayendo como noticias que los sureños han sometido pacíficamente a los huamachucos, no habiendo sucedido lo mismo con los casamarcas con quienes han librado una guerra cruel. Cuando el curaca oye hablar de estos últimos, de sus fieras y encarnizadas luchas, luego de sus derrotas ante los llamados incas, se pone intranquilo y piensa en la suerte que pueden correr los suyos.
No cabe duda que hay una amenaza latente y ésta viene del otro lado del Marañón. Del pueblo de Balzas, arriba un mensajero, quien le asegura haber visto a unos indios extraños. Los foráneos, después de cruzar el río en embarcaciones, han seguido la ruta hacia el pueblo de Raimipampa, llevándose en forma sigilosa a varios lugareños.
El sometimiento de los casamarcas ha causado no poco estupor entre los pueblos chachapuyas. Esta mala noticia, cual reguero de pólvora, se extiende de un confín a otro. Los curacas sintiendo que el peligro se avecina, convocan a sus respectivos pueblos a sesiones de urgencia, a fin de tomar medidas de precaución. Sin embargo, cuando se tiene noticias que el ejército incaico, en su mayor parte, ha retornado al Cuzco, la calma retorna y se sienten aliviados.
Tiempo después, en un nuevo escenario de la conquista incaica, el día amanece radiante bajo un cielo azulino. Por entre los rijosos peñascos, el astro del día tímidamente hace su aparición. Atrás ha quedado el crudo invierno con sus lluvias torrenciales, sus densas neblinas a flor de tierra, sus negros nubarrones que por largos meses ha oscurecido el cielo de aquella comarca, áspera y brava, plagada de todo tipo de alimañas.
Algunos rayos rubios, de aquel sol madrugador, se han filtrado por las pétricas ventanas y la puerta de la suntuosa mansión que al inca sirve de cuartel general.
Está compuesta por espaciosas salas de cantería muy pulida, cuyo techo y cornisas extensas lucen un llamativo barniz rojo. Las azoteas y escaleras, hechas con buen gusto, también son de la mejor cantería. Las puertas, de aquel magnífico palacete, atestadas de celosos guardianes y diligentes camayos, están cubiertas con pieles de animales raros y cortinajes de finísimo cumpi. Por dentro, de sus pétricas paredes han sido decoradas con mullidos tapetes confeccionados con alas de murciélago; con mantas policromadas, hechas con fibra de vicuña y con dibujos de grecas, rollos y aspas. En los bordes de estas primorosas telas están pintados los caciques y los combatientes.
Braseros dorados saturan el ambiente con el agradable olor de las hierbas quemantes, de las gomas y resinas extraídas de las selvas vírgenes. Complementan el ornamento pequeños espejos de bruñida plata, hermosas y refulgentes tinajas, esmaltadas y caladas; aúreos copones y vajillas, cuyas formas desmesuradas y fantásticas, representan figuras de niños, de llamas y cóndores.
En los espaciosos compartimientos, muy cerca de las pétricas paredes, exhíbense resplandecientes taburetes y bancos bajos, de cóncavos espaldares, que imitan colas de aves o de monstruos marinos. Aúreas planchas portátiles con incrustación de pedrerías, figuras humanas en relieve, dragones, árboles y animales mitológicos, cubren los muros internos. Afuera, en los anchos corredores, hállanse agolpados los dignatarios, los auquis, los huamincas, los apus, los sinchis, los aucamayos y los curacas. Los edificios aledaños sirven de recámara a la servidumbre particular del soberano. Más allá, sobre una altipampa, erígense grandes almacenes y de allí para adelante, continúan las tropas, que se extienden dos leguas de largo a través del sinuoso valle huacrachuquino, pues desde allí proviene la amenaza sobre el reino chacha.
El inca, esbozando una alegre sonrisa, llena de satisfacción y orgullo, sale a saludar al astro del día. El intipchuri, ya en el espacioso patio, extiende sus brazos hercúleos y con una inclinación reverente lo saluda. Uno de los vasallos le alcanza dos vasos queros, de puro oro, conteniendo la rica chicha de maíz.
- Padre Sol, brindo contigo, porque esta campaña sea tan exitosa como las anteriores. Con tu ayuda ganaremos mayor número de súbditos, quienes serán adoradores tuyos. De unos cuantos sorbos apura el contenido del vaso que tiene en la diestra. Luego haciendo ademán de un segundo brindis, alza con la zurda el otro vaso destinado al Sol, cuyo contenido derrama en una botija de barro. Ingresa a su aposento. Allí están los miembros de su consejo, los generales y tíos suyos: Tilca Yupanqui, Auqui Yupanqui y Túpac Cápac.
- Mi padre el Sol me manda proseguir con la campaña. Ha comenzado el verano y la gente de socorro ya la tenemos. Considero que esta campaña no debe ser tan prolongada como las pasadas. A los 40 mil combatientes que vosotros yayas mandáis, se sumarán otros veinte mil más de nuestra plaza fuerte de Huánuco. Si los chachas no aceptan un sometimiento pacífico, lo conseguiremos mediante la fuerza de nuestras armas.
- Mucho me temo que esta campaña no ha de ser tan fácil, sino todo lo contrario. Allí tenemos el ejemplo de estos huacrachucos, a quienes con mucho esfuerzo y grandes sacrificios hemos conquistado. Estas pobres gentes son tan obstinadas y no entienden que nosotros venimos a sacarlos de sus bestialidades – Dijo con enfado Túpac Cápac.
