Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2008.
Recuerdos de Uchucmarca y Puémbol

Por: Florencio Llaja Portal
Uchucmarca está situado en la parte central de un pequeño altiplano, a 3050 metros de altura. El pueblo está apoyado sólidamente sobre el macizo de Shotóbal, que según una antigua leyenda del lugar, está sostenido por un par de pilares de oro. Hacia el sur lo rodea el cerro San Bartolo (Bartolomé); al este, la loma de Linguima; al oeste, Trigopampa y al norte, el Cashurco, hermoso peñón centinela. En Trigopampa se encuentra el gran cementerio, casa materna, siempre con las puertas abiertas para dar pase y cabida a todo ser humano que se despide de este mundo.
Cuando yo iba o venía de Puémbol, donde he vivido, solía hacer un alto en la conga de Saucha. Ante mis ojos, de hombre enamorado de aquella naturaleza sin par, aparecía el paisaje como una maravilla. Paseaba mi inquieta mirada sobre los cerros que circundan al pueblo de Uchucmarca, cuyo nítido perfil, me permitía ver además las rinconeras del sector de las Quinuas de Ulila, donde yace una laguna de igual nombre. Es la más grande de aquel lugar, aunque volteando al otro lado de la montaña, la laguna de Guayabamba, que ya pertenece a San Martín.
Por estar en la jalca, las aguas de estas lagunas son frías y parecen hervir al soplo del viento. Son de tranquilas olas, semejantes al alma de quien está lejos del calor humano. Son lagunas plateadas y aquellas que se sitúan al piel del cerro, se notan de un color oscuro, por el reflejo grisáceo de las peñasNuestros antepasados contaban que en la laguna de Las Quínuas dejó su anda el Inca Túpac Yupanqui, cuando vino de Cajamarquilla con rumbo a la selva. Se afirma que el anda real se encantó y por mucho tiempo se dejó ver en noches de luna verdad (nueva). A la luz plateada de la luna el anda dorada también se tornaba brillante. Hacia el norte, por la cordillera de Ulila, se yergue el Cashurco, famoso picacho, cuyas tonalidades negre-azuladas le dan un semblante molesto y a la vez intrépido, sobre todo en invierno, en cuya época nos esquiva y niega de completo su amistad. En dicho recorrido se encadena con el salitre Manchay y Pomio, donde un abra, a modo de un claro túnel nos permite ver otros horizontes. Luego sigue Pueblo Viejo, el antiguo pueblo de Chibul. Hacia el sector de llamactambo, que sirvió de aposento a Túpac Yupanqui. Es una hermosa meseta, de ambiente acogedor, aunque frígido, especialmente en verano. Allí el sol recién sale a las ocho de la mañana, con sus pálidos rayos, de un color moribundo. Luego se extiende lentamente sobre esta pampa y poco a poco sus rayos se van tornando más caloríficos.
A comienzos de 1960, don Juan Quevedo tuvo la inquietud de realizar gestiones ante las autoridades del pueblo de Uchucmarca para ser declarado un nuevo caserío del distrito. Esta gestión demoró 7 años hasta que por fin consiguió dicha titulación y la creación de una escuela primaria. Al sur este están las ruinas de Pirca-pirca, presumiblemente incaicas, y que son la admiración de propios y extraños. Debió ser en su tiempo una simpática y opulenta ciudadela. Quizás ellos fueron los primeros habitantes de Uchucmarca. Cuando uno se encuentra en la cúspide de esta fortaleza repentinamente nos sobrecoge un vago temor de que un fuerte viento nos haga aparecer en otro sitio. Al fondo de esta antigua reliquia arquitectónica, se advierte una gran concavidad, donde las aguas de la misteriosa laguna de Michimal yacen tranquilas. En las noches de luna, ésta refleja sus pálidos rayos sobre las espejeantes aguas, cuyo blanco fulgor es devuelto al astro nocturno.
Esta lumbrera de la noche induce al engaño, pues las aves despiertan pensando que ya llegó la aurora del nuevo día y todas se levantan en vuelo paralelo, cuyos plumajes son como selectos uniformes de gala. Los patos como las huachuas, abriendo alborozados sus alas, en aquel rincón, nos permiten imaginar que así debió ser el estandarte de aquel pueblo legendario, tal como lo hizo San Martín que se inspiró asimismo en aves para la creación del bicolor, allá en la bahía de Paracas.
Avanzando hacia el sur, hacia las alturas de Nochapio, se divisa una gran llanura encajonada, de Quchán, con sus hierbas a flor de tierra y múltiples pajonales, agitados siempre por los vientos. Allí se ve por doquier vertientes de agua que confluyen a los puquiales o riachuelos. Por estas pampas siempre se encontraba la señora Viviana Navarro pastando su ganado lanar. Entretando hilaba un copito de lana blanca atado en el extremo de la rueca y asegurada a la cintura. Cerca de las ovejas están siempre los adiestrados perros mitayos, que se entienden perfectamente con el rebaño medían ladridos y balidos, respectivamente. Al fin regresamos siguiendo la ruta de Chibane, Cascapuy Hatun Rumi, Chilcahuaico, Andul, Shushambo, Mesa Pata Chica y Mesa Pata Grande. Todos los habitantes de estas alturas son robustos y fuertes, porque sus alimentos son sanos y respiran el aire puro de las montañas, aunque para quienes no somos del lugar nos resulta complicado. En verano, todas estas alturas amanecen cubierto de hielo, de nieve. Allí el sol aparece pronto, pero sus rayos son como el reflejo de un espejo, pues da luces sin calorías. En invierno, en todas estas cumbres el viento silba y la lluvia cae congelada. Sin embargo, los habitantes de estos sitios son muy tenaces, pues se levantan a las cinco de la mañana protegidos con sus ponchos de lana, sus buenos “peruanitos” (llanques), otros con sus botas de jebe. Ellos llaman a sus perros por sus nombres o con silbos. Se pasan silbando y cantando sus yaravíes y huaynos. También cantan con orgullo nuestra música criolla. Ellos escalan y voltean hacia el otro lado las alturas en auxilio de sus animales, de sus burros, vacas, caballos y hasta ovejas. La aurora del nuevo día es testiga de estas andanzas. En estas alturas los becerros recién nacidos son generalmente víctimas de los cóndores y de los buitres, encargándose los shingos (gallinazos) de dar buena cuenta de las sobras.
Para la gente de la altura los agentes atmosféricos son un deporte. En tiempo de verano allí el frío llega a los cero grados y en invierno el tiempo se presenta más complicado, pues no solamente corre el viento helado, sino el cielo descarga fuertes tempestades, con acompañamiento de truenos y relámpagos. Estos últimos son centelleos de fuego, que iluminan los cielos y la tierra. Cae asimismo desde lo alto del cielo el granizo, que son como perdigones que caen sobre uno y parecen como un castigo del cielo. Este granizo es como almidón o como una mortaja blanca que se va acumulando sobre el cuerpo.
El habitante de estos lugares es tan valiente que es capaz de dominar todas las bravuras andinas, al igual que el majestuoso cóndor, todo un señor de las alturas, que en plena frialdad pasea su vuelo con toda gallardía. Vuela tan alto, con sus alas tendidas, que ya parece tocar las estrellas. Las plumas de sus alas producen un agudo silbido cuando vuela y su cuello vibratil y genuflexo parece cubierto por una chalina roja. Su mirada aguda y fascinante es como la de un conquistador de América. Así revolotea el espacio por una y otras partes, siempre en busca de presa, de víctimas...
Toda la gente de mi pueblo son de carácter empeñoso en sus quehaceres. Cultivan con dedicación, con amor sus chacras, que están alrededor del centro urbano. Estas chacras son como un mapa bien dibujado, bien trazado, pues se deja ver claramente. Quizás sin pensar, de una manera misteriosa, algún ciudadano, de nobles sentimientos, lo llegó a ubicar, a descubrir. Fue una feliz idea fundar el pueblo en este lugar, que es tan despejado y está al centro de una cadena de montañas, las que atraen en forma constante y vibrante el sonido del recuerdo. Este pueblo nos prestigia y nos atrae como un sueño incesante.
En realidad, qué linda es mi tierra! Quien no quisiera estar siguiera guarecido por un momento bajo el azul de este cielo uchucmarquino.
Recuerdo de Puémbol
Lima, 1° de Enero de 1998
Señor Agente Municipal del Pueblo de Puémbol.
De mi especial consideración:
Al terminar este año del 98 pláceme remitir mis cordiales saludos a usted por medio de la presente, que espero llegue a usted por medio de la presente, que espero llegue a su poder. Cómo quisiera que esta misiva mía fuera de su mayor agrado, ya que en ella van mis mejores deseos por su perfecta salud y la de su familia, así como del pueblo en general. Mi mayor anhelo es ver a mi pueblo siempre unido, en un solo abrazo, como en aquellos tiempos en que los dejé.
Quien les saluda desde aquí queda regular, con el único anhelo de que todos por allá lo pasen bien. Les deseo un próspero año nuevo y que nuestro querido Puémbol siga progresa
Cuánto quisiera estar cerca de ustedes, más que todo para entablar un ameno diálogo con aquella gente de mis tiempos, que son como troncos añosos (añejos y carcomidos, cimientos del destino, cuyo eco de sus voces han quedado grabadas en mi mente y en mi corazón. Al evocarlas, me parece escuchar aquellas conversaciones como si fuera detrás de una pared. Mis ojos parecen ver a ese grupo de ciudadanos con quienes me reunía para realizar los trabajos comunales, los que terminábamos con una fiesta familiar. Allí saboreábamos nuestras ricas viandas, preparadas por las diestras manos de nuestras selectas socias. Ellas las preparaban en forma mancomunada y con los infaltables barriles de chicha, hecha de legítima jora y chancaca. Todo a nuestro gusto y humor!
¡Qué linda gente de aquel entonces!
Nadie conocía la pereza, la venganza, el robo. Cada quien respetaba las cosas ajenas.
Todo era una completa armonía. Por esta razón Puémbol se encontraba cruzando las cumbres más elevadas del ejemplo social. Y como un dulce embelese los hijos de Puémbol se esmeraron siempre por conservar un alma virtuosa. En aquellos tiempos de mi estancia en él, éste parecía descansar sobre un inmenso mar de buena conciencia, que me parecía tan pura e impoluta, como la nieve inmaculada. En esa forma hemos vivido. Por eso cuando se trató de gestionar la creación de la escuela, todos, como un solo hombre, nos aunamos para realizarla. Con orgullo afrontábamos nuestras obligaciones, dando así cumplimiento a un estricto deber patriótico, como corresponde a todo buen ciudadano. Por esta razón, para mí fue fácil lograr el fruto de mis aspiraciones, que sin pensarlas las había soñado. Nadie más que yo debo agradecer a esta linda gente. Ruego a Dios que las bendiga, así como a esas buenas almas que en paz descansan. Pido a Dios igualmente que les colme de felicidades a quienes viven todavía, que van caminando en el corazón de nuestro añorado Puémbol. Aunque reconozco que para mi pueblo ya soy como un ajeno pasajero por mi dilatada ausencia. Pues, en cumplimiento del destino, me alejé. Son 25 años cumplidos en que mis ojos no alcanzan a ver las fronteras puembolinas. Pero sus recuerdos permanecen inalterables en mi mente y en mi noble corazón, que aún late dentro de mi pecho.
Para llegar a ese lugar de mis dorados sueños, que imaginariamente me parece que ya estoy pasando por Chechumbuy Loma, por las puertas de un paderón en ruinas, que fue construída por mis abuelos don Fabián Llaja y doña Juliana Palacios. En forma rústica allí se construyó un humilde hogar con piedra y barro. Estaba junto a una acequia, de remoto origen y a la sombra de una hermosa planta de chirimoya.
Esa humilde casa fue la cuna de mi nacimiento. Allí vine al mundo un 20 de junio de 1927.Continuando con mi viaje imaginario, ahora me veo en la travesía de Sillaconga Chica, listo para escalar el serpenteante camino hacia Sillaconga Grande, cuyas curvas, unas saludan a la chorrera de la quebrada, que baja por “Lejía huayco”, al pie de Shel; y otras que miran a la quebrada de Las Lucmas, que baja por Llihuín. Luego de una fatigosa subida, hago un alto para descansar en la pampa de Sillaconga Grande; desde donde, en forma obligada, como digo, se descansa. Desde allí se mira la altura del Churo Grande, el cual en su recorrido deja notar una disimulada ondulación.
En estos momentos, en que escribo, recuerdo con estupor y como un ensueño, aquella mañana de febrero, cuando sacaba de esos paraderos a mi toro Huarango; en plena quebrada fui sorprendido por una galgada de piedras, las que se desprendieron de uno de esos “balcones”, aflojados por las lluvias de esa época. Gracias a Dios, me protegió. Pues con gran agilidad las pude esquivar. Me convertí en una “ficción” para no hacerme daño.
Del recuerdo de aquellos momentos trágicos para mi vida pasaré a otros más entretenidos. Recuerdo, en esos arrabales una vez tuve la suerte de atrapar un puma sanguinario. Cayó en la trampa hecha de la cadena de mi burro mancarrón. Ese puma trataba de acabar con todo los animales del vecindario. Me entró una pica y juré matarlo cuando cazó a mi potranca manchada, de año y medio, cría de una yegua blanca fina. Fue una gran novedad para todo el vecindario el haber atrapado a esa fiera peligrosa, a la que conducimos al peso, una vez muerta, sobre los fornidos hombros de los cargadores, acompañados de un buen grupo de vecinos.
En la plaza de Puémbol fue exhibido un breve tiempo. Allí se congregó todo el vecindario alegre y contento. La muerte del puma lo celebramos con una gran fiesta.
Otro día, cuando en un viaje real, yo iba por el camino, tuve la ocurrencia de quitarle sus crías a una osa, como me trabé con ella en una contienda atacándola con palos y piedras, el olor de su resuello se impregnó en todo mi cuerpo, que perduró por espacio de muchos días.
Bueno, ahora retornando mi viaje imaginario, y, siguiendo la ruta, ya se cruza “Shimishpucro”, para finalmente verse en la plazuela de Puémbol, descansando junto a un ojito de aguas cristalinas, aunque es poquita, es noble y sincera. Ella es alma, vida y corazón de Puémbol. Sobre la parte superior se divisa las faldas de Chapcaloma. En tiempo de invierno allí primero se acumulan las nubes. En este lugar flotan como copos de algodón o vellones de lana de oveja. Al sur de Chapcaloma también hay agüitas detenidas permanentemente. Son como gotas de lágrimas colocadas en unas mejillas dormidas.
Más abajo, donde cruza el camino real, para Uchucmarca, tenemos la famosa pampita de “Purpurloma”. En este sitio, es de costumbre, que todo pasajero, después de una larga jornada, sosiegue su cansancio. De este sitio también se observa gustosamente cuando el sol, astro gigante, retira sus rayos caniculares al atardecer del día. Mirando al frente, se observa el famoso “Ondolep”, vestido de modestos pajonales su gigantesca mole y en donde siempre aparecen los venados. Esta altura nos da la impresión de que se tratara de un gigante cuya obligación incansable fuera la de levantar con sus manos el astro solar, para privilegiar a todo aquel sector con su gran potencia luminaria, con el que da comienzo al despertar de una nueva aurora.
Esta altura es misteriosa. Parece que en tiempos lejanos, el sol, convertido en gigante enigmático tuvo la inquietud de querer arrullar y poner a todo el panorama bajo el calor de sus rayos. Al pie de este cerro, discurren las aguas del gran riachelo de Lanchihuayco, que nace en un “pucro” y termina en “airiaco”, cuya voz rumorosa aumenta su sonido al tropezar con algunas cataratas. En todo su recorrido no se deja ver debido a la tupida vegetación, de árboles frondosos y verdes follajes, con huicundos multicolores, que dan la apariencia de un altar. En realidad es un altar de la naturaleza, a cuya sombra se conglomeran bandadas de aves, de diferentes proles, cada cual eleva sus oraciones al cielo, con su propio trinar. En cada amanecer o atardecer del día no falta este tipo de conciertos. El pasajero, cuando escucha este ritmo de canciones, se detiene por un momento, considerándola como una orquesta bien calificada.
Por esta y otras tantas razones, que conmueven a mi conciencia, aprovecho este poquito de descanso para trasmontarme en alas del recuerdo, de aquellas épocas lejanas y grabar estas letras con mis propias manos, que estrechaban las vuestras, las de mis coterráneos.Lima, 12 de enero de 1999.Florencio Llaja.
Nota.- Puémbol es un caserio del distrito de Uchucmarca, en la Provincia de Bolivar,Departamento de La Libertad,República del Perú.