La guerra librada entre los incas y los huacrachucos causó mucha alarma entre los chachapuyas, cuyos dilatados territorios se extendían de un confín a otro, abarcando los actuales departamentos de Amazonas, San Martín, así como las provincias de Patáz y Bolívar del departamento de La Libertad. El reino carecía de un gobierno centralizado en todo su ámbito, correspondiéndole a los curacas regir sus propios ayllus.
Desde mucho tiempo atrás, tanto el pueblo como sus autoridades estaban conscientes de la amenaza que significaba la expansión de los orejones cuzqueños, la cual se hizo patente, cuando sus vecinos los casamarcas, los chimúes y los huamachucos, no obstante ser pueblos pujantes, cayeron bajo su férula. Aún cuando una eventual guerra con los incas la consideraban distante en el tiempo y en el espacio, de todos modos se preocuparon por levantar muchas fortalezas en lugares de poca accesibilidad. Bloquearon los caminos en sus pasos estrechos. Acostumbrados como estaban a vivir arriba en los cerros y sus laderas, les pareció que mejores defensas no podían encontrar, porque desde lo alto era posible columbrar en cualquier dirección y en caso de guerra, oportunamente podían advertir la presencia del enemigo. Ellos lo sabían, mejor que nadie. Sus vidas hasta ese entonces, habían discurrido entre la paz y la esporádica guerra con sus vecinos debido a problemas de linderos, usurpación de tierras, robo de ganado auquénido y de productos de pan llevar, rapto de mujeres y de niños, entre otras causas.
- Señores – dijo el curaca Chuquipiondo de la llacta de Cunturmarca – los he convocado de urgencia, a todos ustedes para comunicarles que la guerra ha tocado ya nuestras puertas. Si, señores, esa guerra que muchos de nosotros la veíamos lejana. Los llamados incas, se aproximan a nuestra frontera sur. - Luego de una pausa prosiguió: – los huacrachucos han sido totalmente derrotados. Y nosotros que, durante todo el tiempo que duró esa guerra, hemos permanecido de simples espectadores, ahora no tenemos otro socorro, otra ayuda que nuestras propias fuerzas y nuestro propio valor. En toda nuestra Nación se están llevando a cabo reuniones de urgencia para analizar la gravedad de la situación. Esta mala noticia es ya de dominio de todos los pueblos de nuestro reino gracias a nuestros esforzados mensajeros, quienes en sus idas y venidas traen el sentimiento unánime de luchar contra los invasores para conservar siempre nuestra libertad y nuestros territorios. Nosotros queremos vivir y morir con nuestras creencias, nuestras costumbres y modos de ser, como vivieron y murieron nuestros mayores.
- Si los incas quieren la guerra, pues ¡la tendrán! nosotros, los chachapuyas, estamos preparados para defender lo nuestro. Pelearemos por nuestra libertad, por nuestras tierras. Nadie nos despojará de nuestras heredades, tampoco nos harán sus vasallos. Muera el Inca y su gente – acotó Mallap gritando a voz en cuello.
- ¡Mueeraannn...! – Resonó el grito unánime de los congregados. La reunión concluyó tras varias horas de debate sobre la forma de preparar las defensas y de asumir responsabilidades en las mismas. Ya vieron los chachapuyas que la amenaza que se cernía sobre ellos era muy grande y por ello, sus rostros expresaban esa preocupación.
Una semana después Túpac Inca Yupanqui y sus 60 mil hombres, ubicados en las fronteras septentrionales de Huacrachuco, levantaban sus toldos blancos de campaña y vadeaban el Marañón por el sector de Calemar. El ejército incaico, con sus exploradores a la cabeza, ha incursionado en el territorio de los chachapuyas en forma sorpresiva y al comienzo, sin encontrar resistencia alguna de los lugareños. El servicio de centinela avanzada, de poco les ha servido; pues, los chachas se ven de pronto invadidos por una legión de guerreros Orejones.
En este ejército multinacional, van marchando en silencio y ordenada fila los canchis, cuyas frentes están ceñidas con listas rojas y negras; los canas y collas, con monteras de lona; los cuntis, chancas, charcas, tucmas y chilis, que exhiben gorros diversos y van premunidos de largas picas, banderas y grandes escudos y uniformes de colores; los huancas, llevan los cabellos trenzados y se calan gorros sujetados con cintas debajo del mentón; los antis y chunchos tienen los rostros pintados y las flechas envenenadas; los chinchas y los yungas, van premunidos de waracas, jubones y rodelas de algodón, mantas como rebozos y máscaras extravagantes, los huacrachucos con sus gorros rematados en cuerno de venado.
Casi a la retaguardia va el monarca, rodeado de aquello que constituye el núcleo de su ejército imperial, los hombres de su linaje, llamados incas Orejones, con sus clásicos llautos, cual anchos turbantes, redondos y embutidos zarcillos de oro, cascos y mazas de cobre, y sandalias muy adornadas. Ellos portan la efigie del dios Punchau y la piedra sagrada del cerro Huanacauri. Contra ellos ahora pelearán los chachas, quienes, cogidos de sorpresa y como un desesperado recurso defensivo, ante tan formidable amenaza optan por la huida. Todos los hombres y las mujeres, en edad viril, van subiendo de prisa a las montañas más altas, a los altos cerros, para luego atrincherarse en las fortalezas, que se yerguen solitarias y enhiestas, con sus cúpulas mirando al cielo azul, convertido en símbolo de una libertad sin límites.
En el pueblo fronterizo de Pías quedan únicamente algunos viejos y viejas acompañados de muchos niños. La guerra ha comenzado cruelmente por ambas partes:
- Um! Ya lo suponía... La cosa se está poniendo bastante fea. Esta gente nos está dando mucho trabajo. Han huido hacia sitios más fuertes y qué poco les importa los suyos, esos viejos, esas viejas y esos niños. Este pueblo de Pías ha quedado en el desamparo – Dijo el Inca a sus generales. Luego agregó: – quiero que traten con mucha clemencia a esta pobre gente. Les daremos de comer, de vestir y cuando quieran reunirse con los suyos les dejaremos ir.
En efecto así fue. Desde lo alto de las fortalezas y de las cumbres enhiestas, los atrincherados advierten el penoso ascenso de sus padres y demás parientes ancianos llevando a cuestas a los niños.
- ¡Caray! Esto si que se pone muy gracioso. Nuestros adversarios se han mostrado muy benévolos con los nuestros.
Sólo que esa generosidad nos acarreará problemas. Nuestras raciones ahora durarán menos y no hay manera alguna de proveernos de más víveres y pertrechos. Estamos rodeados. ¡Seguramente quieren que nos rindamos por hambre y por sed! Quieren que nuestros corazones se ablanden ante el llanto de nuestros hijos y de nuestros padres ¡Maldición! Estamos fregados. Nos quedan dos caminos: o salimos a pelear o simplemente nos rendimos? – Concluyó de hablar, inquiriendo a los suyos Daichap Chuilila, tras una reflexiva perorata. Las opiniones se dividieron.
- ¡Quisiera morir peleando y ahora mismo bajaré y los atacaré con mi honda y con mi lanza! - Exclamó, lleno de exaltación, el guerrero Tsuím Panchuy. De pronto él y un grupo de jóvenes guerreros, impulsados por el bélico ardor de la batalla, dejan la sitiada fortaleza y armados con sus lanzas y sus hondas corren a campo traviesa en busca del enemigo, que se halla parapetado y oculto entre los pajonales de aquella puna soledosa. Los gritos de uno y otro bando, amplificado por los ecos, se deja oír a varios metros a la redonda. Los pájaros Cargacha ante el ruido estridente huyen desesperadamente de sus escondrijos, dejando oír sus gritos característicos.
Las llamas, los guanacos y los venados huyen también a la desbandada, tomando direcciones diferentes. Por los aires cruzan raudas las piedras y las flechas y luego los hombres provistos de puntiagudas lanzas se acometen con furia. Tras el grito desaforado, la soledad y el silencio vuelven a apoderarse de la inmensidad de la puna, donde los verdes pajonales, agitados constantemente por el viento, emiten sonidos lúgubres y extraños.
- Nos quedan pocas provisiones – Exclama Cueta Choc, con una expresión de angustia y de dolor – Pronto ya no tendremos que comer. Moriremos irremediablemente si no nos rendimos. Nuestros hijos enferman y nuestros padres sufren lo indecible. Esta guerra es simplemente para nosotros un suicidio. Debemos hacer algo. Creo que es hora de pedirle clemencia al Inca. Sé que respetará nuestras vidas.
Mientras este tipo de propuestas surge en las sitiadas fortalezas, arriba en el despejado cielo, de opalino tul, un grupo de buitres revolotean los aires, describiendo círculos imaginarios y luego descienden a disputarse los despojos de los soldados muertos. Convencidos de su derrota, los rebeldes chachapuyas, de aquel lugar, toman el camino de la rendición. Y sin embargo, la situación sigue crítica para el ejército del Inca, porque si bien el verano ya ha comenzado, las altas montañas siguen pinceladas de blanca y refulgente nieve, que con el calor solar se van descongelando, produciendo sordas avalanchas de muerte y destrucción. Sobre aquellas enhiestas cumbres el viento impetuoso sopla con rabia, azotando el rostro curtido de los exploradores del Inca, quienes en su afán por descubrir y explorar el terreno, en número de 300 son sepultados sorpresivamente por aquellos aludes de nieve y lodo. Así, la naturaleza aparece como aliada de los regnícolas, obligando de paso a paralizar la acción del ejército invasor por varios días. En Condormarca, el curaca principal Chuquipiondo, manda publicar por bando dentro y fuera de su jurisdicción la noticia que el Inca ha huido ante el valor de sus hombres. La gente, con una mezcla de incredulidad y desconcierto, da finalmente por cierta la retirada del Inca.
Los días van transcurriendo sin prisa pero sin pausa y a medida que el tiempo va pasando la guerra deja de ser asunto de interés y todos se reincorporan a sus actividades habituales. En forma sorpresiva, el propio curaca Chuquipiondo vuelve a enviar mensajeros a los diferentes pueblos del interior comunicándoles que la amenaza sigue latente y que todos deben estar preparados para la lucha. Desde Pías, donde el Inca tiene su cuartel general, el ejército avanza en medio de grandes dificultades dado el carácter agreste de la geografía de la zona y de los ataques repentinos en los pasos estrechos y obligados perpetrados por los hombres del curaca Chuquipiondo. Galgas de piedras de pronto ruedan desde la cima de los cerros sembrando el pánico y la muerte entre los soldados del ejército imperial. Gritos de espanto y de dolor saturan el ambiente por algunos instantes y pese a ello el Inca continúa la marcha con la firme determinación de no volver atrás. Una determinación parecida hay igualmente en el bando contrario, que están dispuestos a defender con sus vidas aquello que para ellos es vital, sus amadas libertades y sus tierras.
- Los Orejones de aquí no pasarán. Aquí morirán. Pagarán caro su osadía – Les promete a su gente Chumap Tupnimol, el jefe militar que comanda aquel sector del invadido territorio chachapuya y que ya ha dado muestras de gran valor, de gran táctico y estratega en pasadas guerras contra tribus vecinas de la selva colindante.