Historia del toro bravo,color barroso

Por:Florencio Llaja Portal
Recuerdo, una vez tuve unas conversaciones con el señor José Gil Villanueva para que me vendiera algunas cabezas de ganado vacuno, en su fundo “El Nochapio”, quedando para una fecha fija y sin permitir tregua alguna, en la fecha señalada, me conducí a su domicilio en Chilcahuayco. Llegué por la tarde. Me quedé en su casa. Fui bien atendido. Llegó la noche. En esas alturas el frío es intenso. Pero nada me fue extraño. Para dormir me protegieron buenos colchones de pura piel de carnero, colocados en forma yuxtapuesta, mil veces mejor que “comodoy”. De igual manera las frazadas, unas sobre otras, mas complicadas que una biblioteca, de manera que el frío desapareció y se alejó por tras las montañas de “Cumullca”.
Por la mañana bien temprano yo me puse de pie, demostrando un semblante varonil. Aunque los dueños de casa insistieron, que no me levantara todavía, que era muy temprano, yo les contestaba con toda broma. En fin, ya la señora Tomasa Rivera junto a su fogón, preparaba el desayuno, Ardían las llamas que producían las leñas de paja hualte, moduladamente trenzadas a mano y secadas con el rigor del templado sol.
A medida que aprovechábamos el sabroso desayuno, de ricas papitas nuevas sancochadas, con sus cascaritas reventadas en forma de un capullo de rosas, abiertas de par en par y nos íbamos tomando un caldazo de carne de res, bien gorda, al cual se agregaba las hojitas de cebolla, ruda, paico, perejil bien molido, más su ajicito...
Por otro lado, ya estaba preparando el buen fiambre: un charqui de carne, hecho picadillo, bien doradito en pura grasa de vacuno. Al momento de la partida al potrero, yo me encargué de echar al hombre una buena lapilla, asegurado en precioso mantel; lo puse en mi alforjita de viaje, más ni “laciadera” enrollada. Nos despedimos de la señora Tomasa. Don José tomó la delantera. Toda la travesía hasta llegar a la rinconera de Auchán la marcha fue normal, pero al principiar el alpinismo, la subida, hacia la fila de Nochapio, este ganadero comenzó a correr una maratón; yo pensé que lo hacía de broma; bueno, yo tenía que seguirlo. Al cabo de una larga distancia volteó la mirada para verme donde me encontraba y como yo estaba aún distante, él se sentó para dar unas cuantas chacchadas de coca, que guardaba en una guayaquita de lana de oveja y lo llevaba bien asegurada en el brazo izquierdo.
Cuando yo llegué a su lado, me di cuenta que él había corrido a propósito. Después de unos cinco minutos de descanso, se levantó y me dijo: ¡Vamos! Comenzó nuevamente a correr, a velocidad y así, a este paso, tuve que seguir la jornada del viaje. De trecho en trecho volteaba la mirada para ver si yo me retrasaba. Entonces pude advertir cómo el sudor ya se dejaba notar en él y por su rostro se deslizaba, secándolo pronto con una esquina de su poncho, el cual cubría su cuerpo. Se sentaba un breve tiempo para chacchar. Yo, desesperado, también me sentaba ha descansar, porque la respiración me faltaba. Me sentía todo cansado, pero jamás podía sentir un solo grado de calor, pues el aire allí es muy duro y frío para alguien nuevo, que se atreve a cruzar esas alturas, siendo asimismo sumamente complicado.
Después de tanto sacrificio para mí, al fin llegamos a la cumbre. Sonriente, el ganadero me admiró y me aseguró que yo era el único que pude seguirlo en esa escalinata, en esa clase de caminata. Otros compradores de ganado habían fracasado.
Caminando jadeantes y sudorosos coronamos la altura y luego comenzamos a bajar una entrada llana y pantanosa, rodeada de una cadena de montañas, sereñas, embiestas y rocallosas, las que dan origen a muchas quebradas. Por algunas de ellas, se deslizaban corrientes de aguas puras y cristalinas. Todo este sector lo encontramos cubierto de neblina, la cual se desplazaba empujada por los vientos iracundos de la jalca, que rompían igualmente las nubes en capullos. Cuando esta fuerza del aire chocaba entre las rocas producía sonidos estruendosos, más potentes que los mugidos de un conjunto de toros rivales, que se acometen.
Cuando llegamos a la pampa nos sentamos a descansar y comer el fiambre. En esos instantes don José Gil sacó su largavista para ubicar su ganado, el cual reconoció cerca de laguna verde. Me pidió que me quedara donde estaba, descansando, mientras él se fue con su perro a bajar el ganado.
Después de descansar un momento, me levanté y me dirigí a una alturita para observarla como eran esos terrenos. Cuando retorné hacia donde me encontraba, me di con la sorpresa de que un famosos toro bravo me esperaba. Era el rey de ese potrero. Estaba echado frente a mí. En cuanto me vió se levantó con un nasal mugido. Dio dos rascadas al terreno y embaló hacia mí. Yo que estaba con mi poncho en el hombro, con toda agilidad lo convertí en capa y me puse a torearlo. El toro pasó como un relámpago por mi lado, dejando a su paso una fuerte regada de aire que azotó todo mi cuerpo. Su irrefrenable velocidad lo llevó hasta un puquial, donde el toro bravo se hundió hasta las costillas, pero desde allí con su furiosa mirada parecía devorarme. Aquel manantial fue mi providencial aliado y aunque el astado animal hubiera querido matarme, con su maldad a cuestas estaba aprisionado allí hasta la muerte.
Mi ponchito, que me sirviera de capa, era nuevo y estaba bien perchadito y riveteado a mí agrado. Pensé que el toro con el asta lo había roto, o que se hubiera llevado alguna franja, pero felizmente estaba conforme, perfecto. También observé cuidadosamente mis costillas y me di cuenta que todas estaban ilesas y perfectamente en su lugar. Créanme, amigos lectores, que yo también era ganadero como don José Gil pero nunca fue capaz de torear ni siquiera un becerro. En esta oportunidad me hice torero para salvaguardar mi vida.
Dios me favoreció. Cuando llegó a mi lado don José Gil, que había presenciado aquel peligro, me felicitó muy de verdad y me dijo con sinceridad que podía llegar a ser un torero de gran prestigio. Me confesó que él lo había observado todo, como digo, inclusive me había llamado avisándome que allí estaba el toro bravo, pero yo no había escuchado sus advertencias por la fuerza del viento. Don José Gil fue a su domicilio y retornó con su escopeta. Le dio un tiro de gracia y el toro acabó con sus padecimientos. “Ahí quédate! Tantos hay para tu reemplazo.... – exclamó don José Gil mientras se alejaba con el arma asido y dejando en el puquial al toro muerto. Luego nos pusimos a separar el ganado que me había vendido, con los que emprendimos el retorno. Cuando estábamos a media subida volvimos la mirada y vimos que un sin número de rapaces buitres y gallinazos daban buena cuenta del toro.
Confieso que para mí ese momento inesperado fue un profundo espasmo, pero pasado el peligro, y al recordarlo en otros instantes de mi vida es un jolgorio. Aun sigo recordando cómo miraba el toro, cómo revisaba mi ponchito y cómo palpaba mis costillas... pues son actos imprevistos de la vida. Al recordar estos trances que me parecen fantásticos y lúgubres de mi pasado me ocasionan tanta alegría, semejantes a ciertas gotas de rocío cuando caen en un desierto o bien cuando caen sobre los pétalos adorables de una flor moribunda para hacerlo revivir y prolongar su vida. Así fue la historia del toro bravo, color barroso.
Lima, 1° de mayo de 1999
La Guerra de los Chachas.Relatos prehispánicos

La noche discurre clara y serena, iluminada por millares de estrellas que tachonan aquel cielo misterioso, en donde el disco rojizo de la luna hállase aprisionado por dos grandes círculos de arco iris.El Curaca Chuquillaja siente un vivo estremecimiento al contemplar aquel inusual espectáculo, pues cree que malos tiempos se están avecinando. Intrigado y desconcertado ingresa a su dormitorio, del cual ha salido minutos antes impulsado por ver el estado de la noche, que le dirá sí el día siguiente ha de ser bueno y promisorio, sin la presencia repentina de los aguaceros, que mojan los accidentados caminos convirtiéndolos en resbaladizos jabones.
El curaca sube al camastro, pero no puede conciliar el sueño. Le preocupa haber visto a la luna manchada de un rojo sanguinolento. Su cuerpo sufre un ligero estremecimiento al pensar en las posibles desgracias que le podrían sobrevenir a su pueblo. Y no es para menos, pues tantas cosas raras han ocurrido por aquellos días. El aullido monótono y dramático de los perros durante las noches pasadas, el furioso ulular de los vientos, los halcones cayéndose a tierra, luces misteriosas en el cielo y ahora la luna ensangrentada, son claros indicios de que algo malo, muy malo ha de suceder.
Se atormenta el Curaca Chuquillaja al tratar de identificar el posible mal que pudiera sobrevenir. Pues ¿qué mal podría ser aquel que no pudiera ser conjurado? Lluvias torrenciales o sequías que sólo traerían hambruna, pero que no le causan mayores zozobras, ya que en tales situaciones, la selva colindante les proveería del alimento indispensable. Además, la gente escarmentada con estos flagelos de la naturaleza toma sus precauciones y almacena alimentos para afrontar una amenaza como ésta. ¿Y si fueran epidemias? Se pregunta. Entonces él y su pueblo buscarían salvarse dispersándose por entre los montes. Las enfermedades son de temer, porque no siempre dan con la cura y por eso las gentes mueren. Si no son pestes, a lo mejor son temblores. ¿Qué otras cosas podría ser? ¿Tal vez guerra con los vecinos? No representan mayores amenazas para el pueblo y por lo tanto el Curaca puede librarse de las preocupaciones.
A medida que los días van pasando, deja de lado sus temores. La situación sigue normal. Más, de pronto, durante dos noches seguidas es asaltado por las pesadillas. En la primera noche aparece ante él una enorme serpiente, cuya hipnótica mirada lo deja alelado. Ante tales visiones, el curaca se siente impotente y atemorizado. Y aunque la serpiente es una deidad venerada por todos los moradores de su pueblo, la quiere matar, sabiendo del peligro que representa para su vida. Com mano trémula le arroja varias pedradas, pero ninguna de ellas la golpea. El enorme ofidio súbitamente desaparece tragado por la tierra y Chuquillaja queda preso de convulsiones epilépticas. Al día siguiente despierta cabizbajo y pensativo. Sin cruzar palabra con nadie se va a su chacra y allí pasa el resto del día ocupado en barbecharla con la ayuda de la chaquitaclla. En sus momentos de descanso chaccha su coca, sin poder apartar de su mente aquellas horribles visiones de la última noche.
La noche siguiente sueña que por el sector de Huampatén, una bandada de buitres aparece en raudo vuelo y luego de sobrevolar las numerosas aldeas, enrumban a Pirca Pirca, donde está la sede de su gobierno. Allí intentan aterrizar, sin dejar de graznar y aletear. Inicialmente intentan atacar a sus gentes. Luego, una lluvia de palos y piedras, lanzadas por su moradores, los obligan a huir por el sector de Llamactambo. El curaca no quiere contar a nadie de sus horribles sueños. Estas deidades de su pueblo, las plumíferas rapaces y las reptadoras serpientes, despiertan en él la curiosidad por saber el por qué se muestran tan enojadas y amenazadoras. Ha consultado su caso a una anciana vidente llamada Sagua Chuquichin. Ella le dice:
- Seguro que en tus sueños se está revelando la guerra que están librado los chimúes con los orejones del Cuzco, quienes se hacen llamar Incas. Los que vienen del otro lado del Marañón, cuentan que esa gente, que es muy belicosa y numerosa, le viene ganado la guerra a nuestros vecinos.
Aunque las explicaciones de la anciana no dejan de ser alarmantes, de todos modos, el curaca cree que no hay motivo suficiente para preocuparse hasta la obsesión. Para él, esa guerra está distante y no significa amenaza alguna para su pueblo. De vez en cuando, a su comarca han llegado algunos mercaderes, trayendo como noticias que los sureños han sometido pacíficamente a los huamachucos, no habiendo sucedido lo mismo con los casamarcas con quienes han librado una guerra cruel. Cuando el curaca oye hablar de estos últimos, de sus fieras y encarnizadas luchas, luego de sus derrotas ante los llamados incas, se pone intranquilo y piensa en la suerte que pueden correr los suyos.
No cabe duda que hay una amenaza latente y ésta viene del otro lado del Marañón. Del pueblo de Balzas, arriba un mensajero, quien le asegura haber visto a unos indios extraños. Los foráneos, después de cruzar el río en embarcaciones, han seguido la ruta hacia el pueblo de Raimipampa, llevándose en forma sigilosa a varios lugareños.
El sometimiento de los casamarcas ha causado no poco estupor entre los pueblos chachapuyas. Esta mala noticia, cual reguero de pólvora, se extiende de un confín a otro. Los curacas sintiendo que el peligro se avecina, convocan a sus respectivos pueblos a sesiones de urgencia, a fin de tomar medidas de precaución. Sin embargo, cuando se tiene noticias que el ejército incaico, en su mayor parte, ha retornado al Cuzco, la calma retorna y se sienten aliviados.
Tiempo después, en un nuevo escenario de la conquista incaica, el día amanece radiante bajo un cielo azulino. Por entre los rijosos peñascos, el astro del día tímidamente hace su aparición. Atrás ha quedado el crudo invierno con sus lluvias torrenciales, sus densas neblinas a flor de tierra, sus negros nubarrones que por largos meses ha oscurecido el cielo de aquella comarca, áspera y brava, plagada de todo tipo de alimañas.
Algunos rayos rubios, de aquel sol madrugador, se han filtrado por las pétricas ventanas y la puerta de la suntuosa mansión que al inca sirve de cuartel general.
Está compuesta por espaciosas salas de cantería muy pulida, cuyo techo y cornisas extensas lucen un llamativo barniz rojo. Las azoteas y escaleras, hechas con buen gusto, también son de la mejor cantería. Las puertas, de aquel magnífico palacete, atestadas de celosos guardianes y diligentes camayos, están cubiertas con pieles de animales raros y cortinajes de finísimo cumpi. Por dentro, de sus pétricas paredes han sido decoradas con mullidos tapetes confeccionados con alas de murciélago; con mantas policromadas, hechas con fibra de vicuña y con dibujos de grecas, rollos y aspas. En los bordes de estas primorosas telas están pintados los caciques y los combatientes.
Braseros dorados saturan el ambiente con el agradable olor de las hierbas quemantes, de las gomas y resinas extraídas de las selvas vírgenes. Complementan el ornamento pequeños espejos de bruñida plata, hermosas y refulgentes tinajas, esmaltadas y caladas; aúreos copones y vajillas, cuyas formas desmesuradas y fantásticas, representan figuras de niños, de llamas y cóndores.
En los espaciosos compartimientos, muy cerca de las pétricas paredes, exhíbense resplandecientes taburetes y bancos bajos, de cóncavos espaldares, que imitan colas de aves o de monstruos marinos. Aúreas planchas portátiles con incrustación de pedrerías, figuras humanas en relieve, dragones, árboles y animales mitológicos, cubren los muros internos. Afuera, en los anchos corredores, hállanse agolpados los dignatarios, los auquis, los huamincas, los apus, los sinchis, los aucamayos y los curacas. Los edificios aledaños sirven de recámara a la servidumbre particular del soberano. Más allá, sobre una altipampa, erígense grandes almacenes y de allí para adelante, continúan las tropas, que se extienden dos leguas de largo a través del sinuoso valle huacrachuquino, pues desde allí proviene la amenaza sobre el reino chacha.
El inca, esbozando una alegre sonrisa, llena de satisfacción y orgullo, sale a saludar al astro del día. El intipchuri, ya en el espacioso patio, extiende sus brazos hercúleos y con una inclinación reverente lo saluda. Uno de los vasallos le alcanza dos vasos queros, de puro oro, conteniendo la rica chicha de maíz.
- Padre Sol, brindo contigo, porque esta campaña sea tan exitosa como las anteriores. Con tu ayuda ganaremos mayor número de súbditos, quienes serán adoradores tuyos. De unos cuantos sorbos apura el contenido del vaso que tiene en la diestra. Luego haciendo ademán de un segundo brindis, alza con la zurda el otro vaso destinado al Sol, cuyo contenido derrama en una botija de barro. Ingresa a su aposento. Allí están los miembros de su consejo, los generales y tíos suyos: Tilca Yupanqui, Auqui Yupanqui y Túpac Cápac.