En efecto, Chumap y sus hombres entretienen la guerra durante varios días y tras varias escaramuzas, decide lanzar a todos sus hombres al campo de batalla. Es tal el ímpetu con que acometen que logran momentáneamente hacer retroceder a los contrarios. Temeroso el Inca de que el pánico se apodere de sus huestes ordena que todo el ejército, con sus reservas, salgan a combatir. La superioridad numérica, con sus reiteradas cargas y arremetidas logra doblegar la heroica resistencia de sus adversarios. Atravesado por una lanza enemiga, yace Chumap al igual que sus demás compañeros de armas.
Unas horas antes, previos al combate, cruzado de brazos y de pie sobre la cima de un cerro, había observado el avance enemigo. Luego, seguido de sus partidarios, se fue desplazando con la rapidez del lluichu por entre los pliegues de la cordillera; ora bajando a las quebradas, ora cruzando los descampados, para luego aparecer en la falda de otro cerro, por donde precisamente debían pasar sus enemigos. Unos tras otros, sus hombres se habían mantenido formando una larga columna. Por sobre las alturas de un picacho, un buitre agorero ha volado, deteniéndose para contemplar la fragosa tierra, ahora tan colmada de gente que está dispuesta a vender cara su vida. En el fragor de la lucha el curaca Chuquipiondo es tomado prisionero y conducido ante la presencia del inca.
Algunos sobrevivientes tratan de escapar de aquel campo infernal, envueltos en las sombras oscuras de la noche. Valiéndose de sus naturales instintos se van alejando. Se les ve temblorosos, rengos, mutilados, baldados, ciegos, con sus carnes magulladas y abiertas como rosas.
Conocedores de la aplastante derrota los curacas Chuquimanco de Pampamarca y Chiguala, de Cajamarquilla, se preparan para asumir la defensa de sus comarcas respectivas. Estiman que el invasor, pese a su superioridad, no debe obtener una victoria fácil.
El curaca Chiguala habla así a sus hombres:
- Amigos y hermanos míos: tras una heroica resistencia que ha durado varios días, las defensas de Cunturmarca han sido barridas por el adversario. Ahora tiene el camino expedito para continuar su avance. La derrota de nuestros hermanos de Cunturmarca la consideramos como nuestra. Lamentamos la muerte de todos sus defensores. Cayeron como pumas, pero también el invasor, que ha hollado con sus plantas nuestro sagrado suelo, ha sido golpeado duramente; muchos de sus hombres yacen regados en los campos, junto a los nuestros. Es cierto que hemos perdido esta gran batalla, pero aún no se ha perdido la guerra. Yo espero de ustedes un comportamiento heroico, pues ha llegado la hora de defender nuestra libertad, tan preciada y con ella nuestras creencias y nuestra tierra, de la que pretende despojarnos ese intruso llamado Túpac Yupanqui – Voces de adherencia por la causa patriota se escucha de la multitud, quienes en actitud retadora alzan sus lanzas por encima de sus negras e hirsutas cabezas, cuyos rostros fieros, están pintados de rojo, con achote.
El curaca satisfecho por el eco que ha encontrado su palabra en aquella congregación, prosigue:
- El curaca Chuquimanco en estos momentos se dispone a defender la porción que le corresponde. Pelearemos hasta morir, si la suerte nos es adversa.
De nuevo la guerra continúa cruel e implacable. Los hombres de ambos bandos se acometen con bravura y con desesperación por varios días.
Los hombres de Chuquimanco se lanzan al combate y se desprenden de la cumbre más alta. Atacan con la fuerza de la tierra o de letales rayos salidos de arriba, del cielo. Al grito atronador, que comienza a retumbar por las quebradas, acometen las primeras columnas con espantoso vocerío que hace retroceder a sus adversarios en completa confusión y desorden. Pero el monarca, que se mantiene vigilante del desarrollo de aquella batalla reñida e indecisa, opta por inclinarla a su favor, temeroso de una derrota que pudiera acabar con sus sueños y afanes imperiales.
El Inca vuelve a lanzar a todos sus hombres a los campos de batalla con el objeto de no prolongar la guerra. Esta vez, de nuevo, la apabullante superioridad se impone sobre el coraje de los chachapuyas. Hasta allí el saldo ya resulta aterrador, ¡escalofriante! porque una guerra así implica la casi total destrucción de los lugareños y las bajas cuantiosas en las filas del ejército incaico. Tras evaluar la situación, el Inca convoca a su Consejo, a quienes con la preocupación propia de un estadista les da su parecer:
- Si la guerra sigue así como hasta hoy, va a resultar catastrófica para ambos bandos, para nosotros y para ellos. Debemos recordar que nos trae una elevada misión, como es ganar adeptos para mi padre el Sol. Queremos más vasallos. Por eso es necesario ser más pacientes y tratar de ganar esta guerra valiéndonos de otros medios. Entre las medidas de urgencia que estoy tomando están aprovisionarlos de víveres, de alimentos. He dispuesto que a los curacas se les obsequie la mejor ropa fina, hecha con fibra de vicuña, con la Compi y para la gente común estarán destinadas las Ahuasca. De Cassamarca y demás lugares vendrán los alimentos que tanta falta les está haciendo.
- Esas medidas me parecen bastante atinadas y oportunas. Estoy convencido que con ello nos perderán el temor a ser castigados por su pertinacia y rebeldía – opinó el yaya Tilca Yupanqui.
- He dispuesto además que nuestros ingenieros les enseñen a construir acequias, estanques y andenes, allanando esos cerros y esas laderas con los cuales la producción de alimentos se incrementará y así no habrá que temer a las periódicas hambrunas – Dijo el Inca entusiasmado, apuntando con el índice derecho a los cerros vecinos.
Túpac Yupanqui está de pie ante los miembros de su Consejo, quienes le prestan toda la atención debida, sin quitarle la mirada de encima. El Inca retomó nuevamente la palabra:
- Este reino tiene hermosas mujeres como contrapartida a su agreste geografía, política de mis mayores siempre fue establecer alianzas matrimoniales con mujeres de los reinos conquistados. Fiel a esta línea, he decidido tomar como concubina a una de las hijas del curaca Chiguala; la cual, aparte de cautivarme con su hermosura, afianzará los lazos políticos y sociales de este reino con todo nuestro imperio y de paso será un factor que contribuirá a la pacificación. Ustedes y todos nuestros soldados podrán hacer lo propio. Por desgracia, o por ventura, a causa de esta guerra han quedado muchas mujeres viudas, las que verán con buenos ojos este tipo de alianzas con nuestros hombres, que andan sedientos de amor y cariño.
Entre las medidas complementarias he dispuesto asimismo el establecimiento de colonias chimúes, huancas y collas, las que por su adicción a nuestra causa contribuirán a la tranquilidad, el orden y el progreso material de este lugar. Esta pacificación se hará efectiva cuando se tenga que desterrar de por vida a quienes persistan en su rebeldía. Muchos de ellos irán al Cuzco y a otros lugares del sur. Bien, yayas, es todo cuanto he querido manifestarles en esta mañana. Espero ahora el sabio y oportuno consejo de ustedes.
Los aludidos entonces se miran unos a otros con un gesto de interrogación. Hay, sin embargo, en todos ellos una tácita aprobación. Interpretando el pensamiento de los demás, el general Huaman Achachi dice:
- Hay conformidad en nosotros por todo cuanto has dicho.
Uno a uno van saliendo de la fortaleza, denominada Pakarishka, los hombres de su Consejo para luego entregarse a sus actividades. Asentada sobre un enorme y rocoso peñón, el formidable Pucara parece elevarse al cielo. Al pie de su bases y arriba en sus plataformas, centinelas de rostros broncíneos y graníticos mantiénense impertérritos, armados de lanzas, arcos y flechas, macanas, hachas y porras. Rodeado de aquellos cerros dentados, oscuros y sombríos, semejando crestas de furiosos cóndores está la altiplanicie de Cusipampa, en donde la gente del pueblo concurre, con su curaca a la cabeza, a pasar momentos alegres. Pues allí se celebran las fiestas del pueblo. Se estrenan danzas diversas como las del venado, del oso, del zorro, del puma, de la carachupa [armadillo] de la sierpe y del cóndor. Pues, ellos son grandes adoradores de culebras y de cóndores. Por eso gustan disfrazarse de tales animales.
El Inca decide tomar por concubina a la hija del curaca, a la que llama Chunca Palla; una gran muchedumbre se congrega a presenciar el magno suceso; lo cual resulta de su total agrado.
Pues con esta alianza espera ver pronto sometido a todos sus moradores. En la anchurosa altipampa, alfombrada de verdes gramíneas, hállase la princesa exhibiendo una vistosa indumentaria, que ha sido obsequiada por el soberano. Cúbrese el cuerpo con una hermosa saya sedosa, su grácil cintura cíñese con una artística faja. Numerosas ajorcas y sartas de cascabeles, caprichosos y apretados brazaletes, abultan sus brazos y sus piernas, y le sirven de adorno. Sus negras mejillas ahora están arreboladas con el llimpi. Una corona de turquesas y esmeraldas ciñen su frente. Aquel día aparece suntuosa y relumbrante como un ídolo de preciado metal ante los admirados ojos de la concurrencia. De su grácil cuerpo, flexible como un junco y recio como el lloque emanan fraganciosos perfumes. Su hermosura ha eclipsado a las que poseen las otras féminas y ha cautivado el corazón del monarca.
En aquel harem real, su figura resalta clara y marfilina. Pues la gran mayoría son cetrinas como el lúcumo, doradas como la amarilla flor del amancae, leonadas como la fibra de una vicuña.
En la altiplanicie ha surgido una nueva deidad: el Sol, representado en planchas de oro y que el Inca las ha mandado colocar en los cuatro costados de la alfombrada pampa. Mientras se efectúa la boda del Inca con aquella núbil doncella, de piel ambarina, largas y negras cabelleras, senos turgentes, que seguramente le han de provocar un deleite tras otro en el tálamo del amor; los demás pueblos, aún no sometidos, respiran una tensa calma y se aprestan a empuñar sus armas.
Testigo de cuanto le sucede a sus moradores es el nevado Cassamarquilla, que con su helada cabellera nívea enfría la atmósfera del lugar. Sobre su elevada cima, sobrevuelan los cóndores, disfrutando de una libertad que con seguridad los chachas envidian.
Alarmados por la cercana presencia del Inca y de su ejército, la gente de Papamarca y sus curacas se dan cita en la altiplanicie de Huampatén, adonde los mensajeros arriban con noticias alarmantes. El curaca Chuquillaja, adusto y grave, exhorta a su pueblo:
- Ya saben ustedes que los próximos en ser invadidos somos nosotros. Y aún cuando sabemos que el Inca viene haciendo las paces con quienes se le han sometido, nada nos garantiza que un sometimiento pacífico nuestro, ha de garantizar nuestros derechos. Así que, yo, por mi parte, estoy dispuesto a dar la pelea. Por fortuna, aunque viejo, todavía me quedan fuerzas para luchar; más aún, cuando de por medio está nuestra libertad y la libre posesión de estas tierras, que nos vieron nacer.