- Mi padre el Sol me manda proseguir con la campaña. Ha comenzado el verano y la gente de socorro ya la tenemos. Considero que esta campaña no debe ser tan prolongada como las pasadas. A los 40 mil combatientes que vosotros yayas mandáis, se sumarán otros veinte mil más de nuestra plaza fuerte de Huánuco. Si los chachas no aceptan un sometimiento pacífico, lo conseguiremos mediante la fuerza de nuestras armas.
- Mucho me temo que esta campaña no ha de ser tan fácil, sino todo lo contrario. Allí tenemos el ejemplo de estos huacrachucos, a quienes con mucho esfuerzo y grandes sacrificios hemos conquistado. Estas pobres gentes son tan obstinadas y no entienden que nosotros venimos a sacarlos de sus bestialidades – Dijo con enfado Túpac Cápac.
La guerra librada entre los incas y los huacrachucos causó mucha alarma entre los chachapuyas, cuyos dilatados territorios se extendían de un confín a otro, abarcando los actuales departamentos de Amazonas, San Martín, así como las provincias de Patáz y Bolívar del departamento de La Libertad. El reino carecía de un gobierno centralizado en todo su ámbito, correspondiéndole a los curacas regir sus propios ayllus.
Desde mucho tiempo atrás, tanto el pueblo como sus autoridades estaban conscientes de la amenaza que significaba la expansión de los orejones cuzqueños, la cual se hizo patente, cuando sus vecinos los casamarcas, los chimúes y los huamachucos, no obstante ser pueblos pujantes, cayeron bajo su férula. Aún cuando una eventual guerra con los incas la consideraban distante en el tiempo y en el espacio, de todos modos se preocuparon por levantar muchas fortalezas en lugares de poca accesibilidad. Bloquearon los caminos en sus pasos estrechos. Acostumbrados como estaban a vivir arriba en los cerros y sus laderas, les pareció que mejores defensas no podían encontrar, porque desde lo alto era posible columbrar en cualquier dirección y en caso de guerra, oportunamente podían advertir la presencia del enemigo. Ellos lo sabían, mejor que nadie. Sus vidas hasta ese entonces, habían discurrido entre la paz y la esporádica guerra con sus vecinos debido a problemas de linderos, usurpación de tierras, robo de ganado auquénido y de productos de pan llevar, rapto de mujeres y de niños, entre otras causas.
- Señores – dijo el curaca Chuquipiondo de la llacta de Cunturmarca – los he convocado de urgencia, a todos ustedes para comunicarles que la guerra ha tocado ya nuestras puertas. Si, señores, esa guerra que muchos de nosotros la veíamos lejana. Los llamados incas, se aproximan a nuestra frontera sur. - Luego de una pausa prosiguió: – los huacrachucos han sido totalmente derrotados. Y nosotros que, durante todo el tiempo que duró esa guerra, hemos permanecido de simples espectadores, ahora no tenemos otro socorro, otra ayuda que nuestras propias fuerzas y nuestro propio valor. En toda nuestra Nación se están llevando a cabo reuniones de urgencia para analizar la gravedad de la situación. Esta mala noticia es ya de dominio de todos los pueblos de nuestro reino gracias a nuestros esforzados mensajeros, quienes en sus idas y venidas traen el sentimiento unánime de luchar contra los invasores para conservar siempre nuestra libertad y nuestros territorios. Nosotros queremos vivir y morir con nuestras creencias, nuestras costumbres y modos de ser, como vivieron y murieron nuestros mayores.
- Si los incas quieren la guerra, pues ¡la tendrán! nosotros, los chachapuyas, estamos preparados para defender lo nuestro. Pelearemos por nuestra libertad, por nuestras tierras. Nadie nos despojará de nuestras heredades, tampoco nos harán sus vasallos. Muera el Inca y su gente – acotó Mallap gritando a voz en cuello.
- ¡Mueeraannn...! – Resonó el grito unánime de los congregados. La reunión concluyó tras varias horas de debate sobre la forma de preparar las defensas y de asumir responsabilidades en las mismas. Ya vieron los chachapuyas que la amenaza que se cernía sobre ellos era muy grande y por ello, sus rostros expresaban esa preocupación.
Una semana después Túpac Inca Yupanqui y sus 60 mil hombres, ubicados en las fronteras septentrionales de Huacrachuco, levantaban sus toldos blancos de campaña y vadeaban el Marañón por el sector de Calemar. El ejército incaico, con sus exploradores a la cabeza, ha incursionado en el territorio de los chachapuyas en forma sorpresiva y al comienzo, sin encontrar resistencia alguna de los lugareños. El servicio de centinela avanzada, de poco les ha servido; pues, los chachas se ven de pronto invadidos por una legión de guerreros Orejones.
En este ejército multinacional, van marchando en silencio y ordenada fila los canchis, cuyas frentes están ceñidas con listas rojas y negras; los canas y collas, con monteras de lona; los cuntis, chancas, charcas, tucmas y chilis, que exhiben gorros diversos y van premunidos de largas picas, banderas y grandes escudos y uniformes de colores; los huancas, llevan los cabellos trenzados y se calan gorros sujetados con cintas debajo del mentón; los antis y chunchos tienen los rostros pintados y las flechas envenenadas; los chinchas y los yungas, van premunidos de waracas, jubones y rodelas de algodón, mantas como rebozos y máscaras extravagantes, los huacrachucos con sus gorros rematados en cuerno de venado.
Casi a la retaguardia va el monarca, rodeado de aquello que constituye el núcleo de su ejército imperial, los hombres de su linaje, llamados incas Orejones, con sus clásicos llautos, cual anchos turbantes, redondos y embutidos zarcillos de oro, cascos y mazas de cobre, y sandalias muy adornadas. Ellos portan la efigie del dios Punchau y la piedra sagrada del cerro Huanacauri. Contra ellos ahora pelearán los chachas, quienes, cogidos de sorpresa y como un desesperado recurso defensivo, ante tan formidable amenaza optan por la huida. Todos los hombres y las mujeres, en edad viril, van subiendo de prisa a las montañas más altas, a los altos cerros, para luego atrincherarse en las fortalezas, que se yerguen solitarias y enhiestas, con sus cúpulas mirando al cielo azul, convertido en símbolo de una libertad sin límites.
En el pueblo fronterizo de Pías quedan únicamente algunos viejos y viejas acompañados de muchos niños. La guerra ha comenzado cruelmente por ambas partes:
- Um! Ya lo suponía... La cosa se está poniendo bastante fea. Esta gente nos está dando mucho trabajo. Han huido hacia sitios más fuertes y qué poco les importa los suyos, esos viejos, esas viejas y esos niños. Este pueblo de Pías ha quedado en el desamparo – Dijo el Inca a sus generales. Luego agregó: – quiero que traten con mucha clemencia a esta pobre gente. Les daremos de comer, de vestir y cuando quieran reunirse con los suyos les dejaremos ir.
En efecto así fue. Desde lo alto de las fortalezas y de las cumbres enhiestas, los atrincherados advierten el penoso ascenso de sus padres y demás parientes ancianos llevando a cuestas a los niños.
- ¡Caray! Esto si que se pone muy gracioso. Nuestros adversarios se han mostrado muy benévolos con los nuestros.
Sólo que esa generosidad nos acarreará problemas. Nuestras raciones ahora durarán menos y no hay manera alguna de proveernos de más víveres y pertrechos. Estamos rodeados. ¡Seguramente quieren que nos rindamos por hambre y por sed! Quieren que nuestros corazones se ablanden ante el llanto de nuestros hijos y de nuestros padres ¡Maldición! Estamos fregados. Nos quedan dos caminos: o salimos a pelear o simplemente nos rendimos? – Concluyó de hablar, inquiriendo a los suyos Daichap Chuilila, tras una reflexiva perorata. Las opiniones se dividieron.
- ¡Quisiera morir peleando y ahora mismo bajaré y los atacaré con mi honda y con mi lanza! - Exclamó, lleno de exaltación, el guerrero Tsuím Panchuy. De pronto él y un grupo de jóvenes guerreros, impulsados por el bélico ardor de la batalla, dejan la sitiada fortaleza y armados con sus lanzas y sus hondas corren a campo traviesa en busca del enemigo, que se halla parapetado y oculto entre los pajonales de aquella puna soledosa. Los gritos de uno y otro bando, amplificado por los ecos, se deja oír a varios metros a la redonda. Los pájaros Cargacha ante el ruido estridente huyen desesperadamente de sus escondrijos, dejando oír sus gritos característicos.
Las llamas, los guanacos y los venados huyen también a la desbandada, tomando direcciones diferentes. Por los aires cruzan raudas las piedras y las flechas y luego los hombres provistos de puntiagudas lanzas se acometen con furia. Tras el grito desaforado, la soledad y el silencio vuelven a apoderarse de la inmensidad de la puna, donde los verdes pajonales, agitados constantemente por el viento, emiten sonidos lúgubres y extraños.
- Nos quedan pocas provisiones – Exclama Cueta Choc, con una expresión de angustia y de dolor – Pronto ya no tendremos que comer. Moriremos irremediablemente si no nos rendimos. Nuestros hijos enferman y nuestros padres sufren lo indecible. Esta guerra es simplemente para nosotros un suicidio. Debemos hacer algo. Creo que es hora de pedirle clemencia al Inca. Sé que respetará nuestras vidas.
Mientras este tipo de propuestas surge en las sitiadas fortalezas, arriba en el despejado cielo, de opalino tul, un grupo de buitres revolotean los aires, describiendo círculos imaginarios y luego descienden a disputarse los despojos de los soldados muertos. Convencidos de su derrota, los rebeldes chachapuyas, de aquel lugar, toman el camino de la rendición. Y sin embargo, la situación sigue crítica para el ejército del Inca, porque si bien el verano ya ha comenzado, las altas montañas siguen pinceladas de blanca y refulgente nieve, que con el calor solar se van descongelando, produciendo sordas avalanchas de muerte y destrucción. Sobre aquellas enhiestas cumbres el viento impetuoso sopla con rabia, azotando el rostro curtido de los exploradores del Inca, quienes en su afán por descubrir y explorar el terreno, en número de 300 son sepultados sorpresivamente por aquellos aludes de nieve y lodo. Así, la naturaleza aparece como aliada de los regnícolas, obligando de paso a paralizar la acción del ejército invasor por varios días. En Condormarca, el curaca principal Chuquipiondo, manda publicar por bando dentro y fuera de su jurisdicción la noticia que el Inca ha huido ante el valor de sus hombres. La gente, con una mezcla de incredulidad y desconcierto, da finalmente por cierta la retirada del Inca.
Los días van transcurriendo sin prisa pero sin pausa y a medida que el tiempo va pasando la guerra deja de ser asunto de interés y todos se reincorporan a sus actividades habituales. En forma sorpresiva, el propio curaca Chuquipiondo vuelve a enviar mensajeros a los diferentes pueblos del interior comunicándoles que la amenaza sigue latente y que todos deben estar preparados para la lucha. Desde Pías, donde el Inca tiene su cuartel general, el ejército avanza en medio de grandes dificultades dado el carácter agreste de la geografía de la zona y de los ataques repentinos en los pasos estrechos y obligados perpetrados por los hombres del curaca Chuquipiondo. Galgas de piedras de pronto ruedan desde la cima de los cerros sembrando el pánico y la muerte entre los soldados del ejército imperial. Gritos de espanto y de dolor saturan el ambiente por algunos instantes y pese a ello el Inca continúa la marcha con la firme determinación de no volver atrás. Una determinación parecida hay igualmente en el bando contrario, que están dispuestos a defender con sus vidas aquello que para ellos es vital, sus amadas libertades y sus tierras.
- Los Orejones de aquí no pasarán. Aquí morirán. Pagarán caro su osadía – Les promete a su gente Chumap Tupnimol, el jefe militar que comanda aquel sector del invadido territorio chachapuya y que ya ha dado muestras de gran valor, de gran táctico y estratega en pasadas guerras contra tribus vecinas de la selva colindante.
En efecto, Chumap y sus hombres entretienen la guerra durante varios días y tras varias escaramuzas, decide lanzar a todos sus hombres al campo de batalla. Es tal el ímpetu con que acometen que logran momentáneamente hacer retroceder a los contrarios. Temeroso el Inca de que el pánico se apodere de sus huestes ordena que todo el ejército, con sus reservas, salgan a combatir. La superioridad numérica, con sus reiteradas cargas y arremetidas logra doblegar la heroica resistencia de sus adversarios. Atravesado por una lanza enemiga, yace Chumap al igual que sus demás compañeros de armas.
Unas horas antes, previos al combate, cruzado de brazos y de pie sobre la cima de un cerro, había observado el avance enemigo. Luego, seguido de sus partidarios, se fue desplazando con la rapidez del lluichu por entre los pliegues de la cordillera; ora bajando a las quebradas, ora cruzando los descampados, para luego aparecer en la falda de otro cerro, por donde precisamente debían pasar sus enemigos. Unos tras otros, sus hombres se habían mantenido formando una larga columna. Por sobre las alturas de un picacho, un buitre agorero ha volado, deteniéndose para contemplar la fragosa tierra, ahora tan colmada de gente que está dispuesta a vender cara su vida. En el fragor de la lucha el curaca Chuquipiondo es tomado prisionero y conducido ante la presencia del inca.
Algunos sobrevivientes tratan de escapar de aquel campo infernal, envueltos en las sombras oscuras de la noche. Valiéndose de sus naturales instintos se van alejando. Se les ve temblorosos, rengos, mutilados, baldados, ciegos, con sus carnes magulladas y abiertas como rosas.
Conocedores de la aplastante derrota los curacas Chuquimanco de Pampamarca y Chiguala, de Cajamarquilla, se preparan para asumir la defensa de sus comarcas respectivas. Estiman que el invasor, pese a su superioridad, no debe obtener una victoria fácil.
El curaca Chiguala habla así a sus hombres:
- Amigos y hermanos míos: tras una heroica resistencia que ha durado varios días, las defensas de Cunturmarca han sido barridas por el adversario. Ahora tiene el camino expedito para continuar su avance. La derrota de nuestros hermanos de Cunturmarca la consideramos como nuestra. Lamentamos la muerte de todos sus defensores. Cayeron como pumas, pero también el invasor, que ha hollado con sus plantas nuestro sagrado suelo, ha sido golpeado duramente; muchos de sus hombres yacen regados en los campos, junto a los nuestros. Es cierto que hemos perdido esta gran batalla, pero aún no se ha perdido la guerra. Yo espero de ustedes un comportamiento heroico, pues ha llegado la hora de defender nuestra libertad, tan preciada y con ella nuestras creencias y nuestra tierra, de la que pretende despojarnos ese intruso llamado Túpac Yupanqui – Voces de adherencia por la causa patriota se escucha de la multitud, quienes en actitud retadora alzan sus lanzas por encima de sus negras e hirsutas cabezas, cuyos rostros fieros, están pintados de rojo, con achote.
El curaca satisfecho por el eco que ha encontrado su palabra en aquella congregación, prosigue:
- El curaca Chuquimanco en estos momentos se dispone a defender la porción que le corresponde. Pelearemos hasta morir, si la suerte nos es adversa.
De nuevo la guerra continúa cruel e implacable. Los hombres de ambos bandos se acometen con bravura y con desesperación por varios días.
Los hombres de Chuquimanco se lanzan al combate y se desprenden de la cumbre más alta. Atacan con la fuerza de la tierra o de letales rayos salidos de arriba, del cielo. Al grito atronador, que comienza a retumbar por las quebradas, acometen las primeras columnas con espantoso vocerío que hace retroceder a sus adversarios en completa confusión y desorden. Pero el monarca, que se mantiene vigilante del desarrollo de aquella batalla reñida e indecisa, opta por inclinarla a su favor, temeroso de una derrota que pudiera acabar con sus sueños y afanes imperiales.
El Inca vuelve a lanzar a todos sus hombres a los campos de batalla con el objeto de no prolongar la guerra. Esta vez, de nuevo, la apabullante superioridad se impone sobre el coraje de los chachapuyas. Hasta allí el saldo ya resulta aterrador, ¡escalofriante! porque una guerra así implica la casi total destrucción de los lugareños y las bajas cuantiosas en las filas del ejército incaico. Tras evaluar la situación, el Inca convoca a su Consejo, a quienes con la preocupación propia de un estadista les da su parecer:
- Si la guerra sigue así como hasta hoy, va a resultar catastrófica para ambos bandos, para nosotros y para ellos. Debemos recordar que nos trae una elevada misión, como es ganar adeptos para mi padre el Sol. Queremos más vasallos. Por eso es necesario ser más pacientes y tratar de ganar esta guerra valiéndonos de otros medios. Entre las medidas de urgencia que estoy tomando están aprovisionarlos de víveres, de alimentos. He dispuesto que a los curacas se les obsequie la mejor ropa fina, hecha con fibra de vicuña, con la Compi y para la gente común estarán destinadas las Ahuasca. De Cassamarca y demás lugares vendrán los alimentos que tanta falta les está haciendo.