La figura del curaca aparece nítida en aquella multitud de guerreros que deliberan al aire libre. Sus pupilas negras como el carbón, adquieren un brillo especial cuando las fija en aquella muchedumbre de exaltados guerreros o en el azul del infinito. En sus amplias espaldas resaltan los músculos dorsales y trapeciales. De rato en rato levanta y agita los brazos, exhibiendo unos poderosos tríceps. Su mediana estatura irradia una fuerza subyugante; como aquella que, arrolladora, se desprende de la nieve del Kumullca o del Cashurco. Hay una firme determinación en su mirada, su frente cuadrada, enmarcada de negro y duro cabello, está ceñida con el arma distintiva de su pueblo: la waraka. Su nariz aguileña y sus pómulos ligeramente salientes le dan un atractivo especial.
Concluida la reunión, sube hacia la cumbre de un peñasco, desde donde contempla el medio circundante, con su larga hilera de cerros por donde presiente que de un momento a otro aparecerán sus adversarios. Luego, vuelve la mirada hacia los suyos; los ve con sus lanzas erizadas, con el grito unívoco que sale de sus gargantas y hace temblar la tierra. Algunos mueven pesadamente sus macanas de palo y otros tensan los arcos.
Los hombres de Papamarca, de la tierra de la papas, con vivas y aplausos aprueban la resolución del curaca. Al día siguiente, reciben la sorpresiva visita de un mensajero del Inca, quien les viene a pedir la paz o la guerra. Es el curaca Chuquillaja, quien hablando a título personal y a nombre de sus subordinados, le expresa categórico al ingrato visitante que él y su pueblo están dispuestos a luchar y si es preciso morir en defensa de sus libertades y de sus tierras, y que por nada del mundo están dispuestos a ser sus vasallos.
Oída la respuesta, por boca del chasqui, el Inca se lanza como una tromba a la conquista de Papamarca.
De la garganta del curaca Chuquillaja vuelve a surgir la voz de los discursos. Sus hombres lo escuchan atentamente, sus palabras son como un eco que se va repitiendo de oído en oído. Va tocando las fibras más sensibles de aquellos corazones enardecidos, mientras los ancianos ven con mucha simpatía el arrojo de los suyos y admiran el verbo elocuente del curaca. Hay un tenso compás de espera. Aquella multitud de guerreros chachas se sumergen en el canto y en la música épicos, que los alienta a la realización de memorables hazañas y son como una oración surgida del seno de la tierra y de la propia sangre. De rato en rato comen cancha y toman sendos potos de chicha, de aquella que parece quemar los estómagos y los predispone a la alegría y la acción.
De pronto, como paridos por la tierra, los soldados incaicos surgen por doquier. Por el largo sendero, plagado de vericuetos, que siempre se desliza por el lomo gris y amarillento de los cerros, aparecen en fila india miles de soldados invasores. En medio de la ensordecedora gritería de ambos bandos, los partidarios de Chuquillaja les salen al encuentro provistos de lanzas, de hondas y macanas y una vez más acometen con furor. Tras varias horas de porfiado combate y pese al innegable heroísmo de los lugareños, éstos van cediendo sus posiciones a los intrusos. Se cierra el cerco en torno a la fortaleza de Pirca-Pirca, en donde el propio curaca ha establecido su cuartel general. Chuquillaja insta a sus reservas a comenzar la lucha. Sobre la cima de su fortín se mantiene impertérrito, observando el arrollador avance del enemigo. Con gritos que sólo ellos entienden, les ordena atacar, a salir al encuentro del enemigo. Pasea su iracunda mirada por todo el campo y advierte que está ya cubierto de cuerpos destrozados y ensangrentados. Mas, entre esos cuerpos, ahora inmóviles, no sólo están los cadáveres de sus hombres, pues los enemigos están pagando caro su osadía.
Toda la pampa de Auchán, Cascapuy, Andul, Chilkahuayco, Huampatén, están regados de cuerpos destrozados, de sangre, de miembros mutilados. En este cuadro incomprensible, de lo dantesco y horrorífico yacen cabezas dislocadas de sus troncos, espaldas abiertas, piernas levantadas, cadáveres amontonados. Qué terrible hediondez se desatará dentro de muy poco en aquel lugar, si no los sepultan oportunamente.
Cuando advierte que casi todo está ya perdido y que con seguridad ha de ser hecho prisionero y hasta quizás muerto por su rebeldía, sale a campo abierto, armado con su chuqui. A través de un intérprete pide medir fuerzas y valor con el propio Inca, en duelo personal. Acompañado de sus ayudantes se dirige a las pampas de Auchán, donde cree ver al Inca, pero se equivoca, pues quienes están allí aguardándolo son los capitanes del soberano intruso. Dirigiéndose al de más edad vocifera:
- No tengo por qué ser vasallo tuyo. Amo demasiado mi libertad.
Tú no tienes más autoridad que yo. Por eso Ancohuallo no te ha reconocido más jerarquía y ha preferido huir a nuestras selvas en compañía de los suyos. Si eres tan valiente, te desafío a pelear conmigo – Hay un brillo raro en los ojos del curaca, cuyas manos temblorosas se aferran a la lanza.