- Esas medidas me parecen bastante atinadas y oportunas. Estoy convencido que con ello nos perderán el temor a ser castigados por su pertinacia y rebeldía – opinó el yaya Tilca Yupanqui.
- He dispuesto además que nuestros ingenieros les enseñen a construir acequias, estanques y andenes, allanando esos cerros y esas laderas con los cuales la producción de alimentos se incrementará y así no habrá que temer a las periódicas hambrunas – Dijo el Inca entusiasmado, apuntando con el índice derecho a los cerros vecinos.
Túpac Yupanqui está de pie ante los miembros de su Consejo, quienes le prestan toda la atención debida, sin quitarle la mirada de encima. El Inca retomó nuevamente la palabra:
- Este reino tiene hermosas mujeres como contrapartida a su agreste geografía, política de mis mayores siempre fue establecer alianzas matrimoniales con mujeres de los reinos conquistados. Fiel a esta línea, he decidido tomar como concubina a una de las hijas del curaca Chiguala; la cual, aparte de cautivarme con su hermosura, afianzará los lazos políticos y sociales de este reino con todo nuestro imperio y de paso será un factor que contribuirá a la pacificación. Ustedes y todos nuestros soldados podrán hacer lo propio. Por desgracia, o por ventura, a causa de esta guerra han quedado muchas mujeres viudas, las que verán con buenos ojos este tipo de alianzas con nuestros hombres, que andan sedientos de amor y cariño.
Entre las medidas complementarias he dispuesto asimismo el establecimiento de colonias chimúes, huancas y collas, las que por su adicción a nuestra causa contribuirán a la tranquilidad, el orden y el progreso material de este lugar. Esta pacificación se hará efectiva cuando se tenga que desterrar de por vida a quienes persistan en su rebeldía. Muchos de ellos irán al Cuzco y a otros lugares del sur. Bien, yayas, es todo cuanto he querido manifestarles en esta mañana. Espero ahora el sabio y oportuno consejo de ustedes.
Los aludidos entonces se miran unos a otros con un gesto de interrogación. Hay, sin embargo, en todos ellos una tácita aprobación. Interpretando el pensamiento de los demás, el general Huaman Achachi dice:
- Hay conformidad en nosotros por todo cuanto has dicho.
Uno a uno van saliendo de la fortaleza, denominada Pakarishka, los hombres de su Consejo para luego entregarse a sus actividades. Asentada sobre un enorme y rocoso peñón, el formidable Pucara parece elevarse al cielo. Al pie de su bases y arriba en sus plataformas, centinelas de rostros broncíneos y graníticos mantiénense impertérritos, armados de lanzas, arcos y flechas, macanas, hachas y porras. Rodeado de aquellos cerros dentados, oscuros y sombríos, semejando crestas de furiosos cóndores está la altiplanicie de Cusipampa, en donde la gente del pueblo concurre, con su curaca a la cabeza, a pasar momentos alegres. Pues allí se celebran las fiestas del pueblo. Se estrenan danzas diversas como las del venado, del oso, del zorro, del puma, de la carachupa [armadillo] de la sierpe y del cóndor. Pues, ellos son grandes adoradores de culebras y de cóndores. Por eso gustan disfrazarse de tales animales.
El Inca decide tomar por concubina a la hija del curaca, a la que llama Chunca Palla; una gran muchedumbre se congrega a presenciar el magno suceso; lo cual resulta de su total agrado.
Pues con esta alianza espera ver pronto sometido a todos sus moradores. En la anchurosa altipampa, alfombrada de verdes gramíneas, hállase la princesa exhibiendo una vistosa indumentaria, que ha sido obsequiada por el soberano. Cúbrese el cuerpo con una hermosa saya sedosa, su grácil cintura cíñese con una artística faja. Numerosas ajorcas y sartas de cascabeles, caprichosos y apretados brazaletes, abultan sus brazos y sus piernas, y le sirven de adorno. Sus negras mejillas ahora están arreboladas con el llimpi. Una corona de turquesas y esmeraldas ciñen su frente. Aquel día aparece suntuosa y relumbrante como un ídolo de preciado metal ante los admirados ojos de la concurrencia. De su grácil cuerpo, flexible como un junco y recio como el lloque emanan fraganciosos perfumes. Su hermosura ha eclipsado a las que poseen las otras féminas y ha cautivado el corazón del monarca.
En aquel harem real, su figura resalta clara y marfilina. Pues la gran mayoría son cetrinas como el lúcumo, doradas como la amarilla flor del amancae, leonadas como la fibra de una vicuña.
En la altiplanicie ha surgido una nueva deidad: el Sol, representado en planchas de oro y que el Inca las ha mandado colocar en los cuatro costados de la alfombrada pampa. Mientras se efectúa la boda del Inca con aquella núbil doncella, de piel ambarina, largas y negras cabelleras, senos turgentes, que seguramente le han de provocar un deleite tras otro en el tálamo del amor; los demás pueblos, aún no sometidos, respiran una tensa calma y se aprestan a empuñar sus armas.
Testigo de cuanto le sucede a sus moradores es el nevado Cassamarquilla, que con su helada cabellera nívea enfría la atmósfera del lugar. Sobre su elevada cima, sobrevuelan los cóndores, disfrutando de una libertad que con seguridad los chachas envidian.
Alarmados por la cercana presencia del Inca y de su ejército, la gente de Papamarca y sus curacas se dan cita en la altiplanicie de Huampatén, adonde los mensajeros arriban con noticias alarmantes. El curaca Chuquillaja, adusto y grave, exhorta a su pueblo:
- Ya saben ustedes que los próximos en ser invadidos somos nosotros. Y aún cuando sabemos que el Inca viene haciendo las paces con quienes se le han sometido, nada nos garantiza que un sometimiento pacífico nuestro, ha de garantizar nuestros derechos. Así que, yo, por mi parte, estoy dispuesto a dar la pelea. Por fortuna, aunque viejo, todavía me quedan fuerzas para luchar; más aún, cuando de por medio está nuestra libertad y la libre posesión de estas tierras, que nos vieron nacer.
La figura del curaca aparece nítida en aquella multitud de guerreros que deliberan al aire libre. Sus pupilas negras como el carbón, adquieren un brillo especial cuando las fija en aquella muchedumbre de exaltados guerreros o en el azul del infinito. En sus amplias espaldas resaltan los músculos dorsales y trapeciales. De rato en rato levanta y agita los brazos, exhibiendo unos poderosos tríceps. Su mediana estatura irradia una fuerza subyugante; como aquella que, arrolladora, se desprende de la nieve del Kumullca o del Cashurco. Hay una firme determinación en su mirada, su frente cuadrada, enmarcada de negro y duro cabello, está ceñida con el arma distintiva de su pueblo: la waraka. Su nariz aguileña y sus pómulos ligeramente salientes le dan un atractivo especial.
Concluida la reunión, sube hacia la cumbre de un peñasco, desde donde contempla el medio circundante, con su larga hilera de cerros por donde presiente que de un momento a otro aparecerán sus adversarios. Luego, vuelve la mirada hacia los suyos; los ve con sus lanzas erizadas, con el grito unívoco que sale de sus gargantas y hace temblar la tierra. Algunos mueven pesadamente sus macanas de palo y otros tensan los arcos.
Los hombres de Papamarca, de la tierra de la papas, con vivas y aplausos aprueban la resolución del curaca. Al día siguiente, reciben la sorpresiva visita de un mensajero del Inca, quien les viene a pedir la paz o la guerra. Es el curaca Chuquillaja, quien hablando a título personal y a nombre de sus subordinados, le expresa categórico al ingrato visitante que él y su pueblo están dispuestos a luchar y si es preciso morir en defensa de sus libertades y de sus tierras, y que por nada del mundo están dispuestos a ser sus vasallos.
Oída la respuesta, por boca del chasqui, el Inca se lanza como una tromba a la conquista de Papamarca.
De la garganta del curaca Chuquillaja vuelve a surgir la voz de los discursos. Sus hombres lo escuchan atentamente, sus palabras son como un eco que se va repitiendo de oído en oído. Va tocando las fibras más sensibles de aquellos corazones enardecidos, mientras los ancianos ven con mucha simpatía el arrojo de los suyos y admiran el verbo elocuente del curaca. Hay un tenso compás de espera. Aquella multitud de guerreros chachas se sumergen en el canto y en la música épicos, que los alienta a la realización de memorables hazañas y son como una oración surgida del seno de la tierra y de la propia sangre. De rato en rato comen cancha y toman sendos potos de chicha, de aquella que parece quemar los estómagos y los predispone a la alegría y la acción.
De pronto, como paridos por la tierra, los soldados incaicos surgen por doquier. Por el largo sendero, plagado de vericuetos, que siempre se desliza por el lomo gris y amarillento de los cerros, aparecen en fila india miles de soldados invasores. En medio de la ensordecedora gritería de ambos bandos, los partidarios de Chuquillaja les salen al encuentro provistos de lanzas, de hondas y macanas y una vez más acometen con furor. Tras varias horas de porfiado combate y pese al innegable heroísmo de los lugareños, éstos van cediendo sus posiciones a los intrusos. Se cierra el cerco en torno a la fortaleza de Pirca-Pirca, en donde el propio curaca ha establecido su cuartel general. Chuquillaja insta a sus reservas a comenzar la lucha. Sobre la cima de su fortín se mantiene impertérrito, observando el arrollador avance del enemigo. Con gritos que sólo ellos entienden, les ordena atacar, a salir al encuentro del enemigo. Pasea su iracunda mirada por todo el campo y advierte que está ya cubierto de cuerpos destrozados y ensangrentados. Mas, entre esos cuerpos, ahora inmóviles, no sólo están los cadáveres de sus hombres, pues los enemigos están pagando caro su osadía.
Toda la pampa de Auchán, Cascapuy, Andul, Chilkahuayco, Huampatén, están regados de cuerpos destrozados, de sangre, de miembros mutilados. En este cuadro incomprensible, de lo dantesco y horrorífico yacen cabezas dislocadas de sus troncos, espaldas abiertas, piernas levantadas, cadáveres amontonados. Qué terrible hediondez se desatará dentro de muy poco en aquel lugar, si no los sepultan oportunamente.
Cuando advierte que casi todo está ya perdido y que con seguridad ha de ser hecho prisionero y hasta quizás muerto por su rebeldía, sale a campo abierto, armado con su chuqui. A través de un intérprete pide medir fuerzas y valor con el propio Inca, en duelo personal. Acompañado de sus ayudantes se dirige a las pampas de Auchán, donde cree ver al Inca, pero se equivoca, pues quienes están allí aguardándolo son los capitanes del soberano intruso. Dirigiéndose al de más edad vocifera:
- No tengo por qué ser vasallo tuyo. Amo demasiado mi libertad.
Tú no tienes más autoridad que yo. Por eso Ancohuallo no te ha reconocido más jerarquía y ha preferido huir a nuestras selvas en compañía de los suyos. Si eres tan valiente, te desafío a pelear conmigo – Hay un brillo raro en los ojos del curaca, cuyas manos temblorosas se aferran a la lanza.
- Te equivocas. No soy el Inca. Pero si quieres hablar con él, ahora mismo te llevamos a su presencia – Quien habla así es el capitán Cori Mayta. El curaca, trémulo de ira, pero emocionado de poder verse cara a cara con quien ha sometido a naciones más poderosas que la suya, se deja conducir ladera abajo y luego por un sinuoso sendero hacia la altipampa de Llámac, donde se erige el Tampu real de Túpac Inca Yupanqui. Allí, además se alzan hacia el cielo, ahora sombrío, tres casas de piedra. En una de ellas mora el Inca y su Estado Mayor General. Hasta allí es conducido el viejo curaca. Túpac Yupanqui está descansando de sus fatigas guerreras. Un centinela le comunica que el curaca Chuquillaja, que ha sido derrotado y está como prisionero, desea verlo:
- Que pase – Es la orden real. El inca da un bostezo, alarga los brazos y luego se incorpora en su litera. Ingresa Chuquillaja sin su lanza y custodiado por dos soldados enemigos. El Inca al verlo se pone de pie, dejando momentáneamente su trono. Con gesto amable lo recibe. Le da un abrazo. Luego le invita a tomar asiento en un banco de piedra tallado primorosamente.
- A qué has venido, hermano curaca? – Le inquiere el soberano cuzqueño, quien tiene a su lado a un intérprete.
- Vengo a pedirte que nos dejes en paz, y que para evitar mayores sufrimientos a los nuestros, nos batamos en duelo tú y yo. Veo que eres bastante joven y fuerte... No te será difícil acabar conmigo, pero si he de morir, quiero una muerte gloriosa.
- No, hermano curaca. Ya no tengo por qué pelear contigo. Ustedes han sido derrotados y a ti te perdono la vida. Me gusta tu valentía, viejo. Tu te quedarás a gobernar a tu pueblo, como siempre lo has hecho y cooperarás con mis ministros y demás funcionarios para un mejor gobierno de tu nación.
Esto que hago contigo, también lo hice con los otros curacas, a quienes no les he privado de sus libertades, tampoco les he arrebatado un palmo de tierras. Por el contrario, de hoy en adelante vestirás mejor. Te regalaré buena ropa, de la fina y a tu pueblo también le daré bastante ropa y alimentos.
Mandaré construir acequias y todos los cerros, con sus laderas, estarán provistos de andenes para que puedan sembrar más y vivir mejor. Tus creencias y buenas costumbres serán respetadas y más bien ahora tendrás la oportunidad de adorar a mi padre el sol, que tanto beneficio nos da. Aprenderás además nuestra lengua, que es tan dulce y melodiosa como la tuya y para que veas que me gusta tu nación me he desposado con la hija del curaca Chiguala.
A tu pueblo también le he tomado mucho cariño. Qué hermosas y grandes se dan por aquí las papas, cuyo nombre de Papamarca, lo tiene bien merecido.
El curaca escucha con atención la disertación del Inca. Su semblante, inicialmente adusto, se va tornando amable y sereno. El Inca le alcanza un vaso de chicha, al tiempo que le dice:
- Brindemos, hermano curaca, por tu salud, por la mía y por la de tu nación.
Hoy comienza una nueva etapa para la historia de tu pueblo y el gran Tahuantinsuyo. De hoy en adelante serás un gran curaca. Tendrás autoridad sobre más ayllus, sobre el Huno de Cochapampa y Raimipampa. Toda esta gran comarca estará bajo tu mando, y como tu autoridad y poder ha crecido, ahora me acompañarás hasta Raimipampa. Aquí estará la sede de tu gobierno. Pronto los demás curacas de esta zona reconocerán tu autoridad y tu reinarás sobre todos ellos. Te regalaré más criados y más mujeres. A cambio de tu lealtad tendrás un palacio en la capital de mi gran nación, el Cusco. Tus hijos estudiarán allá y tú irás igualmente a participar de nuestras magnas fiestas. No ves que a pesar de la guerra tu suerte ha cambiado y para bien?
Chuquillaja ha quedado absorto escuchando hablar al inca. Y al cabo de un buen rato, retorna a su mansión de Pirca-Pirca, libre y convertido en jatuncuraca, por obra y gracia de su adversario, el Inca. Doña Sagua Epiquén lo esperaba con mucha ansiedad, pues ha temido por su vida. Ahora ella quiere conocer en detalle de aquel encuentro:
- Mira, como son las cosas. Yo me voy a desafiarlo a un duelo y el Inca me sale eligiéndo gran curaca de toda esta comarca. Mi poder y mi autoridad han aumentado con la sujeción de nuevos ayllus. Ahora los demás curacas de esta región me obedecerán y yo gobernaré hasta Raimipampa. Aunque mi poder ya no es absoluto. Tu y yo nos hemos convertido en unos súbditos más. Aquí estará la sede de mi gobierno...
Una semana después, el monarca parte en compañía del curaca hacia el sector de Leymebamba. Es el mes de junio y allá en el Cusco se festeja con toda solemnidad y pompa la fiesta del Inti Raymi. El Inca recordando aquel notable acontecimiento decide celebrarlo en aquel valle por el cual le llama Raimipampa.