- Te equivocas. No soy el Inca. Pero si quieres hablar con él, ahora mismo te llevamos a su presencia – Quien habla así es el capitán Cori Mayta. El curaca, trémulo de ira, pero emocionado de poder verse cara a cara con quien ha sometido a naciones más poderosas que la suya, se deja conducir ladera abajo y luego por un sinuoso sendero hacia la altipampa de Llámac, donde se erige el Tampu real de Túpac Inca Yupanqui. Allí, además se alzan hacia el cielo, ahora sombrío, tres casas de piedra. En una de ellas mora el Inca y su Estado Mayor General. Hasta allí es conducido el viejo curaca. Túpac Yupanqui está descansando de sus fatigas guerreras. Un centinela le comunica que el curaca Chuquillaja, que ha sido derrotado y está como prisionero, desea verlo:
- Que pase – Es la orden real. El inca da un bostezo, alarga los brazos y luego se incorpora en su litera. Ingresa Chuquillaja sin su lanza y custodiado por dos soldados enemigos. El Inca al verlo se pone de pie, dejando momentáneamente su trono. Con gesto amable lo recibe. Le da un abrazo. Luego le invita a tomar asiento en un banco de piedra tallado primorosamente.
- A qué has venido, hermano curaca? – Le inquiere el soberano cuzqueño, quien tiene a su lado a un intérprete.
- Vengo a pedirte que nos dejes en paz, y que para evitar mayores sufrimientos a los nuestros, nos batamos en duelo tú y yo. Veo que eres bastante joven y fuerte... No te será difícil acabar conmigo, pero si he de morir, quiero una muerte gloriosa.
- No, hermano curaca. Ya no tengo por qué pelear contigo. Ustedes han sido derrotados y a ti te perdono la vida. Me gusta tu valentía, viejo. Tu te quedarás a gobernar a tu pueblo, como siempre lo has hecho y cooperarás con mis ministros y demás funcionarios para un mejor gobierno de tu nación.
Esto que hago contigo, también lo hice con los otros curacas, a quienes no les he privado de sus libertades, tampoco les he arrebatado un palmo de tierras. Por el contrario, de hoy en adelante vestirás mejor. Te regalaré buena ropa, de la fina y a tu pueblo también le daré bastante ropa y alimentos.
Mandaré construir acequias y todos los cerros, con sus laderas, estarán provistos de andenes para que puedan sembrar más y vivir mejor. Tus creencias y buenas costumbres serán respetadas y más bien ahora tendrás la oportunidad de adorar a mi padre el sol, que tanto beneficio nos da. Aprenderás además nuestra lengua, que es tan dulce y melodiosa como la tuya y para que veas que me gusta tu nación me he desposado con la hija del curaca Chiguala.
A tu pueblo también le he tomado mucho cariño. Qué hermosas y grandes se dan por aquí las papas, cuyo nombre de Papamarca, lo tiene bien merecido.
El curaca escucha con atención la disertación del Inca. Su semblante, inicialmente adusto, se va tornando amable y sereno. El Inca le alcanza un vaso de chicha, al tiempo que le dice:
- Brindemos, hermano curaca, por tu salud, por la mía y por la de tu nación.
Hoy comienza una nueva etapa para la historia de tu pueblo y el gran Tahuantinsuyo. De hoy en adelante serás un gran curaca. Tendrás autoridad sobre más ayllus, sobre el Huno de Cochapampa y Raimipampa. Toda esta gran comarca estará bajo tu mando, y como tu autoridad y poder ha crecido, ahora me acompañarás hasta Raimipampa. Aquí estará la sede de tu gobierno. Pronto los demás curacas de esta zona reconocerán tu autoridad y tu reinarás sobre todos ellos. Te regalaré más criados y más mujeres. A cambio de tu lealtad tendrás un palacio en la capital de mi gran nación, el Cusco. Tus hijos estudiarán allá y tú irás igualmente a participar de nuestras magnas fiestas. No ves que a pesar de la guerra tu suerte ha cambiado y para bien?
Chuquillaja ha quedado absorto escuchando hablar al inca. Y al cabo de un buen rato, retorna a su mansión de Pirca-Pirca, libre y convertido en jatuncuraca, por obra y gracia de su adversario, el Inca. Doña Sagua Epiquén lo esperaba con mucha ansiedad, pues ha temido por su vida. Ahora ella quiere conocer en detalle de aquel encuentro:
- Mira, como son las cosas. Yo me voy a desafiarlo a un duelo y el Inca me sale eligiéndo gran curaca de toda esta comarca. Mi poder y mi autoridad han aumentado con la sujeción de nuevos ayllus. Ahora los demás curacas de esta región me obedecerán y yo gobernaré hasta Raimipampa. Aunque mi poder ya no es absoluto. Tu y yo nos hemos convertido en unos súbditos más. Aquí estará la sede de mi gobierno...
Una semana después, el monarca parte en compañía del curaca hacia el sector de Leymebamba. Es el mes de junio y allá en el Cusco se festeja con toda solemnidad y pompa la fiesta del Inti Raymi. El Inca recordando aquel notable acontecimiento decide celebrarlo en aquel valle por el cual le llama Raimipampa.
Con el amanecer de un nuevo día, el Ejército incaico ha levantado sus toldos y cual hormigas arrieras van transitando el sendero que, de aquella fortaleza de Pirca-Pirca parte en diagonal por la ladera cubierta de ichus hacia el lomo de los cerros. Luego, el inca arrellanado en su litera, avanza con su séquito en lenta procesión. Al arribar al cuello del cerro Ulila se apea del anda y largo rato contempla el cielo infinito, cubierto de un tul azulino por donde las aves vuelan en distintas direcciones. Ante los ojos del monarca aparecen cerros y más cerros, valles estrechos y quebradas profundas, por las que discurren los ríos, de aguas cristalinas, con sus sordos rumores. Por el sector de Chíbul, Chuquibamba, Pomio y otros lugares, surgen densas humaredas, que en volutas espiraladas suben al cielo, donde se esfuman. El ruido monocorde de tambores, de caracolas y trompetas se comienza a oír, en una clara señal de que la guerra, con todas sus crueldades, está presente. Sin duda alguna, las avanzadas del numeroso y bien nutrido ejército incaico están sostenido recios combates con los lugareños.