Con el amanecer de un nuevo día, el Ejército incaico ha levantado sus toldos y cual hormigas arrieras van transitando el sendero que, de aquella fortaleza de Pirca-Pirca parte en diagonal por la ladera cubierta de ichus hacia el lomo de los cerros. Luego, el inca arrellanado en su litera, avanza con su séquito en lenta procesión. Al arribar al cuello del cerro Ulila se apea del anda y largo rato contempla el cielo infinito, cubierto de un tul azulino por donde las aves vuelan en distintas direcciones. Ante los ojos del monarca aparecen cerros y más cerros, valles estrechos y quebradas profundas, por las que discurren los ríos, de aguas cristalinas, con sus sordos rumores. Por el sector de Chíbul, Chuquibamba, Pomio y otros lugares, surgen densas humaredas, que en volutas espiraladas suben al cielo, donde se esfuman. El ruido monocorde de tambores, de caracolas y trompetas se comienza a oír, en una clara señal de que la guerra, con todas sus crueldades, está presente. Sin duda alguna, las avanzadas del numeroso y bien nutrido ejército incaico están sostenido recios combates con los lugareños.
Y esas señales de humo son los anuncios de que en aquellos puntos, donde se alzan las humaredas, hay cruentos combates. Toda una gama de voces humanas se esparcen por todo el ámbito, confundidos con el sordo rumor de los ríos y chorreras.
Tras la hilera de cerros lontanos, en el pueblo de La Jalca, Chuquizuta, otro de los poderosos curacas del reino chacha, se apresta a defender su heredad. Después de reñidos combates es derrotado y hecho prisionero. Un cuantioso botín cae en poder de los invasores. Desde aquel reducto chacha, los chasquis se encargan de transmitirle la buena nueva al inca, quien exclama visiblemente preocupado:
- ¡La guerra, siempre la guerra! Y dirigiéndose a Chuquillaja: - Nosotros quisiéramos que ya no hubieran más muertes. Por eso he dado instrucciones a mis soldados para que traten con clemencia a los rendidos. Queremos brazos para el trabajo, para hacer de esta región, próspera y rica.
Chuquillaja, comprendiendo los propósitos del Inca, manda sus mensajeros, pidiendo la rendición de los demás pueblos para evitar inútiles derramamientos de sangre, que más van en desmedro de su nación, que el Inca les prometió respetar sus costumbres, sus tierras y libertades. Y por lo tanto no hay razón para seguir peleando hasta morir. Que no hay de dónde pedir socorro, porque todas las naciones que circundan a su reino están sometidas al Inca, que hasta el momento nada habían perdido y que por el contrario han mejorado en mucho.
El mensaje del curaca Chuquillaja es oído en los demás pueblos y aunque muchos no se resignan a la rendición, ya no pelean con la obstinación de quienes lo habían hecho en Pías, Condormarca, Bambamarca, Cajamarquilla y Papamarca. Cuando la guerra cesa por completo, el curaca deja de ver en sus sueños el enorme oficio y los buitres. Aquellas visiones oníricas y macabras, mensajeras de la muerte y la fatalidad, se han trocado por otras visiones gratas. Ahora sueña casi siempre con el cerro Churguanay, donde él ha hecho un alto en su viaje a Raimipampa, en compañía del Inca y su numerosa comitiva. En dicho cerro se ve casi siempre apostado, contemplando el paisaje circundante y el valle de Uchucmarca. De pronto, tras el escarpado cerro Cashurco se le aparece un sol rutilante, que le baña todo el cuerpo con su luz aún dorada y entonces él, convertido en nuevo Inca, saluda al astro diurno abriendo los brazos y postrándose. Otras veces se ve con ese mismo sol y en el mismo lugar bebiendo chicha de jora en los queros que el monarca le ha regalado.
Posteriormente, en nuevos sueños, muéstranse la luna, las estrellas. Algunas veces la luna surge ante él convertida en cuerno de plata sobre el cerro Colpacucho la ve salir y por último ve asombrado al Inca Túpac Yupanqui, como una gigantesca estatua, unas veces de pie sobre el cerro Cumullca y otras sobre el Cashurco.
Desde aquellas cimas, el soberano, convertido en un ser gigantesco, inclina su regia cabeza para verlo. Entonces el curaca levanta la suya hacia él, devolviéndole la mirada y el saludo. Algunas veces, el Inca le sonríe cariñosamente y en otras le da de palmadas sobre los hombros. Ese mismo Inca abre cuando quiere las compuertas de los torrentes de aguas cristalinas, que luego descienden raudas desde las enhiestas cumbres. Como estos sueños le acompañan casi siempre, hace traer hasta su palacete de Pirca-Pirca al brujo Chimal Valqui, famoso en toda la región por sus acertados vaticinios. Este le dice:
- Si tu ya no sueñas a la culebra y al buitre es porque han dejado de ser nuestras deidades. También significa que ya no tendremos guerra como la pasada. El sol que tu siempre ves en tus sueños, es nuestra nueva deidad, al que todos ahora le rendimos pleitesía. Nuestras deidades son también la luna y las estrellas. Y en cuanto al Inca, a quien tu vez como un gigante posado sobre el Cumullca y el Cashurco, eso nos quiere decir que es un ser muy poderoso, como en realidad lo es. Pues, ahora sus dominios son tan grandes que aunque te pares sobre el Cashurco y mires al horizonte más infinito, éstos van más allá. Si el Inca te sonríe y te da de palmadas, es porque te aprecia y te ha dispensado su amistad y confianza, a las que tu debes retribuir del mismo modo. Ahora él es dueño absoluto de las aguas y de las tierras y de todo cuanto existe. Todo lo tiene bajo su control y los da con generosidad para que nuestra nación disfrute de la prosperidad con los nuevos adelantos que nos ha traído.
El curaca ha quedado largo rato contemplado los cerros lontanos, por donde semanas atrás ha transitado en su viaje a Raimipampa.
Cierra los ojos y se queda dormido sobre el camastro, quizás soñando con aquellas buenas visiones. En su atormentado cerebro aún resuenan las palabras del brujo.(ramirosn@yahoo.es) Nota.- La foto de John Servayge corresponde a un sector del distrito de Uchucmarca,provincia de Bolivar, Departamento de La Libertad,República del Perú.El sector en mención es Las Quinuas de Ulila,donde habitaron los antiguos habitantes de nuestra región.
La Guayunga.Relatos Prehispánicos.

Autor:Ramiro Sánchez Navarro
Erguido sobre la loma de Linguima, Guaychao Piondo semejaba una estatua o mejor diríamos un monolito. Era un indio de aspecto noble y enigmática mirada. Su rostro broncíneo, surcado por ligeras y tempranas arrugas, estaba curtido por el sol, las lluvias y los vientos de las jalcas, de las quichuas y de los temples. Contemplaba absorto la gran quebrada, que parecía una boca riendo a carcajadas y por donde el río Chibani, al discurrir, semejaba una enorme serpiente; el cerro Cashurco, sobre cuyo pico sobrevolaban varias aves de rapiña, revoloteando los aires; las laderas de Ollapampa, por donde una bandada de loros irrumpieron chillando.
El runa de Uchucmarca experimentó un susto tras otro. La presencia de los buitres y gallinazos, graznando y agitando las alas, en el cielo de su comarca, le hicieron temer por la muerte de alguna llama. Pues cada vez que esto sucedía, la zona se veía invadida por estos pájaros, grandes, de oscuros plumajes y desnudos cuellos. Ahora sobrevolaban la quebrada de TU, las laderas de Ollate y la meseta de Shélape.
La bandada de loros le recordaron que las sementeras de maíz en choclo, requerían con urgencia de los loreteros. Porque de no ser así, las runas del lugar corrían el riesgo de perder las cosechas. Estas aves eran tan voraces y angurrientas que podían pasarse todo el santo día comiendo y aún así no satisfacer su hambre.
Preocupado por esta situación, Guaychao pensó marcharse ese mismo día a sus chacras de Amet, en donde sus maizales verdeaban y florecían, debido a la fecundidad del valle. En las temporadas de lluvia recibían el limo y los detritus de las laderas del cerro Ollapampa. Esos valiosos abonos llegaban con las corrientes de agua. En horas de la tarde, de aquel día, bajó al valle llevando por delante sus llamas. Antes de abandonar la loma, desde donde había divisado el paisaje, un shingo, pasando sobre su cabeza con una serpiente entre las garras, le hizo momentáneamente olvidar sus preocupaciones.
Entonces, por unos instantes, dejó de chacchar su coca, de calear y de golpear rítmicamente el pequeño ishcupuru sobre los huesudos nudos de su mano. Una alegre sonrisa se dibujó en su rostro. Le pareció cómico, muy chistoso, el espectáculo que presentaba el pajarraco, atravezando los cielos en desesperado y raudo vuelo. Temía por cierto que la sierpe escapara de sus garras. El hambriento rapaz, indiferente a la protesta del cautivo reptil, que se contorsionaba y agitaba como chicote, aceleraba el vuelo. Tras un largo recorrido, por sobre la quebrada del Gobalín y del valle de Amet al fin aterrizaba en la cima del cerro Ollapampa. Allí la engulló con gran rapidez.
Guaychao Piondo pasó algunas semanas cuidando su maíz. Armado de una waraka subía a las laderas de Ollapampa, donde apacentaba sus llamas. Desde allí, al grito de "a loro, a lorooo", solía arrojar piedras con la honda, cada vez que las bandadas de loros irrumpían en el diáfano cielo quichuino y amenazantes se acercaban a sus maizales.
Desde aquella falda, el fértil valle de Amet semejaba un damero. Las chacras estaban separadas, unas de otras, por las pircas. Pese a los crecidos y densos maizales eran hitos claramente visibles. Cuando los tallos del maíz comenzaron a secarse y sus granos a endurecerse los loros abandonaron definitivamente la zona. Lleno de gozo, el runa contrató varias mingas para la inminente cosecha.
Trabajando duro y parejo, de sol a sol, el recojo del maíz, de los frijoles, de los zapallos y chiclayos, le demandó una semana. En las chacras quedaban únicamente hojas y tallos secos, plomizos, convertidos en rastrojos. Tras la cosecha, vino el acarreo. A partir de entonces, el quebradizo sendero que conducía a la llacta de Uchucmarca se vió trajinado por esforzados runas y briosas llamas que, en constante ajetreo, subían al pueblo con sus cargas de maíz, de frijoles, de zapallos y chiclayos. Y aunque era verdad que junto al maíz y demás semillas, Guaychao había sembrado caiguas, estas últimas las había consumido, en sazón, ya que al madurar se secaban, dejando de ser comestibles.
Las cosechas de maíz no culminaban con el acarreo y puesto en casa. Continuaba con la selección de las mazorcas y el desgrane. En lugar aparte se iban colocando las mejores, las más graneadas; con ellas se formaban buenas guayungas, racimos de dos a tres mazorcas, atadas entre sí de sus pancas. Quedaban colgadas, a horcajadas, de varas aseguradas con sogas de ambos extremos, y que colgaban de las vigas del entretecho.
En otro rincón de su vivienda amontonaba el resto de mazorcas; las desgranaban, dejando en la tusa los granos de maíz podridos o comidos por los shiuris.
Posteriormente, se las arrojaba al patio o al huerto para alimento de los pájaros.
Formar guayungas y desgranar las mazorcas eran tareas que se acometían con mucho entusiasmo durante el día e incluso hasta horas avanzadas de la noche. Rodeado de una atmósfera alegre y festiva; Guaychao, con la ayuda de su mujer, de sus hijos y de sus mingas, efectuaba dicha labor, y en las noches, alumbrados únicamente por la luz pálida y mortecina del fogón. Desde tiempos inmemoriales existía la costumbre de realizar este tipo de faenas, estimulados por la rica chicha de jora, las lapas de cancha, de mote y por las raciones de coca.
Fiel a la tradición, y en su afán por mantener contenta a sus mingas, Guaychao se deshacía en obsequiosas atenciones. Por este motivo, Intai Chiquican, su hacendosa mujer, no se cansaba de cocinar el mote en grandes ollas de barro, o bien de tostar el maíz, en una callana, con la ayuda de la caigüina o tostador.
Con bastante cuidado, Intai iba removiendo los granos de maíz. Así se tostaban parejos y no caían al suelo. Sin embargo, muchos granos salían disparados del tiesto reventando como cohetecillos, y caían en distintas direcciones, resultando un espectáculo muy divertido. Y daba lugar a la competencia de los niños, quienes corrían en pos de los granos tostados y forcejeaban para atraparlos.
Al final de la jornada, a Guaychao se le iluminaba el rostro de puro contento. Las grandes rumas de maíz en mazorca quedaban reducidos a guayungas y a simples montones de granos sueltos. Otro tanto sucedía con las tusas o corontas, que servían de leña. Las ishcupas y las que eran picadas por los Shiuris, formaban un solo montón.
Una vez más, el año había resultado bueno para los sembríos ¡Que duda podía caber!. Pese a ser chacras shihuas, la fertilidad de las tierras, con el indispensable auxilio de las lluvias, habían posibilitado una abundante cosecha.
Pensando en la proximidad de las precipitaciones pluviales el curtido chacarero estimó necesario y conveniente reforzar sus cercas de piedra. Eran éstas verdaderas murallas con las que se protegían las chacras del valle, sobre todo, de aquellas moles que se desprendían de las húmedas rocas, al falsearse el terreno, con las lluvias torrenciales. Necesitaba además ampliar sus cultivos de maíz, y por eso aprovechaba el tiempo en el desempedrado de algunas chacras, con cuyas piedras formaba grandes lugures o montones, en algunos puntos de sus sementeras, semejando pirámides de cono truncado. Los huaycos y derrumbes representaban, asimismo, un grave peligro para los cultivos.
Aquel año, Guaychao puso especial empeño y esmero en fortificar sus chacras. No obstante el tiempo transcurrido, quedaba en la memoria del pueblo, fresco aún, el recuerdo de una horrorosa tragedia. Galgadas de piedras, dando botes y rebotes, fueron a caer sobre el techo de una cabaña, en cuyo interior dormían sus ocupantes, Yonán Liclic y Sonche Shetálo. La muerte les había sorprendido en una noche oscura y lóbrega, con menudo aguacero y en medio del ruido intermitente y ensordecedor de los truenos, que tornaban inaudible los rugidos del puma. Las luces cegadoras de los relámpagos y los rayos, iluminaban fugazmente el valle, en cuyo cielo los rayos describían caprichosos gringos o zig-zig.
Cierta mañana en que Guaychao daba inicio a sus labores, recibió una extraña visita. De improviso se le presentó un anciano nunca antes visto en la comarca. Lucía una cushma a rayas. Ceñíase la entrecana y lacia cabellera con una vincha de lana; a la altura de su frente, remataba en dos blanquinegras plumas de ave. Para caminar se apoyaba en un rústico bastón de lloque. Plantándose frente a él le habló en tono profético:
- Soy Saracámac. He venido a premiar tu laboriosidad, esa gran virtud, esa gran joya, que adorna tu frente como diadema. También tu pueblo goza de tal virtud. Hizo una pausa y acotó:
- Este año tendrás varias cosechas de maíz, de caiguas, de frijoles, de zapallos y de chiclayos. En consecuencia, date por bien servido y satisfecho. No pasarán hambre en los años de sequía. Al decir esto, el misterioso Saracámac desapareció de su vista como una fugaz visión.Sin darle mayor importancia a tal encuentro, Guaychao retornó al pueblo de Uchucmarca, después que había concluído con sus ocupaciones de campo. Tras un período de duro e intenso trabajo sólo anhelaba tomarse un buen descanso. Al cabo de un mes, de haber concluído con las faenas agrícolas, tuvo un sueño muy extraño y revelador. Soñó que Saracámac volvía a visitarlo y le ordenaba:
- "Guaychao, baja a cosechar tu maíz y demás frutos". Al decir esto, Saracámac de nuevo desapareció- y como seguía soñando se vió en efecto cosechando dichos productos.Cuando despertó, la curiosidad y la duda se habían apoderado de su ser. El sueño había resultado bastante elocuente y persuasivo. Con la duda que corroía sus entrañas se preguntaba: "¿Será posible que eso ocurra en la vida real?" Quiso desengañarse. Como apenas rayó el día se levantó de la cama y luego de tomar un frugal desayuno, enrrumbó hacia el valle de Amet. Con gran sorpresa constató que en verdad una nueva y abundante cosecha le aguardaba. Era de ver y no creer. En las grandes sementeras, pujantes de fertilidad, los maizales, mostraban el tono plomizo de sus hojas secas. Desde lo más bajo de la nudosa caña hasta lo más alto del tallo, llenas y apiñadas, grandes y hermosas, se exhibían las mazorcas.
Guaychao, feliz de la vida, y convencido de que no se trataba de un sueño únicamente, convocó a sus mingas, quienes tipina en mano, dieron inicio a una nueva cosecha. A ella sucedieron otras más, de tal suerte que las pirúas y las colcas, los depósitos del pueblo, quedaron repletos, pletóricos. En sus chacras también depositó el resto de las cosechas; las fue amontonando en grandes y piramidales yulos. Guaychao y sus mingas experimentaban una sorpresa tras otra. Cuando les parecía estar realizando la última cosecha, de los rastrojos que iban quedando, surgían como por arte de magia y de encanto los tallos del maíz con sus mazorcas llenas, graneadas. Igual cosa sucedía con las demás mieses. Cansados de tanto cosechar y acarrear, decidieron tomar un descanso. Retornaron a la llacta de Uchucmarca, donde la noticia del raro prodigio corrió de boca en boca como un río de aguas torrentosas.
Las milagrosas cosechas, entre la gente del pueblo, causó inicialmente asombro, sorpresa, y después preocupación y alarma!. Pronto la superstición y la envidia tomaron forma. Se comenzó a decir que tales cosechas eran señales inequívocas de los malos tiempos que se avecinaban. Que el extraño fenómeno llamaba a la sequía, a la hambruna, y que era necesario conjurar esas amenazas dejándolas simplemente abandonadas en las mismas chacras para abono y alimento de los animales, principalmente de los pájaros.
Atemorizados por tales pronósticos, Guaychao resolvió acabar con la inusual bonanza. Con ese fin llegó una madrugada al valle de Amet. Y sin dárselo a saber a nadie por supuesto. Había llevado, colgando del hombro, una artística chuspa, con figuras de llamas y cóndores. De ella extrajo un puñado de yesca y dos pedernales. Después de entrechocarlas, de frotarlas entre sí, varias veces con trémulas manos, obtuvo el fuego requerido; lo transportó en una antorcha por diferentes puntos de sus chacras con el deliberado propósito de incendiarlas. Entonces, las llamaradas de candela, avivadas por el viento, surgieron en varios sitios del valle, voraces y abrazadoras. Desde una distancia prudencial, puesto a buen recaudo, el indio Guaychao contemplaba el siniestro con los ojos aterrados. Minutos después, el fuego avanzaba rugiendo por todas las chacras.
Las ígneas lenguas, enormes, agigantadas, que se alzaban hasta el cielo, provocaban un clamoroso crepitar de los maíces, de los frijoles, de los zapallos y chiclayos y en sus gemidos parecían implorar del cielo, del Janan Pacha, un severo y ejemplar castigo para el autor de aquella criminal y execrable acción. El cielo, de ordinario azul, se encapotó de humo. De la catastrófica vorágine que, en toda la extensión y amplitud de las sementeras, causaba la desolación y la muerte, una guayunga de maíz y una vaina de frijol, se elevaron por los aires, buscando salvación. Guaychao las vió con mayúsculo asombro.
Tras remontar rápidamente las alturas, quedaron flotando por algunos instantes sobre las siniestradas chacras. Luego se desplazaron con dirección al cerro Ollapampa. Al llegar allí quedaron prendidas del techo de una roca.
Un buen rato el atribulado chacarero recorrió con la mirada todas sus chacras, cuyos maizales habían quedado reducidos a humo y cenizas. La tierra calcinada presentaba una tonalidad negro pardusca. El valle de Amet se mostraba desolado y triste. El aire era trágico y fúnebre. Los pájaros dejaron de trinar y los grillos de chillar. Sólo el sempiterno río Chibani dejaba oír el murmullo de sus aguas.
Arrepentido y conmovido por tan fatal determinación, sintió desfallecer. Se dejó caer pesadamente sobre una piedra. Con mucha amargura y desconsuelo hundió su rostro broncíneo entre las manos callosas para prorrumpir en un histérico y patético llanto. En esos instantes, Saracámac, el enigmático personaje, hizo de nuevo su aparición. Visiblemente enojado y colérico le increpó su conducta:
- Guaychao, mientras vivas, éstas tus chacras de Amet, ya no producirán maíz, frijol, caiguas, zapallos y chiclayos. ¡No producirán alimento alguno! Tuviste el corazón endurecido como la piedra. Te despojaste de todo sentimiento de humanidad, piedad y compasión!.Saracámac temblaba de cólera. Sus ojillos, negros como los choloques, fulguraban y parecían despedir fogatas. Al cabo de algunos momentos retomó la palabra:
- Te digo una vez más que estas chacras no volverán a producir -Saracámac extendió el brazo derecho hacia las sementeras, señalándolas- Ese será tu castigo!. Así lo hemos acordado la Pachamama y Yo!.Aquella divinidad creadora y protectora del maíz, desapareció. A partir de entonces, el valle de Amet se cubrió de abrojos y cascajos. Dejó de producir maíz y toda clase de plantas alimenticias.
Con el correr de los años, la guayunga y la vaina de frijol se transformaron en pétricas estalacticas y sirven de mudos testigos de aquella tragedia. Son visibles para los pasajeros que transitan por aquella senda, larga y ondulante; comprendida entre las ásperas laderas del cerro Ollapampa y el valle de Amet. Esta ha tomado el nombre de "La Guayunga", para su permanente recuerdo.
VOCABULARIO REGIONAL
AMET.- Nombre de un valle en el distrito de Uchucmarca, donde transcurren las acciones del relato.
CAIGÜINA.- Palitroque, instrumento que sirve para tostar el maíz (cancha).
CALEAR.- Acción de sazonar el bolo de coca con la cal.
COLCAS.- Depósitos, graneros, silos.
COCA.- Arbusto peruano cuyas hojas son masticadas. "Es un excelente recurso natural antifatigante, euforizante, antidepresivo, calmante del hambre y la sed, elevador de la glucosa, ayuda inapreciable para adaptarse a las grandes alturas, alivio de dolor y sensación del frío", según César Guardia Mayorga, autor del Diccionario "Kechua castellano".
CONDORES.- Aves rapaces diurnas que habitan en los Andes peruanos y americanos.
CORONTAS.- Carozos o partes leñosas de las mazorcas de maíz. Sinónimo: tusas.
CUSHMA.- Especie de camisón, desprovisto de mangas que utilizan los indios del Perú. s. túnicas.
CHACCHAR.- Masticar la coca. s. coquear.
CHACRAS.- Huertos, sementeras, tierras de cultivo.
CHICLAYOS.- Calabazas.
CHICOTE.- Látigo, rebenque.
CHICHA DE JORA.- Bebida rubia de maíz fermentado, llamado jora.
CHOLOQUES.- Arbol silvestre de climas cálidos, cuyo fruto posee una cáscara negra muy compacta y resistente. Está cubierta por una capa gelatinosa que segrega una sustancia que sirve para lavar ropa (sapingos saponaria).
CHUSPA.- Bolso que utilizan los indios y que llevan colgado del hombro o adherido a la muñeca de la mano.
GALGADAS.- Pedrones que ruedan por las laderas de los cerros.
GOBALIN.- Nombre de un valle, ubicado al pie del pueblo y distrito de Uchucmarca.
GUAYUNGA.- Mazorcas de maíz, asidas entre sí de sus pancas, formando racimos y que cuelgan de las varandas, o canes de los techos.
GUAYCO.- Avalancha, alud // quebrada.
ISHCUPAS.- Granos de maíz podridos.
ISHCUPURO.- Poro calero / pequeño recipiente de calabaza que sirve para guardar la cal.
JALCAS.- Zonas de clima frígido.
LAPAS.- Depósitos y recipientes grandes y achatados hechos de calabaza, la cual es cortada por la mitad.
LUGURES.- Montes de piedra en las chacras.
LLACTA.- Pueblo, caserío, etc.
LLAMAS.- Camélidos andinos domésticos de la civilización andina.
LLOQUE.- Adj. Izquierdo // s. arbusto de la familia de las bixácias, cuya madera dura y nudosa se emplea en la chakitaclla, etc. y su corteza sirve para teñir. Abunda en la región de la sierra.
MINGAS.- Grupo de personas que realizan una tarea en común // Sistema de trabajo colectivo del incanato.
MOTE.- Maíz cocido.
OLLAPAMPA.- Nombre de un peñasco en el distrito de Uchucmarca.
Procede de las voces quechuas: Ullas = Gavilán, calvicie; pampa= llanura o terreno descubiero. Es decir terreno desnudo o terreno desnudo o terreno del gavilán. Ambas traducciones concuerdan con dicho lugar.
OLLATE.- Nombre de un lugar en el pueblo y distrito de Uchucmarca.
PACHAMAMA.- Diosa tutelar del Incanato representada por la madre tierra.
PANCAS.- Hoja que envuelve a la mazorca de maíz.
PEDERNALES.- Piedras que frotadas con otras o golpeadas con el eslabón y la yesca producen el fuego.
PIRCAS.- Paredes de piedra.
PIRUAS.- Graneros, silos.
PUMA.- León andino americano.
QUICHUAS.- Zonas de clima templado.
RUNAS.- Personas, gentes del pueblo.
SARACAMAC.- Divinidad protectora del maíz de las culturas andinas.
SHELAPE.- Pequeña meseta ubicada cerca al pueblo de Uchucmarca.
SHIGUAS.- Chacras, sementeras, tierras de cultivo, que han producido por muchos años.
SHINGO.- Cuervo, ave de rapiña.
SHIURIS.- Gusanos que se alimentan de maíz verde, llamado choclo.
TEMPLES.- Zonas de clima cálido.
TIPINA.- Instrumento delgado y puntiagudo de madera dura o de hueso que sirven para rasgar las pancas que cubren las mazorcas / s. tipidora.
TU.- Nombre de una quebrada en el pueblo y distrito de Uchucmarca.YULOS.- Montones, promontorios en forma de círculo.YESCA.- Médula de maguey que por su condición seca, fofa y ligera permite que las chispas de candela, ocasionadas por el pedernal y el eslabón, prendan en él y se haga fácilmente la lumbre o candela.(ramirosn@yahoo.es(
Nota.- Cabeza Clava al estilo de la cultura Chavin,encontrada en el sector de Shuenden,comprensión del Distrito de Uchucmarca,Provincia de Bolivar,República del Perú.Foto de John Servayge.
Los Brujos de Copallin.Relatos Prehispánicos.

Autor:Ramiro Sánchez Navarro
El Curaca Puscán, deseoso de embellecer su templo y su palacete, ordenó a los hombres de su tribu explorar algunos yacimientos auríferos y argentíferos de su comarca. Abrigaba la secreta esperanza de que algunos de estos asientos mineros fuesen morada de los codiciados metales.
Algunas semanas atrás, el jefe de la tribu había sido invitado por Chimo Kápac, rey de los chimúes, donde había quedado deslumbrado por tanto esplendor y lujo. La chicha se tomaba en vasos de oro. La rica indumentaria de sus anfitriones, adornados con objetos de oro y plata, contrastaba con la suya pobre y humilde.
Al regresar a su tierra, Puscán creyó que tal estado de cosas no era digno de un curaca, como él.
Varios meses los copallines se habían pasado tratando de localizar alguna mina de oro y otra de plata, pero todos los esfuerzos resultaron vanos. Desalentados retornaron ante la presencia del jefe mayor, quien no dándose por vencido, convocó a todos los brujos de su región.
- Mi última esperanza la tengo depositada en ustedes. Quiero que con sus mágicos poderes, con la clarividencia que poseen, que descubran alguna mina de oro dentro de la comarca. Les doy plazo de una semana para que realicen este trabajo. Si lo logran ya les sabré recompensar con creces.
Seducidos por las recompensas, que generalmente consistían en obtener más mujeres, alimentos, coca, etc., los brujos efectuaron varias sesiones, pero con resultados negativos. En la zona no existía una sola mina de plata y mucho menos de oro.
El brujo mayor, llamado Imasita, se reunió con Puscán. Hablando en nombre suyo y de sus colegas le dijo:
- No hay una sola mina de oro en nuestra jurisdicción. En cambio si hemos visto mucho oro en toda la zona de Pataz. Hay incluso un pueblo, llamado Uchucmarca, que se asienta sobre pilares y vigas de oro.
Puscán suspiró con tristeza y al cabo de unos instantes dijo a su interlocutor:
-Si tengo conocimiento que en dicha comarca abunda el oro, como abunda la arena a orillas de nuestros ríos. Pero ese sitio está muy distante del nuestro. Además sería muy trabajoso recolectar el oro de las minas o de los arenales y eso demandaría tiempo y esfuerzo.
- Pero, jefe, nos ahorraríamos ese trabajo, si optamos por ir y sacar los pilares y vigas de oro de ese pueblo que le menciono.
- Sí, no estaría mal. Sólo que una decisión de tal naturaleza requiere no sólo de mucha audacia y sigilo, sino también de gran habilidad para obtener aquellos tesoros en un tiempo récord, de tal suerte que sus moradores no puedan percatarse a tiempo; pues, de lo contrario, tendrían grandes contratiempos. Es sabido que son muy belicosos y también cuentan con buenos brujos...
- Aquí lo que vale es la sorpresa. Esa operación la podríamos realizar en la noche, cuando ellos se encuentren dormidos. Nuestro trabajo se vería precisamente facilitado por la noche y por el descanso del pueblo. Además nosotros llegaríamos en contadas horas, ya que para ello, nuestros mágicos poderes nos permiten transformarnos en buitres.
- Muy bien. El plan es ideal ¡estupendo!. Tienen ustedes mi aprobación y ya pueden actuar. Imasita y sus colegas, tras unánime acuerdo, se reunieron en el palacete de Puscán, provistos de sogas, palos y herramientas de piedra. Pronto la tarde cedió el paso a la noche. La gente de aquel pueblo, ignorante de lo que acontecía en la corte del curaca, se refugió en sus respectivas casas para dormir.
Treinta brujos, encabezados por Imasita y bajo la atenta mirada del curaca, procedieron a iniciar una sesión de brujería. Tras la ceremonia de estilo, comenzaron a drogarse, a purgarse, bebiendo pócimas o brebajes, con plantas alucinógenas como el ayahuasca y el chamico. Danzaban unos tras otros describiendo círculos, cogidos de la mano y con las cabelleras largas caídas hacia adelante. Poco a poco, y ante el asombro del curaca, aquellos hombres musculosos y ágiles para la danza, se fueron transformando en buitres. Con las sogas y las líticas herramientas en las garras, alzaron el vuelo entre las sombras de la noche. En contados minutos remontaron alturas. Ahora volaban sobre el Utcubamba y luego sobre el Marañón para perderse tras los elevados cerros de la zona.
Tras varias horas de vuelo, irrumpieron en los cielos de Uchucmarca. Al pie, a muchos metros abajo, yacía el pueblo sumido en el reino de la paz, de la tranquilidad y del sueño. Extasiados contemplaron los brujos al idílico y pintoresco pueblo; el cual, ciertamente descansaba tranquilo y seguro sobre la base de un hermoso valle, circundado por cerros achatados y de suaves pendientes.
Visto desde lo alto, el plano del pueblo, adquiría la forma de una repisa, el suelo, relativamente llano, se había formado a base de aluviones y desmontes, a lo largo de varios milenios. Bajando aquellos huaycos de lodo y piedras desde los cerros adyacentes y lográndose detener sobre las grandes rocas que les sirven de sólidos soportes o muros de contención. Precisamente, tras aquellas rocas, estaban los pilares y las vigas de oro, ocultas para no despertar la codicia de propios y extraños. Esto es lo que descubrieron los brujos tras mirar y remirar las rocas, que allí se desbarrancaban en peñascos de largas dimensiones, con sendas vertientes a ambos lados, por donde discurrían ruidosas y cristalinas las aguas que se precipitaban en cascadas y chorreras.
Los brujos, tras sobrevolar por repetidas veces el pueblo, al fin acordaron asentarse en una loma cercana a Shotóbal, en el sector de Trigopampa. Estando en dicho lugar decidieron convertirse en hombres superdotados, potentes y hercúleos. Luego procedieron a sacar las indicadas vigas de sus respectivas colocaciones para llevarlas a su pueblo.
Ahora, la ambición inocultable de los brujos ya no era solamente embellecer la persona del curaca, de su palacete y de su templo, sino en ser ellos mismos los más ricos de la tierra, mucho más ricos que el legendario rey Midas.
-Seremos famosos y ricos, ricos.- Decía el brujo mayor riendo de buena gana, pero ¡Oh sorpresa y desventura! cuando estos hombres forzudos y poderosos daban comienzo a sus fechorías, sintieron súbitamente como que el mundo entero se estremecía bajo sus plantas. En efecto, un sordo rumor de la tierra provocó la alarma del pueblo. Los brujos, en la creencia de que aquello era el claro indicio de un cataclismo, que se anunciaba sembrando la destrucción y la muerte, no les quedó más remedio que volver a convertirse en buitres para escapar. Terriblemente asustados, los audaces ladrones, alzaron el vuelo hacia el pueblo de Copallín con gran estruendo y agitación de sus poderosas alas.