Y esas señales de humo son los anuncios de que en aquellos puntos, donde se alzan las humaredas, hay cruentos combates. Toda una gama de voces humanas se esparcen por todo el ámbito, confundidos con el sordo rumor de los ríos y chorreras.
Tras la hilera de cerros lontanos, en el pueblo de La Jalca, Chuquizuta, otro de los poderosos curacas del reino chacha, se apresta a defender su heredad. Después de reñidos combates es derrotado y hecho prisionero. Un cuantioso botín cae en poder de los invasores. Desde aquel reducto chacha, los chasquis se encargan de transmitirle la buena nueva al inca, quien exclama visiblemente preocupado:
- ¡La guerra, siempre la guerra! Y dirigiéndose a Chuquillaja: - Nosotros quisiéramos que ya no hubieran más muertes. Por eso he dado instrucciones a mis soldados para que traten con clemencia a los rendidos. Queremos brazos para el trabajo, para hacer de esta región, próspera y rica.
Chuquillaja, comprendiendo los propósitos del Inca, manda sus mensajeros, pidiendo la rendición de los demás pueblos para evitar inútiles derramamientos de sangre, que más van en desmedro de su nación, que el Inca les prometió respetar sus costumbres, sus tierras y libertades. Y por lo tanto no hay razón para seguir peleando hasta morir. Que no hay de dónde pedir socorro, porque todas las naciones que circundan a su reino están sometidas al Inca, que hasta el momento nada habían perdido y que por el contrario han mejorado en mucho.
El mensaje del curaca Chuquillaja es oído en los demás pueblos y aunque muchos no se resignan a la rendición, ya no pelean con la obstinación de quienes lo habían hecho en Pías, Condormarca, Bambamarca, Cajamarquilla y Papamarca. Cuando la guerra cesa por completo, el curaca deja de ver en sus sueños el enorme oficio y los buitres. Aquellas visiones oníricas y macabras, mensajeras de la muerte y la fatalidad, se han trocado por otras visiones gratas. Ahora sueña casi siempre con el cerro Churguanay, donde él ha hecho un alto en su viaje a Raimipampa, en compañía del Inca y su numerosa comitiva. En dicho cerro se ve casi siempre apostado, contemplando el paisaje circundante y el valle de Uchucmarca. De pronto, tras el escarpado cerro Cashurco se le aparece un sol rutilante, que le baña todo el cuerpo con su luz aún dorada y entonces él, convertido en nuevo Inca, saluda al astro diurno abriendo los brazos y postrándose. Otras veces se ve con ese mismo sol y en el mismo lugar bebiendo chicha de jora en los queros que el monarca le ha regalado.
Posteriormente, en nuevos sueños, muéstranse la luna, las estrellas. Algunas veces la luna surge ante él convertida en cuerno de plata sobre el cerro Colpacucho la ve salir y por último ve asombrado al Inca Túpac Yupanqui, como una gigantesca estatua, unas veces de pie sobre el cerro Cumullca y otras sobre el Cashurco.
Desde aquellas cimas, el soberano, convertido en un ser gigantesco, inclina su regia cabeza para verlo. Entonces el curaca levanta la suya hacia él, devolviéndole la mirada y el saludo. Algunas veces, el Inca le sonríe cariñosamente y en otras le da de palmadas sobre los hombros. Ese mismo Inca abre cuando quiere las compuertas de los torrentes de aguas cristalinas, que luego descienden raudas desde las enhiestas cumbres. Como estos sueños le acompañan casi siempre, hace traer hasta su palacete de Pirca-Pirca al brujo Chimal Valqui, famoso en toda la región por sus acertados vaticinios. Este le dice:
- Si tu ya no sueñas a la culebra y al buitre es porque han dejado de ser nuestras deidades. También significa que ya no tendremos guerra como la pasada. El sol que tu siempre ves en tus sueños, es nuestra nueva deidad, al que todos ahora le rendimos pleitesía. Nuestras deidades son también la luna y las estrellas. Y en cuanto al Inca, a quien tu vez como un gigante posado sobre el Cumullca y el Cashurco, eso nos quiere decir que es un ser muy poderoso, como en realidad lo es. Pues, ahora sus dominios son tan grandes que aunque te pares sobre el Cashurco y mires al horizonte más infinito, éstos van más allá. Si el Inca te sonríe y te da de palmadas, es porque te aprecia y te ha dispensado su amistad y confianza, a las que tu debes retribuir del mismo modo. Ahora él es dueño absoluto de las aguas y de las tierras y de todo cuanto existe. Todo lo tiene bajo su control y los da con generosidad para que nuestra nación disfrute de la prosperidad con los nuevos adelantos que nos ha traído.
El curaca ha quedado largo rato contemplado los cerros lontanos, por donde semanas atrás ha transitado en su viaje a Raimipampa.
Cierra los ojos y se queda dormido sobre el camastro, quizás soñando con aquellas buenas visiones. En su atormentado cerebro aún resuenan las palabras del brujo.(ramirosn@yahoo.es) Nota.- La foto de John Servayge corresponde a un sector del distrito de Uchucmarca,provincia de Bolivar, Departamento de La Libertad,República del Perú.El sector en mención es Las Quinuas de Ulila,donde habitaron los antiguos habitantes de nuestra región.