En sus precipitadas huídas debieron sortear una lluvia de piedras y flechas, disparadas por los bravos centinelas de Uchucmarca, quienes solían apostarse en lugares estratégicos, con el fin de cautelar la seguridad del pueblo. Aquí y allá se escuchó el bronco sonido de pututos y caracolas, clarines y tambores.
El peligro se había conjurado y como mudo testigo del fallido robo, quedaban en el lugar de los hechos las sogas y herramientas de los brujos, que el pueblo los tomó como trofeos.
VOCABULARIO
COPALLIN.- Pueblo y Distrito de la Provincia de Bagua, Departamento de Amazonas, Perú. En el período prehispánico formó parte del reino Chachapuya que fue sojuzgado por el Inca Túpac Yupanqui, hacia el año 1475, aproximadamente.
CHIMUES.- Habitantes del reino Chimú que floreció en la costa norte del Perú. Tuvo su centro principal en la ciudad de Chan Chan, a 3 kms. de Trujillo. Fue igualmente sojuzgado por el Inca Túpac Yupanqui en 1460 más o menos.
PATAZ.- Pueblo, Distrito y Provincia del mismo nombre, en el Departamento de La Libertad. Dicha comarca integró el reino Chachapuya.
UCHUCMARCA.- Pueblo y Distrito de la Provincia de Bolívar, Departamento de La Libertad. También integró el reino Chachapuya.(ramirosn@yahoo.es)
Nota.- La foto corresponde a los alreddores del pueblo de Uchucmarca,capital del distrito de igual nombre,provincia de Bolivar,Departamento de La Libertad,República del Perú.Foto de John Servayge.
Llamactambo.Relatos prehispánicos.

Autor: Ramiro Sánchez Navarro
La quietud y el silencio de la noche se vieron alterados por los gritos desaforados, de horror y desesperación, lanzados por Wáman Quispa, el octogenario curaca. Cuando el curandero Oncho Shel acudió en su auxilio, lo encontró sentado al borde de su camastro. Sudaba copiosamente y aún le temblaba el cuerpo.
- ¿Qué le pasa, Apu?
- Nada grave, hijo. Ha sido sólo una pesadilla, que me estuvo atormentando. Vuelve a tu aposento. Cuando requiera de tus servicios no dudaré en llamarte- le pidió con el semblante demudado, descompuesto, aunque tratando de minimizar su malestar.
La luz mortecina de un candil, alimentado con sebo de llama, dábale aspecto lúgubre al dormitorio del curaca. Las ráfagas de viento que afuera soplaban, lograban filtrarse hacia adentro por las rendijas de la puerta y el hueco de las viguillas amenazando con apagarla.
El curandero abandonó el dormitorio del curaca poseído de una súbita preocupación:
- Algo grave, muy grave y extraño le está pasando; si al menos pudiera saberlo! - Largo rato se mantuvo despierto y en estado de alerta. Cuando se percató que el jefe de la tribu había reanudado el sueño, recobró la calma y él también se durmió.Cinco años antes, el anciano curaca había sufrido una crisis similar. En ese entonces, se vió asaltado por las pesadillas. Y el canto agorero del pájaro Chushék, en altas horas de la noche y cerca al amanecer, era el anuncio de malos presagios. El curaca temió su propia muerte o en cambio la de algún miembro familiar. Un año más tarde, cuando ya no recordaba aquel canto malagüero, perdía a Mamaik Chuquimis, su mujer, quien por salvar a una tierna llama, que no podía salir de un puquial, aventuróse a sacarla. Pero, Mamaik resbaló y cayó, igualmente, al fango, hundiéndose irremediablemente junto al animalito, al que pretendía evitar la muerte. Desde entonces el curaca quedó viudo y sus doce hijos, al formar nuevos hogares, lo fueron dejando solo, rodeado únicamente de sus servidores.
Mientras la noche se tornaba más profunda en medio de aquella quietud, la fortaleza de Pirca-Pirca emergía sobre la cima de un cerro, envuelta en un manto oscuro. Dentro de sus pétricos muros, la vida humana bullía. Por razones de seguridad y estrategia defensiva, servía de morada al curaca y a los demás miembros de su gobierno, integrantes de los camachics o Consejo de Ancianos, pertenecientes a la alta jerarquía social.
La magnífica fortaleza, rodeada por el denso verdor de los pajonales y arbustos, contaba en la entrada con una sucesión de marcadas sinuosidades y a manera de escudo protector tenía por delante una piedra enorme que era precioso rodearla para llegar hasta ella. Por unos de sus flancos, sus paredes de piedra se alzaban al nivel de un enorme desfiladero, por donde era prácticamente imposible un asalto del enemigo. Precisamente, aquel desfiladero iba a morir en una huequera, en cuyo fondo espejeaba la laguna de Michimal, y en la ladera de la colina contigua, se alzaban en forma escalonada las casas de la llacta, de igual nombre.
En épocas de verano, los niños acudían a dicha laguna para nadar y jugar. Lo propio hacían las guachuas y demás aves palmípedas en horas de la mañana.
Tres horas después el curaca despertó. Y como le seguía preocupando la suerte del rebaño, se aproximó hacia la puerta, tras ponerse el unku y las ojotas, para ver si ya amanecía. En efecto, el amanecer estaba cercano. Afuera corría un viento helado y ululante. En el sombrío firmamento, las estrellas se tornaban invisibles, y sólo chaska, el lucero del amanecer, despedía una luz pálida y blanquecina sobre el idílico valle de Chitapampa.
El apu de la tribu no se atrevió a abrir la puerta. Tiritaba y castañeteaba de frío, de aquel frío que subrepticiamente se colaba al interior de las viviendas, por las rendijas de la puerta y por los huecos de las paredes. Volvió a sentarse sobre la Para o camastro. Crispando los puños exclamó con incredulidad:
- ¡No puede ser! No puede ser! ¡Eso nunca!
En esta ocasión, el curandero no acudió a prestarle algún tipo de auxilio. En la habitación contigua dormía plácidamente, doblegado por el sueño.
Lo que a Wáman Quispa le preocupaba sobremanera era haber soñado que los grandes rebaños de llamas y alpacas, base y sostén de la economía de su ayllu, habían muerto de hambre y de sed y también devoradas por las fieras. En dramáticas escenas, que se sucedían unas tras otras, vió horrorizado cómo las extensas praderas, las Wayllas eran consumidas por el fuego. Así, las Michina Allpacuna de Huampatén, Quinahuayco, Chilcahuayco, Andul, Cascapuy, Michimal y Auchán, tras el voraz incendio quedaban reducidas a tierra quemada y calcinada.
Cuando Wáman Quispa se devanaba los sesos buscando una lógica explicación del lamentable siniestro, se le presentaron unos hombres extraños y estrafalarios, armados de arcos y flechas, que entre risotadas burlonas le decían:
- Ahora ya no tendrás donde pastar tus animales, tus llamas y alpacas!
- De la decena de hombres, uno de ellos que dijo llamarse Tokup, adelantóse unos pasos, señalándole con el índice derecho, le dijo:
-Dejarás de ser un Llamamichik, un cuidador de llamas. De hoy en adelante serás un huaccha. Nosotros hemos quemado tus pastos disparando flechas incendiarias.Entre burlas y carcajadas estrepitosas los vió desaparecer, en la enmarañada vegetación de la selva colindante, donde moraban los chunchos infieles, de caras tatuadas y pintarrajeadas. Tras reponerse de aquella crisis, le pareció que el sueño era bastante extraño, irreal, pues la relación entre tribus selváticas y andinas era amistosa, pacífica, de mutuos intercambios. No habiendo motivos para posibles discordias o desavenencias, que involucraren nefastamente a la gente de ambas regiones.
En ese mismo sueño, Wáman Quispa, advirtió que por donde aquellos malvados indios habíanse introducido, aparecían intempestivamente una larga fila de zorros y pumas famélicos, cuyas costillas podían ser vistas y contadas a simple vista, dirigiéndose de prisa a las Canchacuna de Llamactambo, deseosos de darse un opíparo banquete con las llamas y las alpacas.
Aquellas oníricas escenas, por demás truculentas, lo sumieron en la desesperación. Con ambas manos cogió su cabeza, como si de pronto temiera que estallara. Con incredulidad, varias veces la movió negativamente. Se incorporó y con aire resuelto se ciñó en la frente una hermosa Wuaraka, el arma principal en sus luchas y al mismo tiempo tocado y distintivo de su tribu. Enseguida cogió el arco de chonta y el bolso repleto de flechas. Abandonó su dormitorio envuelto en las sombras claroscuras del nuevo amanecer. Con andar sigiloso y felina agilidad ascendió las escalinatas internas, que conducían hacia la terraza de piedra. Luego descendió las escaleras externas y como si temiera ser sorprendido, se encaminó presuroso hacia las Canchacuna de Llamactambo.
Después de varios minutos de esforzada caminata había arribado a su destino. El numeroso rebaño de llamas y alpacas aún dormitaba, totalmente ajeno a sus temores. Aliviado y reconfortado exclamó:
- Ha sido sólo una pesadilla, un sueño amargo. Gracias padre Sol. Extendió sus dos fornidos brazos, como alas de cóndor, en la dirección por donde el astro del día hacía su aparición todas las mañanas. De pronto, los ojos taciturnos y su rostro broncíneo, se iluminaron, exteriorizando una profunda gratitud a la deidad tutelar.Luego de inspeccionar los amplios y espaciosos rediles estimó poco probable que una plaga de zorros y pumas acabaran con la manada. Consideró exagerado el sueño. Pues los corralones estaban bien protegidos por defensas naturales, por muchos allcos y por los pastores, que siempre estaban atentos al menor ruido. Y como para alejar definitivamente la soñada amenaza, el propio curaca convocó a los hombres de su ayllu y de otros, entre ellos a los de Chíbul, Pomio, Chuquipampa y Cajamarquilla, a una gran cacería. Doscientos hombres expertos en este tipo de menesteres, disfrazados de felinos o de indefensas llamas y alpacas, y armados de porras, macanas, lanzas, warakas, arcos y flechas, incursionaron en las selvas de Llibán, Sara Sara, Nochapio, Chibuliaco y Guayabamba, resultando todo un éxito. Y fue así como muchos zorros, pumas y osos acabaron con sus vidas. Sin embargo, la sola idea de la muerte de sus rebaños en tan grande magnitud le llenaban de espanto y zozobras.
Wáman Quispa sabía de sobra que en los campos de pastoreo siempre habían peligros. Los zorros, los pumas y los cóndores, burlando la vigilancia de los perros y de los pastores y contando además con la complicidad de las tupidas neblinas, hacían presa fácil de aquellas llamas y alpacas que se apartaban o extraviaban del grupo.
Aunque aquellas mermas en el rebaño no representaban amenazas mayores, y hasta parecía natural que tales cosas sucedieran. Sin embargo, él siempre temió que aquello que había visto en sueños se convirtiera en una horrible realidad. Acosado por las dudas y temores decidió ir en busca de Quen Pillavish, el más renombrado chamán de toda la región, quien residía en la wasicuna de Pualán. Anciano de venerables canas, que holgadamente sobrepasaba los 100 años.
Gozaba de buena salud, gracias a su vida metódica y de disfrutar del aire libre y puro. Gozaba además de gran lucidez mental y de una proverbial sabiduría. Alternaba su estancia entre su morada y el muchaywasi de Huacaloma. Aunque en los últimos años de su vida solía permanecer más tiempo en el adoratorio consultando los oráculos de los dioses tutelares, que cada vez exigían mayores sacrificios en llamas y alpacas y ofrendas de comidas.
También se ocupaba en inspeccionar las tarpuna allpacuna de Huacaloma y Gualchún, donde los runas del ayllu sembraban tubérculos como papas, ocas, mashuas y ollucos. En las cuales igualmente se cultivaba quinua, tarwi, cañíhua, kiwicha, habas, paico y huacatay.Apoyándose en un bastón de lloque, Wáman Quispa había llegado hasta la puerta del chamán. Al verlo sentado en el interior de su vivienda, le dijo:
- Quen Pillavish, te saludo en nombre de nuestros dioses (Alzó su mano derecha y luego se prosternó en clara señal de reverente saludo).
- Que nuestros dioses tutelares nos protejan. Que la Pachamama nos alimente y que nuestro padre el Sol brille siempre sobre nuestras cabezas- Respondió el anciano adivino. Luego lo invitó a ingresar a su morada.Wáman Quispa tomó asiento sobre una piedra artísticamente tallada y rematada en una cabeza de puma rugiente. Quedaron sentados frente a frente. Deshaciéndose en atenciones, el dueño de casa quiso celebrar la visita de tan ilustre personaje brindando con la dulce chicha de jora. De una botija de barro escanció la reconfortante bebida a dos mates de calabaza.
- Celebremos tu visita, hermano curaca. Luego me dirás lo que te trae por aquí. Veo tu rostro preocupado. Algo malo te debe estar sucediendo...
Levantaron cuidadosamente sus mates y refrescaron sus gargantas. Wáman Quispa comenzó a narrarle en forma detallada y minuciosa el drama que lo venía atormentando desde algunos meses.
- Consultaré los oráculos, pero una respuesta inmediata no es posible, porque para ello, primero se requiere de ayuno y abstinencia, así como de algunas ofrendas en alimentos y bebidas a nuestros dioses a fin de predisponerlos para alcanzar estos favores.
Al cabo de tres días, el curaca retornó a entrevistarse con Quen Pillavish.
- Días terribles nos esperan hermano curaca.- Sentenció el experimentado chamán con la voz grave y el ceño adusto. Quen Pillavish, en efecto, había consultado los oráculos de Huacaloma.
Qué nos podrá suceder? - Inquirió el curaca, intrigado y frunciendo el entrecejo.
- Nuestros dioses hablan del exterminio de nuestra raza. Vendrá otra humanidad, otras gentes. Se acabarán las llamas, las alpacas, los guanacos, las vicuñas y los pulluhuacras. En nuestro reino quedarán sólo los nombres como meros recuerdos de nuestra existencia. El adivino hizo una pausa. Miró en rededor suyo, como si estuviera buscando algo. Wáman Quispa preguntó consternado:
- ¿Se acabarán las Canchacuna de Llamactambo?
Sí; pero su nombre quedará allí. Nos sobrevivirá como mudo testigo de que en dicho lugar mandaban guardar los rebaños del ayllu.
Tras algunos momentos de gran emotividad y suspenso, Quen Pillavish siguió hablando en forma serena y pausada:
- Yo estoy ya viejo y cansado de vivir. Necesito recogerme con los míos. Cuando tú, hermano curaca, eras apenas un niño, yo era un hombre adulto. A los de mi generación nos tocó vivir una amarga experiencia, una pesadilla. Nuestro pueblo tuvo que enfrentarse a los ejércitos de Túpac Yupanqui. Yo soy uno de los pocos sobrevivientes de aquella guerra infausta. Y aunque peleamos bravamente en defensa de nuestra libertad y de nuestras tierras, fuimos vencidos y subyugados. Mucha gente de ambos bandos murió, porque la guerra es así, trae sólo desolación y muerte. Sin embargo, el Inca contribuyó a acrecentar nuestra riqueza. Nos posibilitó un mejor vivir. Nos trajeron muchos conocimientos y gracias a ellos adoramos al Sol y la Luna, dioses benefactores, que nos traen la luz en el día y en la noche. Nuestras costumbres han mejorado y nos entendemos con ellos en su propio idioma. La serpiente y el cóndor, que nos llenan de admiración y de espanto, hoy son nuestros dioses menores. Pudimos aprovechar mejor aquellas laderas.- El anciano chamán se puso de pie y señalando con el índice derecho los andenes de Urniche y Ollapampa, visibles a través de su pétrica ventana, dijo: - Ahora están adornados con muchos andenes, acequias y estanques... pero, como te digo, lo que nos sobrevenga en el futuro será terrible y catastrófico.
Wáman Quispa, encerrado en su propio mutismo, retornó a su morada. Le había impresionado vivamente el viejo chamán, cuya voz temblorosa y desgarrada era portadora de los negros vaticinios a su nación; al recordarlos, parecían martillos que, inmisericordes, golpeaban su cerebro.
Quen Pillavish murió tiempo después. En tanto Wáman Quispa lograba sobrevivirle por muchos años más, sin que las dramáticas profecías llegaran a cumplirse. Empero, en el día menos esperado, tocaba las puertas del reino, la guerra civil entre los hermanos Huáscar y Atahualpa, que unos meses atrás había estallado. En el pueblo de Cajamarquilla, dos notables vecinos de dicho lugar, los hermanos curacas Lucana Páchac, tomaban abierto partido por la causa del emperador quiteño, pero la gran mayoría de los demás reyezuelos lo hacían en favor de Huáscar. En consecuencia, los chachapuyas de todos los ayllus procedieron a enrolarse en ambos ejércitos. ¡La fatal división se había producido!. Sobrevino una grande y terrible matanza. Muchos cuerpos inertes quedaron insepultos, a la intemperie, sirviendo de alimento a las aves de rapiña durante varios días. El aire se cargó de un hedor insoportable. Los shingos o gallinazos sobre todo estaban de plácemes. Hubo pestes... En todas las plazas o patacunas del reino corrió de boca en boca la noticia de que el Inca Atahualpa había sido hecho prisionero y muerto por unos seres extraños que parecían wiracochas. Se trataba sin duda de los conquistadores españoles, con Pizarro a la cabeza, quienes además se encargaron de ahondar la división de los chachapuyas y para ello no tardaron en enviar á Alonso de Alvarado como jefe de la expedición y a sus lugartenientes: Juan Pérez de Guevara y Gómez de Alvarado. La muerte del Inca trajo a la vez la muerte de muchos de sus adeptos. Hombres y mujeres, dando alaridos salvajes y llorando sin consuelo, optaron por el suicidio, con la única finalidad de acompañar al Inca en su viaje al más allá.
Vino igualmente una prolongada sequía, como para complicar aún más la situación. El agua de los ríos y riachuelos se secó. Las dilatadas tierras de pastoreo se cubrieron de amarillentos y secos pastizales. Las llamas y las alpacas enflaquecieron y pronto comenzaron a morir de inanición.
Los sobrevivientes buscaron internarse en las enmarañadas selvas de las comarcas vecinas por temor a esos seres extraños, que tanto daban que hablar.
Wáman Quispa se fue quedando solo...
Cierto día aparecieron cerca a la ciudadela de Pirka-Pirka muchos zorros y pumas muertos. Tenían el cuerpo cubierto de sarna o caracha, enfermedad contagiosa que no tardó en afectar al ya mermado rebaño, que con el correr de los días se iba reduciendo aún más.
- ¡Maldita caracha! -mascullaba el jefe de los llamamichicuna estrujando entre sus dedos el vientre de algunas llamas, haciendo brotar al instante sangre renegrida y pústulas maléficas. Víctimas de este terrible mal y a falta de pastos, el numeroso rebaño se fue extinguiendo en forma inexorable e irremediable.Frente a la dura realidad de los hechos, Wáman Quispa se sintió impotente y pareció desfallecer. Adolorido y entristecido abandonó por última vez la ciudadela de Pirka-Pirka. Previamente había enterrado sus pertenencias. Con paso vacilante se encaminó hacia los corralones de Llamactambo. Un buen rato permaneció con la mirada fija, inmóvil y contemplativa sobre el reducidísimo hato, que bien se podía contar con los dedos de la mano. Todas yacían en estado agónico. A pocos pasos, separadas del grupo, una alpaca y una llama juntas también se iban despidiendo de este mundo. Hacia ellas avanzó. Luego de contemplarlas, cayó de rodillas. Como prueba de su cariño las abrazó de sus cuellos, metiendo por entre aquellas dos lanudas cabezas, la suya, que estaba orlada con el tocado y distintivo de su reino. Cuando constató que todas estaban muertas, creyó entonces que su vida no tenía razón de ser. De su bolso extrajo una flecha, cuya punta filuda, la incrustó en su propio corazón; herido y sangrante, por allí la vida se le fue escapando. En los estertores de su violenta muerte, el viejo chachapuya pareció sonreír haciendo una extraña mueca. Poco a Poco, sus ojos de extraño mirar se tornaban vidriosos y se fueron cerrando para siempre. Wáman Quispa exhaló el póstrer suspiro y cayó de bruces.
En aquellos momentos, por el lejano horizonte, el Sol, convertido en bola de fuego, se ocultaba entre nubes rojizas y sanguinolentas. Tras su paso, en las Canchacuna de Llamactambo, quedaban varios cuerpos inertes e insepultos. Muy pronto, los campos desolados y tristes se fueron sumiendo en la oscuridad de una noche trágica, embargada y saturada de hondo pesar. En la laguna de Michimal, las aguas estaban quietas, ausentes del gorgeo y chillido de las aves y la alegría de los niños.
GLOSARIO
ALPACA.- (Lama pacus) camélido sudamericano doméstico, más pequeño que la llama y cubierto de abundante fibra.
ALONSO DE ALVARADO.- Conquistador español. Fue comisionado por Francisco Pizarro para someter a la nación chachapuya en 1536.
ALLCOS.- Perros, canes.
APU.- Nombre que se le da a los jefes de las tribus nativas peruanas.
ATAHUALPA.- Último Inca, gobernante del Imperio del Tahuantinsuyo. Murió en Cajamarca en 1533, a manos de los conquistadores españoles.
AYLLU.- Célula de la sociedad andina prehispánica/familia de familias.
CAJAMARQUILLA.- Término castellanizado, proviene de Cassamarquilla, topónimo con el que se conoce a varios pueblos peruanos, de procedencia prehispánica.Cajamarquilla fue uno de los principales pueblos del reino chachapuya. Hoy es el pueblo y distrito de Bolívar, situado en la provincia del mismo nombre, Departamento de La Libertad.
CAMACHICS.- Reunión o concejo de ancianos encabezados por el curaca principal, en las sociedades nativas americanas, cuyo fin era deliberar sobre cuestiones de Estado o de gobierno.
CANCHACUNA.- Rediles, corralones, apriscos// lugares destinados para guardar el ganado.
CAÑIHUA.- (Chinopodium pallicaule)
Planta oriunda del Perú, de tallo herbáceo, delgado y muy ramificado, de hojas alternas y trilobadas, de flores que crecen en espigas, de semillas cubiertas por un tegumento que se desprende fácilmente; son comestibles y gozan de alta estimación.
CARACHA.- O carachi, sarna// Enfermedad que diezmó en 1548 a millares de camélidos de las 4 especies: llama, alpaca, vicuña y guanaco. También acabó con la vida de ciertas fieras, zorros y pumas.
CURACA.- El jefe de una tribu peruana o americana // cacique.
CHACHAPUYA.- Sinónimo de chacha, sachapuya o cachapcolla. Nación o reino prehispánico que comprendía los actuales Departamentos peruanos de Amazonas, San Martín y las provincias de Pataz y Bolívar del Departamento de La Libertad. Fue sometido por el Inca Túpac Yupanqui en 1475, aproximadamente.
CHASKA.- El planeta Venus, llamado asimismo "lucero de la mañana" o "lucero de la tarde".
CHIBUL.- Nombre de uno de los ayllus del reino chacha. Está situado en el actual distrito de Uchucmarca. En 1536, el capitán español Juan Pérez de Guevara estableció allí una capellanía, bautizada con el nombre de San Antonio de Chíbul.
CHITAPAMPA.- Lugar abierto donde se apacienta el ganado, de preferencia lanar// Sector perteneciente al distrito de Uchucmarca, Bolívar, La Libertad.
CHONTA.- Palo duro, resistente y flexible. Es utilizado en la fabricación de arcos y flechas.
CHUNCHOS.- Nombre de una tribu amazónica del Perú, que en otros tiempos eran huraños y hostiles al hombre blanco y mestizo// Sinónimo de arisco, montaraz.
CHUSHEK.- Pájaro agorero, que deambula en altas horas de la noche.
FRANCISCO PIZARRO.- Conquistador español. En 1532 sometió al imperio incaico.
JUAN PEREZ DE GUEVARA.- Conquistador español. Tomó parte en la conquista de los chachapuyas. Actuó bajo las órdenes del Mariscal Alonso de Alvarado en 1536
GOMEZ DE ALVARADO.- Lugarteniente de Alonso de Alvarado en la conquista del reino chachapuya.
GUACHUAS.- Patillos, aves palmípedas, que viven en las lagunas de las punas.
GUALCHUN.- Un sector del distrito de Uchucmarca.
GUANACO.- Animal silvestre, que guarda mucha semejanza con la llama doméstica. Son de color castaño.
GUAYGUASH.- Gato montés pequeño y alargado, pumillo. Es muy dado a comer gallinas y cuyes.
HUACALOMA.- Santuario, templo o cementerio situado sobre un promontorio// Es el nombre de un lugar en el actual distrito de Uchucmarca.
HUACATAY.- Chincho// hierba que molida sirve de condimento. La gente del Ande suele comer las papas cocidas, así como otros tubérculos, untándolos con este condimento, al que se le añade sal molida.
HUACCHA.- Pobre, huérfano, desamparado.
HUASCAR.- Soberano Inca, que murió por orden de Atahualpa, durante la guerra civil que los enfrentó en la lucha por el trono (1530-33).
KIWICHA.- O Quihuicha (bot. amarantus edulis) planta herbácea, oriunda del Perú, se le conoce por varios nombres populares: achis, achita, coimi y coyo. Crece en lugares secos y templados desde los 300 a 2500 metros de altura y se le cultiva sólo en los pequeños fundos del Cuzco y Apurímac. En el norte del Perú crece en estado silvestre.
LUCANA PACHAC.- Es el nombre genérico de dos curacas del pueblo de Cajamarquilla (Bolívar). Durante la guerra civil pelearon contra Huáscar y a favor de Atahualpa, el Emperador quiteño. Se les conoce también como Lucana Pachaca.A la muerte de Atahualpa, ambos hermanos se pusieron al servicio de Francisco Pizarro y de la conquista hispana. Convertidos al cristianismo, Francisco Pizarro, en prueba de alianza, permitió que los dos curacas llevaran su apellido. Desde entonces se llamaron Don Fernando y Don Alonso Pizarro de Lucana Pachaca, respectivamente.
Don Fernando Pizarro de Lucana Pachaca encontró heroica muerte en el pueblo de Cumba, de la nación Chachapuya, que se había rebelado contra los españoles.
LLAMA.- (Llama glama) Especie de camélido sudamericano doméstico. Muy útil por su carne y fibra. Es utilizado como bestia de carga por los indios del Ande.
LLAMACTAMBO.- Voz castellanizada, proviene de Llamactampu// Depósito o lugar donde pernoctan las llamas. Actual caserío del distrito de Uchucmarca y asiento del antiguo pueblo de Llámac. Según la tradición oral allí se alojó Túpac Yupanqui, existiendo en dicho lugar un tambo real este Inca avanzaba hacia el norte, en una guerra de conquista.
LLAMACHIBAN.- Procede de llamak y Chibani. Es el nombre compuesto de dos ayllus o pueblos chachapuyas.
LLAMAMICHICUNA.- Voz Plural; pastores de llamas.
LLIBAN.- Nombre de un sector del actual distrito de Uchucmarca, provincia de Bolívar, Departamento de La Libertad.
MACANAS.- Armas incaicas en forma de mazo, de madera, provista de púas de cobre.
MATES.- Depósitos de calabaza. Son utilizados para beber chicha u otros líquidos.
MASHUAS.- (Bot. Tropasolum tuberosum). Tubérculos andinos, semejantes en el tallo a la oca, pero de sabor amargo y picante y no se las puede comer sino cocidas. También se le llama añus o anyu; en aymara, Isaño. Es una mata trepadora, cuyas hojas son como la palma de la mano, de flores campaniformes, sépalos amarillos y rojizos, raíces largas, nudosas, de diversos colores.
MICHIMAL.- Nombre de una laguna artificial en el actual distrito de Uchucmarca// yerba de este nombre.
MICHINA ALLPACUNA.- Tierras de pastoreo.
MUCHAY WASI.- Templo, adoratorio, santuario.
OCAS.- (Oxalis tuberosa) tubérculo andino. Es larga y gruesa. Se la come cruda porque es dulce y también cocida; para conservarla se la pone al sol, y sin echarle miel ni azúcar parece conserva, porque tiene mucho de dulce; entonces se le llama caui u oca macalada.
OJOTAS.- Voz castellanizada. Proviene del quechua ushutas. Sinónimo de llanques, sandalias de cuero.
OLLUCOS.- (bot. ullucus tuberosum) olluco o lisa. Planta propia de la región andina, posee hojas anchas, acorazonadas, flores tubulares, fruto oval, raíces feculentas y aguanosas; expuestas al sol y al frío se deshidratan y es posible conservarlas largo tiempo. Se las emplea en sopas y guisos diversos.
PACHAMAMA.- La tierra madre, considerada una deidad tutelar entre los habitantes del incario.
PAICO.- (bot. chenopodium ambrosioides). Planta herbácea. Su tallo es recto, bastante ramificado y velloso; sus hojas alternas y dentadas, exhalan un olor penetrante, y en pequeñas proporciones son empleadas como condimento o como vermífugo, en infusión.
PAPAS.- (solanum tuberosum). Tubérculos andinos. Es el alimento básico. Se le come cocida o asada y también se la echa en los guisos. Para su conservación se la pasa al hielo y al sol y se le llama chuñu.
PARA.- Sinónimo de camastro, tarima, parachaca, barbacoa.
PIRKA PIRKA.- Fortaleza prehispánica, en la comprensión del distrito de Uchucmarca, provincia de Bolívar, departamento de La Libertad, Perú.
POMIO.- Nombre de un sector del distrito de Uchucmarca.
PORRAS.- Armas ofensivas incaicas, hechas de piedra pulida en forma de estrella y provistas de un mango de madera.
PUALAN.- Nombre de un sector del distrito de Uchucmarca. Importante zona arqueológica, con resto de casas.
PULLUWAKRA.- Venado, ciervo, gamo, taruka// Especie de taruka de cuernos ramificados y de abundante pelaje, propio de las zonas frígidas. Esta especie está ya extinguida en la región. Proviene de las voces quechuas: pullu = peludo, lanudo; wakra = cuerno.
QUINUA.- (chenopodium quinoa), cereal andino. Sin. de mijo o arroz pequeño, porque en el grano y el color se le asemeja en algo. Las hojas tiernas de esta planta son comestibles en los guisos.
RUNAS.- Plural de hombres, gente del pueblo.
TAITA INTI.- El padre sol
TARPUNA ALLPACUNA.- Tierras de cultivo.
TARWI.- (lupinas) Sin. tauri, chocho, altramuz// planta leguminosa, produce un fruto en forma de vaina que contiene granos muy amargos; por su tamaño son parecidos al frejol. Antes de ser consumidos se requiere hervirlos a fin de que libere su sabor amargo.Los campesinos emplean el agua del chocho o tarwi que toma un color amarillo, para lavarse la cabeza y la ropa cuando está infestada de piojos.
TUPAC YUPANQUI.- Soberano Inca. Sometió a las tribus de la nación chachapuya (1475). Durante su reinado (1460-1493) sus dominios se extendieron por Sur y Norte abarcando territorios de Ecuador, Colombia, Bolivia, Argentina y Chile.
WANKARA.- tambor, bombo, tinya.
WARAKA.- Sin. de honda// Está conformada por un lazo de longitud y ancho considerable. Es más ancha en la parte céntrica donde se coloca la piedra o proyectil y se va angostando a los extremos. Se le dobla cogiéndola de ambas puntas. Con fuerza y rápido se lo bate, dándole vueltas y vueltas sobre la cabeza, luego se suelta uno de los cabos, de tal forma que el proyectil sale disparado, merced a la fuerza centrífuga, siguiendo la dirección de la tangente.
WASIKUNA.- Ciudadela, pueblo, caserío, aldea.
WAYLLAS.- Praderas, herbazales.
WIRACOCHAS.- Dioses, concebidos como seres humanos, de teces blancas// señores, caballeros.
"Wiracocha o viracocha era el nombre aplicado a los españoles que entraron en el Perú, porque los indios los vieron con barbas y todo el cuerpo vestido... diciendo que eran hijos de su Dios Viracocha, que los envió del cielo para que sacasen a los Incas y librasen la ciudad del Cuzco y todo su imperio de las tiranías y crueldades de Atahualpa, como el mismo Viracocha lo había hecho otra vez, manifestándose al Inca Viracocha". (Garcilaso)// Viracocha (quechua; "espuma del mar") Octavo Inca. Hijo menor de Yahuar Huácac y de la coya Mama Chiclla.
VICUÑA.- (glama Vicugna). Especie de camélido sudamericano en estado silvestre. Es animal delicado, de pocas carnes y de lana fina. Es de color castaño. Son más altas de cuerpo que una cabra y son muy ligeras al correr, pues no hay galgo que las pueda alcanzar. (ramirosn@yahoo.es)
Nota.- Momias encontrdas en el Distrito de Uchucmarca,Provincia de Bolivar,Departamento de La Libertad,República del Perú.La momia grande corresponde a una mujer y la pequeña a un niño.Ambas pertenecen a los habitantes del llamado reino Chachapoya.
